Y llegó el que faltaba. “Buen día Don Muley”. “Merci mon ami. Egalement”

J. C. Sainz de los Terreros (Representante del Duendecillo Bolilla).- Este era el saludo que se escuchaba con gran frecuencia por las calles de este Real Sitio, allá por los años veinte del pasado siglo. ¿Pero quién era Don Muley?
Hoy el duendecillo del Monasterio lo va a contar, pues tiene amplia información en su baúl mágico, sobre quién era, de dónde vino, cuándo y por qué.
Abdal al Hafid, más conocido por Muley Hafid Abdel, fue Sultán de Marruecos entre 1908 y 1912, y debido a los problemas de inestabilidad política interna que tuvo que abordar durante su reinado, decidió solicitar ayuda al ejército francés, lo que propició el inicio del Protectorado de Francia en Marruecos y su propia abdicación, en favor de su hermano Youssef, en agosto de 1912, después de negociar hábilmente su futuro y su “gran pensión vitalicia” con el gobierno galo.
Llegó a Madrid en 1913, y después de recorrer varios países europeos, se radica en Barcelona, junto a sus doce siervos de su séquito, y sus numerosos automóviles y motocicletas de los que era un apasionado.
Se le definía como “persona de muy buen vestir, de aspecto alto, recio y corpulento, con color de piel muy moreno y mirada dura y dominadora, peculiar y a veces estrafalario”.
En la Ciudad Condal disfrutó de una suntuosa vida, entre grandes fiestas y aventuras amorosas, haciéndose querer por sus patrocinios a eventos deportivos y culturales, –entregaba dinero en metálico, valiosos relojes y mantones de Manila– y por haber regalado al Zoo de Barcelona, a la elefante Julia, “para alegrar a los niños, que estaban muy tristes por el fallecimiento, ya muy mayor, del elefante “Baby”.
Encargó la construcción de una mansión, de estilo modernista, al gran arquitecto Josep Puig i Cadafalch, en la que residió poco, pues le gustaba más “la vida hotelera”. Hoy es la sede del Consulado de México.
Una de sus aventuras amorosas, fue con la famosa cupletista extremeña Carmen Flores, pero la que provocó que apareciera en este Real Sitio, fue la que sostuvo con la espía alemana Mata Hari, que fue detenida y fusilada por el gobierno francés, protector del ex Sultán. Esto hizo que las autoridades galas consideraran conveniente que cambiara de residencia a un lugar más tranquilo, eligiendo San Lorenzo de El Escorial.
Llegó a mediados de 1917, acompañado de su numeroso séquito y de sus inseparables automóviles y motocicletas, eligiendo como residencia uno de los nuevos chalets de la zona de El Plantel. Según los datos del duendecillo, el elegido fue el que hoy es conocido como “El Capricho, –en aquellos años se llamaba “Ariel”–, en la calle Leandro Rubio, ocupándose y pagando el acondicionamiento de la calle, para que su numerosa “flota a motor” –seis coches y doce motocicletas según Bolilla–, pudiera transitar sin problemas.
A pesar de su aspecto, era una persona muy sociable, de gran humanidad, lo que hizo que enseguida conectara con sus nuevos vecinos, haciendo buenos amigos entre los gurriatos y veraneantes, saludándose por la calle con cariño, siempre acompañado por un fornido criado negro llamado Kadur.
Nada más asentarse aquí, se ofreció a los padres agustinos para ayudarles a traducir los libros árabes de la Biblioteca, cosa que hacía, si sus otras actividades se lo permitían, desde primera hora de la mañana hasta el mediodía, atravesando La Lonja, junto a su inseparable criado, que le esperaba fuera hasta que terminaba su “trabajo gratuito”.
Entre los papeles que guarda el duendecillo, tiene un recorte de prensa en el que se recoge la siguiente noticia del periódico “La Correspondencia de España” del 28 de julio de 1918, que en su sección “Ecos del día”, informaba de lo siguiente:
“Continua mejorando de las heridas que se produjo a consecuencia de un accidente de motocicleta el ex Sultán de Marruecos Muley Hafid, solícitamente asistido por el ilustre cirujano Don Francisco Vigueras. El accidente que sufrió el ex Sultán, puede decirse que fue voluntario, producto de una galantería. Muley Hafid llegó con su motocicleta junto a un cochecillo donde iba un matrimonio veraneante en El Escorial, amigos de él. Precisamente el marido había descendido del vehículo y el caballo se asustó debido al ruido de la motocicleta (no debía haber muchas por estos lares en aquella época) poniendo en peligro a la señora.
Ante esta situación Muley Hafid detuvo en seco la motocicleta, saliendo despedido de ella, fracturándose completamente tres huesos metacarpianos de la mano derecha, al tratar de amortiguar la caída contra el suelo. A pesar de esto y del dolor que su lesión le producía, continuó su excursión, visitando algún templo segoviano, y solo a su regreso a El Escorial, por consejo de su amigo el doctor Berenguer, decidió trasladarse a Madrid para ser curado”.
Otra curiosa anécdota, que demuestra su gran humanidad, se produjo una mañana viajando a Madrid en tren. En un momento dado, observó que en el estribo de un vagón, “viajaban” un anciano con un niño, sistema muy usado cuando no se podía pagar el billete. Advirtió al revisor de esta situación, pidiéndole que les hiciera subir al vagón, abonándole los dos billetes y sus recargos, y entregando al anciano “un puñado de duros”. Ayudándole a guardarlos dentro de un pañuelo, que luego le introdujo en su pechera.
Y otra muestra de su humanidad y generosidad, fue la que tuvo con una compañía de titiriteros que había llegado a este Real Sitio, con niños famélicos, sucios y caras tristes. Informado de ello, los contrató para que actuasen una noche en su casa”, pagándoles, por su trabajo, con una bolsa llena de monedas, con las que pudieron subsistir, dignamente, algún tiempo”, además de invitarles a una opípara cena y ofrecerles la posibilidad de que trabajaran para él como sirvientes, lo que alguno aceptó.
Un buen día, sin saber el porqué, –el duendecillo tampoco lo sabe–, se marchó a París con todo su séquito, coches y motos incluidas, falleciendo en la ciudad gala en 1937.
San Lorenzo de El Escorial, ha sido, desde hace siglos, residencia, permanente o esporádica, de reyes y reinas, ministros del gobierno, políticos, militares, marinos, arzobispos, escritores y poetas, pintores y escultores, ingenieros e investigadores, actrices y actores, cantantes, futbolistas… pero faltaba un Sultán, y aquí también vivió uno, aunque ya fuera ex-Sultán.




