San Lorenzo en septiembre: el temblor íntimo del alma

© Mariano Leiva
Enrique Garza Grau.- Cuando el verano muere bajo Abantos, la memoria y el otoño se entrelazan en las calles y jardines de un pueblo único.
No pretendo caer en lo que los humanistas llamaban “comentario perpetuo” regresando a los clásicos como se hacía en el Renacimiento para evocar la grandeza del pasado. Me siento más cómodo contando cómo San Lorenzo se viste de grises sutiles en los albores de septiembre, cuando la luz del verano se repliega y los primeros ecos del otoño rozan las piedras del monasterio.
No detallaré qué edificios levantó la mano sabia de Juan de Villanueva, ni me detendré en el dulzor de las dulzainas o en las oraciones errantes que deja el verano al partir. Quiero huir de esa postal y acercarme, más bien, al temblor íntimo del alba en Floridablanca y al descenso de los bueyes y orantes por los caminos donde los álamos y los castaños de la Herrería extienden sus brazos largos, bajo una luz de estrellas que se posa al alba sobre el manto de la Madre. Hablaré de algo más sencillo y profundo: las mudanzas del alma en este pequeño y grandioso pueblo madrileño–segoviano.
Decía Chateaubriand que en cada mujer hay una emanación de flor y de amor. No dijo de qué flor hablaba ni de qué clase de amor, decía una amiga escritora que cada autor tiene su Tánger, añado, y, cada vecino su Escorial. Algo así ocurre en ese punto exacto de reflexión, puente entre el verano y el otoño, entre nuestro cielo unamuniano y el viento suave y cálido que acaricia la piel en los atardeceres berroqueños: cada otoño tiene su emanación de flor y amor. Atrás dejamos a los que se fueron; da igual que los amaramos más que Chateaubriand, no importa su relevancia social ni estatus, ni cuánto los quisimos. Las hojas verdes de los castaños bordean su perímetro como nuestras primeras arrugas en la piel: ellas con la certeza de que morirán a los pies del árbol y revivirán después de las primeras lluvias de primavera; nosotros con la esperanza de que habrá un lugar donde encontrar a quienes quisimos hasta desgarrar el alma.
Igual que el año escolar empieza en otoño, el verdadero año nuevo bajo Abantos comienza cuando las hojas caen lujuriosas sobre el pecho erguido de estas calles intemporales, que como amantes insaciables levantan las aceras de Leandro Rubio, formando olas de granito bajo los muros de esos jardines sombríos en las seis o siete calles más bonitas de San Lorenzo.
No me canso de pasar y ver el entorno sombrío del Plantel. Hasta sus habitantes parecen escogidos como figurantes de un veraneo setentero: Lacoste, zapatillas olorosas y suela de goma. La abuela de pelo blanco, batita y rebequita, vigila a los nietos vestidos igual, mientras meriendan bocadillos de Nocilla, contrasta con las abuelas con novio de adolescencia madura del XXI. La familia juega a las cartas con vino y gaseosa La Casera sobre la mesa de hierro desconchado, asentada en suelo de arena yerma e irregular. Balcones abiertos al atardecer en las villas paladianas muestran techos infinitos de las casas, como largas piernas desnudas de gitana lorquiana. Esa arquitectura con alma, que atribuyo a Francisco de Isaballa, es la antítesis de la arquitectura fría y grosera del XXI, acomodada en monocapa de baja calidad, anodino y frío, y, desde luego, ajeno al entorno arquitectónico y natural de la Sierra de Guadarrama.
Si existe alguna certeza, es que la vida es efímera: partiremos, como decía el poeta, en el último viaje, como las hojas quemadas en otoño en los viejos jardines que humeaban las calles de antaño. En muy poco tiempo, los niños con babi que juegan en las guarderías no sabrán quiénes fuimos. Vivirán en nuestras casas, trabajarán de forma tan estúpida como nosotros, pensando que la muerte no va con ellos, hasta que la fugacidad les estrangule. Pasearán la lonja, Floridablanca, los Jardincillos, como lo hicimos nosotros. Y se amarán, como nosotros, en los rincones más hermosos que regale la luna llena y sus perseidas. Ni siquiera nuestros descendientes de segunda generación conservarán nuestro recuerdo vital. Porque en la vida no hay pasado: hay futuro hasta su llegada al malecón de la muerte. La arquitectura intemporal y estética, se rompió con la cultura del feísmo contemporáneo, como éste destruyó el jarrón de la belleza en las artes. El Plantel lo amo como se ama el recuerdo del primer beso; quizá ese rincón que fue, es lo poco que sigue siendo. De las personas que he conocido, solo Gustavo Villapalos, tuvo una idea de San Lorenzo proyectada a más de diez años: su Salzburgo español que se quedó en el auditorio y la escuela de música, como se quedaron las vías indultadas del tranvía en Leandro Rubio.
No sé si será posible, pero sería maravilloso que alguien se siente a proyectar un futuro que convierta este gran sitio en referente cultural de la Comunidad de Madrid, coordinando todos los saberes: universidad, arquitectura, literatura, música y pintura. La sociedad civil lo pide a gritos. Solo falta sentarse y pintar el lienzo.




