Y de premio un piñón

J. C. Sainz de los Terreros (Representante del Duendecillo Bolilla).- Entre la multitud de documentos, escritos, cuadernos, recortes de revistas y periódicos, papeles varios…, que guarda el duendecillo del Monasterio en su baúl mágico, -no se llena nunca se meta lo que se meta en él-, han aparecido una serie de notas manuscritas sobre un peculiar y entrañable “colegio” que estuvo funcionando muchos años en este Real Sitio y al que se le conocía como “el cole de las Gajatas”.
Si ponemos nuestra mente en “modo infantil”, la lectura de este relato puede convertirse, fácilmente, en la de un cuento gurriato.
Lo fundaron, a finales del siglo XIX, dos hermanas solteras, Doña Amalia y Doña Emilia Gajate y Gómez, actuando la primera como directora, y las dos como profesoras, incorporándose a los pocos años del inicio de actividades su otra hermana, Doña Pura, que al quedarse viuda se fue a vivir con ellas, para ocuparse del mantenimiento de “las instalaciones”, que no eran otras que las del piso donde residían, primera planta del edificio de la calle Benavente 5, por detrás de la farmacia de Floridablanca. Parece ser, según el duendecillo, que eran hijas de un profesor de la Escuela de Ingenieros de Montes, que estuvo funcionando en la actual Casa de Cultura, desde 1869 hasta 1915.
Comenzó siendo solo para “señoritas”, pasando posteriormente a mixto, para niños y niñas desde los tres años, hasta cumplir la edad escolar y poder entrar en los colegios.
Entre las notas manuscritas, hay una del gran gurriato José Antonio Pacheco “Quinito”, que fue alumno, en la que define a las fundadoras “como mujeres de gran ejemplaridad y virtud, que durante muchos años se ocuparon del “desasneo” de cientos de gurriatos, enseñándoles a leer, vivir y rezar, con gran dedicación y cariño”.
Y en otras cuartillas, otra gran gurriata, su hermana Mary Carmen, una de las últimas alumnas de este pequeño y peculiar colegio, cuenta, de forma entrañable, cómo era, cómo estudiaban y cómo actuaban sus profesoras, además de curiosidades y anécdotas.
El “cole de las Gajatas” era una habitación amplia, con dos ventanas, delante de las cuales se sentaban las maestras. Doña Amalia, junto a una camilla con brasero, para calentar la “clase” en invierno, que se rellenaba con las brasas que quedaban de los hornos de la panadería de Benito Torres, después de cocer el pan. Alrededor de ella, dábamos la lección, sentadas en unas pequeñas sillas de enea negras y, los más pequeños, aprendíamos a hacer palotes.
Delante de la otra ventana, se sentaba Doña Emilia en un gran butacón, y a sus pies tenía una pequeña silla donde, de uno en uno, nos enseñaba a leer y rezar, y con canciones, a aprender donde estaba situada España: Al occidente de Europa/se haya la fértil España/por altos montes y montañas resguardada/y al norte los Pirineos/la separan de la Francia.
Entrando, a la izquierda. en un rincón, había una mesita de donde cogíamos “el Catón” y las fábulas para leer, y colgando, atado con una cuerda, un trapito húmedo, con el que limpiábamos las pequeñas pizarras, pues no utilizábamos cuadernos.
Para ir al baño, teníamos que pedir permiso, indicando si íbamos a hacer aguas mayores o menores.
Las tres señoras Gajate, vestían siempre de negro con falda hasta los pies, lo que nos imponía mucho respeto.
Los alumnos llevábamos unos manguitos, desde la muñeca hasta el codo. Recuerdo una anécdota muy curiosa. Había un niño pequeño, muy aventajado, que le dijo a Doña Emilia que le pusiera una cuenta, y para que estuviera tranquilo le puso unos números en la pizarrita y se quedó tan contento. Pero al momento volvió porque le faltaba “una cosa de Dios”, refiriéndose a la cruz, signo de la suma. El niño era Julito, mi hermano pequeño.
Se sentían muy orgullosas de haber enseñado a leer a “Santiaguito Bernabéu”, luego presidente del Real Madrid, y a Don José López Ortiz, el que fuera Obispo de Tuy y Arzobispo General Castrense.
Un momento muy especial se producía cada día, cuando, en fila, nos despedíamos de las profesoras ,y estas, si nos habíamos portado bien, que siempre lo hacíamos, nos premiaban con un piñón blanco, uno solo, tan típicos de la Navidad. Fue fantástica la experiencia vivida en ese “cole” tan especial”.
A las tres hermanas, apenas se las veía juntas por el pueblo, pero Doña Amalia y Doña Emilia no faltaban a la Misa de nueve del Monasterio, hiciera frío, calor, lloviera o nevara. En la foto, las dos hermanas, en 1954.
La última en fallecer, estando ciega, fue Doña Emilia, que lo hizo en 1962, y según las anotaciones del duendecillo, fue la primera española en ser consagrada como agustina terciaria de la Orden de San Agustín, el cuatro de mayo de 1914. Esta Orden está formada por personas seglares que se esfuerzan en lograr la perfección cristiana, sin tener que vivir en un convento o monasterio. Aun quedando en el mundo y cumpliendo todos sus deberes de estado, de familia y de sociedad, los Terciarios tienen la ventaja de sentirse ligados a la vida religiosa. Las otras dos órdenes agustinianas las componen los religiosos y las monjas de clausura.
Muchos gurriatos, hoy recordarán con cariño a este entrañable “cole” y a sus profesoras, que dejaron profunda huella en este Real Sitio, desde 1890 hasta 1950.
Y si la lectura de este relato ha sido con mente infantil, ”colorín, colorado, este cuento gurriato se ha acabado”.




