Villanueva y el arte de saber mirar

Amparo Ruiz Palazuelos.- Cuando el joven arquitecto Juan de Villanueva y de Montes llegó a Roma tenía veinte años (1759). Allí conoció, durante su proceso formativo como proyectista, la antigüedad grecorromana en directo y, lejos de admitir una versión convencional de la misma, aprehendió el mundo de las ruinas y de la ciudad a través de su propia experiencia. Así, en un momento en el que el rigorismo neoclásico no había sido implantado todavía, él no copiaba la realidad, sino que la interpretaba en sus célebres y diminutos apuntes. Al carecer de método, creó el suyo propio: tomaba de la realidad los elementos necesarios para construir otra semejante, aunque sin olvidar que dicha realidad preexistente era un modelo imprescindible por estar identificada con la naturaleza y con la historia.
Pronto empezó a darse cuenta de que los grandes artistas eran aquellos cuya obra se podía explicar en función de las que les habían precedido y a las que – necesariamente – se asemejaba, por eso le gustaba reconocerse en comunidad con los antepasados, en familia espiritual, enfrentándose a sus mismos problemas y heredando sus aportaciones. No compartía la postura individualista de aquellos que – según él – caminaban sin ver, sin ser capaces de obtener la gran riqueza de posibilidades que la realidad brinda a los que saben mirar y sin gozar intelectualmente del placer que produce analizarla. Un buen arquitecto debía tener los ojos bien abiertos y no limitarse a partir de principios abstractos (un cientifismo casi matemático) olvidándose de lo que tiene delante y sofocando así su libertad creativa.
Antes de volver a España y con licencia de la Academia visitó Pompeya, Herculano y Paestum. Llegó a Madrid en 1765 y al poco tiempo fue comisionado para dibujar las antigüedades árabes de Córdoba y Granada bajo la dirección de José de Hermosilla. Gracias a su brillante trayectoria fue nombrado Académico de Mérito de Arquitectura y reclamado en 1768 por los jerónimos del Monasterio de El Escorial para que se hiciera cargo al más alto nivel – como sobreseante facultativo – de las obras que se estaban llevando a cabo en el edificio.
Ya instalado, Villanueva quedó impresionado por la sobriedad y sentido de las proporciones del Monasterio. Sintió cómo la inmensidad de aquella mole, aquella construcción ancestral, se presentaba ante sus ojos desafiante, como una auténtica lección de arquitectura de su principal hacedor: Juan de Herrera. Entendió en el acto la idea de Carlos III de convertirlo en la pieza clave del nuevo conjunto urbano que se estaba formando en torno a él desde que fue promulgada la Real Cédula de 1767 y tuvo la certeza de que pronto comenzaría a recibir nuevos encargos.
Y así fue. En paralelo a las obras del Monasterio y aquel mismo año (1768) llevó a cabo sus dos primeros proyectos para particulares: La Casa del Cónsul de Francia y el palacete del marqués de Campo Villar. En ambas construcciones se podía apreciar no sólo un nuevo modelo de arquitectura, en el que ponía el conocimiento de la propia historia por encima de la influencia francesa, sino la demostración de que el tamaño de la parcela no influía en la calidad y el prestigio de la vivienda, cuya fachada incluía elementos historicistas (formas herrerianas). Ambas casas fueron un referente para otras posteriores.
Un año después (1769) el rey le comisionó para que ayudara al arquitecto Juan de Esteban en el desarrollo de la nueva población en una relación dialéctica entre la historia y la nueva arquitectura y en 1771 los Infantes don Gabriel, don Antonio Pascual y don Francisco Javier decidieron edificar una gran casa para alojamiento de la servidumbre o familias, siendo Villanueva el elegido para su realización; se levantaría en los terrenos que había frente a la fachada principal del Monasterio completando la Casa de la Compaña en plano continuo. Era el primer encargo que recibía de la Casa Real y se llamaría Casa de Infantes.
La fachada principal daba a la parte oriental de la Lonja y conservaba el orden de las Casas de Oficios, con un ritmo continuo de huecos cuyas guarniciones – a la manera de Herrera – resaltaban sobre el parámetro liso de piedra. También las líneas de imposta alternaban su desnudez dividiendo las tres alturas, al igual que la sencilla cornisa que le separaba de la cubierta abuhardillada. En el frente posterior, de sólo dos pisos (debido al desnivel) el arquitecto se permitió mayores licencias y su entrada le comunicaba con la población, cumpliendo así su función urbana.
No había concluido dicha obra, cuando en 1772 el Príncipe don Carlos y el infante don Gabriel le encargaron sus respectivas casas de campo o pabellones de recrero: La Casita del Príncipe y la Casita del Infante, dos casinettos en los que quiso contraponer la obra herreriana a una arquitectura de aire cortesano con planteamientos mucho más libres y diferentes en cuanto a ocupación del territorio, pero ambos con una pieza principal junto a otras construcciones para el servicio y control de ingreso a los jardines que los rodeaban. En ellos supo plasmar el influjo del palladianismo británico y de los principios del pintoresquismo, asimilados en sus lecturas de formación en Italia.
No cabe duda de que aquellos primeros años de Juan de Villanueva en El Escorial fueron la base de su espléndida carrera profesional, pues gracias a haber ido desarrollando el arte de saber mirar mantuvo su mente abierta a todas las ideas y persiguió una síntesis de conocimientos que legó a generaciones posteriores perpetuando su obra en la historia. l




