ROMERÍA 2.0

Fernando Del Campo Fernández-Shaw.- La Romería de este pueblo (sí, con mayúscula) fue, es y será, por lo menos para mí, uno de los momentos más emocionantes y bonitos del año sanlorentino…; y rectifico y sustituyo la palabra “momento” por “periodo”, “época” o, simplemente, “días”, siempre en plural, pues aunque el día central es ese segundo domingo de cada mes de septiembre, nuestra Romería (también en posesivo y en primera persona del plural) se celebra de forma continuada y mantenida semanas atrás… y adelante.
Pidiendo perdón por entrometerme en el tema cuya protagonista indiscutible en este diario es mi querida Liliana, con su permiso, me gustaría compartir algunas ideas y algún sentimiento (sí, “a toro pasado”, es que no me da la vida…), algunos encontrados.
Vaya por delante, sin ningún género de duda, mi enhorabuena, mi apoyo y mi profundo respeto a las instituciones que colaboran y a las hermandades que organizan el evento… La de Romeros, de la que formé parte muchos años y conozco bien y la de Señoras, que también conozco… y empecemos por aquí. Tras muchos años integrado en dicha organización romera, tras haber asumido alguna responsabilidad y tras haber procurado aportar, con toda mi ilusión, mi compromiso y mi trabajo, nunca he llegado a saber responder a muchas preguntas que la gente me hacía, y sobre todo a dos de ellas: ¿Por qué hay dos hermandades y no una integrada por todos? ¿Por qué a la “Hermandad de Romeros” se la denomina “de romeros” y a la “Hermandad de Señoras” se la denomina “de señoras”? O, dicho de otra forma, ¿por qué no se llaman ambas “de romeros” y “de romeras” o “de señores” y “de señoras”? Está claro que sus estatutos así lo recogen…
¿Por qué la Hermandad de Romeros sólo puede estar constituida por hombres y la Hermandad de Señoras sólo por mujeres? Sé, sé muy, pero que muy bien, que el debate es antiguo, complejo, controvertido, polémico y, a veces, estéril… o no. Sé que ha sido causa de enfrentamientos, de disputas, de “cabreos”, de crispación… incluso con la propia Iglesia, entendida ésta como institución de la que emana el derecho canónico y la potestad eclesiástica, por las cuales se ordena la constitución, régimen y disciplina de la Iglesia Católica… Y, sin ninguna intención de polemizar, pues “doctores tiene la Iglesia” (…), como el derecho canónico reconoce a la costumbre como fuente de derecho, con el mismo valor que la ley, pero solo adquiere la fuerza de tal por el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente… ¿por qué razón esa autoridad eclesiástica competente no reconoce (o ha tardado mucho en reconocer) que las cosas pueden cambiar?
Siempre he creído que, entre otras, el inmovilismo y la intransigencia son unas lacras muy, muy pesadas para el progreso, la evolución y el entendimiento, este último como “punto de encuentro”, de diálogo, de equilibrio… como diría un castizo, “ni pa ti ni pa mí”… Me consta que ya se ha avanzado algo al respecto, pero también me consta que determinadas decisiones no se han adoptado ni ejecutado como Dios manda (…), ni con tacto, ni con mano izquierda, ni siquiera con respeto a quienes han estado muchísimos años en una junta directiva de una hermandad dedicando muchas horas de sus vidas a esta organización… Así no se hace. No se lo merecen. Personalmente, quien bien me conoce, sabe que soy poco amigo de los puestos o cargos “perpetuos”, sean donde sean, y los ostenten quien los ostenten… el aire tiene que correr periódicamente… Pero las decisiones (u órdenes) hay que ejecutarlas con autoridad, no con poder; y la autoridad supone respeto a alguien que se lo ha ganado… pero el poder se basa en la fuerza impuesta… Sí, claro, me refiero a los cambios habidos en la Hermandad de “Romeras” (lo siento, me gusta muchísimo más, siendo todas ellas unas auténticas “señoras” de los pies a la cabeza). No era necesario hacerlo así. No se lo merecían. El diálogo, el consenso, la razón, las explicaciones, la planificación de un proceso de cambio, el periodo de adaptación de las cosas nuevas… en fin. Vaya desde aquí mi abrazo sincero, cariñoso y respetuoso a todas esas mujeres romeras que tanto dieron por Nuestra Romería… con sus virtudes y sus cosas mejorables… y a las que actualmente dirigen la misma. Y vaya también desde aquí el mismo abrazo sincero, cariñoso, respetuoso… y cómplice, a esos señores romeros que, ojalá, faciliten e inviten pronto a la necesidad de unificar definitivamente ambas hermandades, aprovechando el inmenso talento y capacidad que hay en ambas… porque todo se puede hablar, consensuar y enriquecer su hay voluntad de “ellos” y de “ellas”…
Nada me gustaría más que Nuestra Romería tenga, dentro de poco, una “Romera Mayor” (ojo,… no una “Señora Mayor”) y que, por liarla un poco más, pero lo digo con el permiso (espero) de mi buen y querido amigo Julián, unos de los mejores porteadores del estandarte de la Virgen que ha habido, algún día, esa estupenda y joven amazona llamada Virginia, que le acompaña con su orgulloso padre Manolo, fiel escudero de Julián, mientras su madre Montse le admira a su paso emocionada, pueda portear ese estandarte que tantas cosas bonitas simboliza…
Tradición y evolución no son términos contradictorios, sino que se pueden enriquecer todo en lo que intervengan si ese acto se riega, se cultiva, se abona… y se cuida con voluntad, educación y respeto.
Habrá más temas que ir mejorando… pero el resultado, queridos Eduardo y Maite, ha sido estupendo, podéis estar orgullosos… ¿juntos o cada uno por separado? ¡Venga, ánimo y “palante”!
Pero ni estamos tan cerca, ni estamos tan lejos… estamos como nos merecemos y recogemos lo que sembramos. l




