Un palacio flamenco en Valsaín

Amparo Ruiz Palazuelos.- Dentro de la red de Sitios Reales promovidos por la casa de Austria en la segunda mitad del siglo XVI, el primero de ellos fue el Palacio de Valsaín, cuyo nombre se debía a los romanos, pues se trataba de un valle con un frondoso bosque de pinos (Val Sapinorum, Val Sapín, Valsaín) a orillas del río Eresma, dominado por la ladera noroeste de la Sierra de Guadarrama y cercano a Segovia.
El programa de obras iniciado por Carlos V fue dirigido en su ausencia por su hijo, el príncipe Felipe, con autoridad y determinación. En su regencia (1543) engendró el proyecto de convertir el cazadero de los Trastámara de Valsaín –conocido como La Casa Real del Bosque de Segovia– en una residencia para la corte, aunque las obras no pudieron dar comienzo hasta el regreso de su gran viaje de formación por Europa (1548-1551), concebido por el emperador para afianzar la posición de su heredero.
Con 21 años, viudo y con un hijo varón, el día 2 de octubre de 1548 el joven príncipe salía de Valladolid con una gran comitiva encabezada por el duque de Alba y compuesta por lo más granado de la alta nobleza española, teólogos, humanistas, músicos, letrados y hombres de ciencia, a quienes el cronista Calvete de la Estrella denominó hombres de ingenio, letras y habilidad. De Barcelona se dirigieron a Rosas, donde embarcaron en una flota de 58 galeras y muchas naves auxiliares, al mando de las cuales iba el almirante genovés Andrea Doria.
Durante todo el itinerario encarnó el ideal de príncipe cristiano y demostró su excelencia en los saberes áulicos y artísticos, quedando también patente su adaptabilidad a las más diversas situaciones así como su experiencia gubernativa. La jornada italiana y el paso por las tierras germánicas fueron gratificantes, pero el cálido recibimiento de los súbditos del emperador en los Países Bajos marcó en la vida del futuro Felipe II un antes y un después. Se trataba de una entidad política con 17 provincias, forjada por los duques de Borgoña a finales de la Edad Media, que se distinguía por ser la más rica, culta y civilizada de toda Europa en aquel momento.
Su Joyeuse Entrée en Bruselas (la capital) se llevó a cabo el 1 de abril de 1549, siendo recibido por cincuenta mil personas, algo inédito hasta entonces, con desbordante entusiasmo y reconocimiento hacia el príncipe Felipe, su futuro señor. Acompañado por el emperador, el protocolo borgoñón se manifestó en todo su esplendor con festejos fastuosos, alegría y colorido y juntos visitaron las provincias una por una. El verdor de sus paisajes reflejados por el flamenco Patinir en sus pinturas, el retrato de corte que le hizo Antonio Moro, la originalidad de El Bosco y, por encima de todo, su peculiar arquitectura quedaron grabados para siempre en la retina del ilusionado príncipe.
Ya en España, el 3 de junio de 1552 dispuso que del trazado y diseño de las obras de Valsaín se encargase al maestro Mayor Luis de Vega y a su sobrino Gaspar de Vega la dirección de las mismas, pero dos años más tarde (1554) partió hacia Inglaterra para contraer matrimonio con la reina María Tudor, formando parte del numeroso séquito Gaspar, pues era preciso que viera la arquitectura que se hacía fuera de España en vivo y en directo. Ambos quedaron muy sorprendidos con los palacios ingleses y sus jardines.
Siendo ya duque de Milán (1540), rey de Nápoles y rey consorte de Inglaterra (1554), el emperador hizo volver a su hijo a Bruselas para cederle en vida los territorios flamencos y borgoñones en una magnífica ceremonia celebrada en el palacio de Coudenberg el 25 octubre 1555, siendo jurado al día siguiente como señor natural de los Países Bajos. Y, mientras el ya rey Felipe II permanecía en Flandes, Gaspar regresaba a España por tierra atravesando Francia, de cuyos edificios comentaba en una carta: son más fanfarrones que provechosos.
Una vez compenetrados y en total colaboración, el rey y su maestro de obras convirtieron La Casa del Bosque en un complejo centro de conocimiento y enseñanzas prácticas llegadas de Europa, que no sólo eran estilísticas y técnicas sino también conceptuales. Un palacio que recogía las enriquecedoras experiencias y gustos adquiridos y que debía estar integrado y abierto a los magníficos recursos paisajísticos y cinegéticos que ofrecía el valle. Las estancias ganaban en comodidad y gozaban de hermosas vistas y el desarrollo en torno a un patio central daba paso a mayor libertad de composición donde galerías acristaladas, corredores y andenes elevados adquirían un protagonismo hasta entonces desconocido.
Fue decisión del monarca que, por primera vez en España, se cubrieran los tejados agros con pizarra, que – como habéis visto – son muy lucidos, especialmente haciéndose en ellos las ventanillas para luces y otros ornatos que acá se hacen (carta desde Bruselas en 1559). Su empeño hizo que su Palacio Flamenco fuera el que mejor y más fielmente reflejara sus gustos personales y que no se escatimaran medios ni personales ni materiales para lograrlo.
Y fue aquella policromía del ladrillo rojo muy cocido a la flamenca con la piedra gris berroqueña, las azuladas pizarras de torres y chapiteles, el verde de las ventanas y los patios y jardines llenos de encanto, lo que constituyó la gran obra de juventud de Felipe II. En aquel pintoresco lugar nació la infanta Isabel Clara Eugenia y se celebraron los festejos de su matrimonio con Ana de Austria, pero en sus casas de oficios también se firmaron Las Nuevas Ordenanzas de Población y Descubrimiento de las Indias (bajo tres premisas: descubrir, poblar y pacificar) poniendo de manifiesto – una vez más – que el monarca siempre despachaba asuntos de Estado, pues aunque estuviera en sus residencias de recreo “lo primero, primero”.




