Recuerdos de un gato entre gorriones

M.N.O.- Corría el verano del año 1941 cuando un madrileñito de cuatro años fue traído por sus abuelos a pasar un tiempo en San Lorenzo de El Escorial y, desde entonces, primero todos los veranos, después se añadió la Semana Santa, posteriormente las vacaciones de Navidad y todos los fines de semana, tiempo suficiente para convivir con los gurriatos. De esta forma este madrileño con raíces en la Villa del Oso y el Madroño desde 1750 pasa tanto tiempo en su villa natal como en el Real Sitio.
Y cómo no tomar cariño a este lugar entrañable, a sus calles, plazas y montes, y a sus pobladores, con los que ha convivido juegos y aventuras, donde a conoció a su mujer con la que ya lleva 64 años de matrimonio, donde sus hijas han conocido a los que hoy son sus maridos, incluso uno gurriato de pura cepa, y ella ya, más gurriata que madrileña.
Por todo ello guardo dentro de mí, unos recuerdos y ratos felices que voy a contaros.
Cuando A.M.R. comienza su paseo por el pueblo, y lo hace de la plaza del Ayuntamiento, trae a mi recuerdo, no la plaza de piedra, realizada por el Sr. Amela (yo siempre creí que era Almela), al mismo tiempo que el Ayuntamiento actual, sino la antigua plaza de arena, con su viejo Ayuntamiento, para mí, más a tono con la plaza, y no estrangulando la entrada de la calle de Alarcón, como hace el edificio actual.
Como ya digo, mi primer lugar de veraneo fue en la calle de Alarcón en la casa con esquina a Antonio Mayoral, donde vivían mis abuelos ese verano, la casa sigue tal y como entonces estaba, la pasa como a algunas personas, que parece que no pasan los años por ella.
Pero yo, hoy, quiero fijar mi recuerdo en la plaza del Ayuntamiento (un bonito nombre sin politización). Allí, en los días de diario, se reunían los chicos y chicas a jugar, cada uno con sus juegos, en ellas la comba, el diábolo, el corro, etc., en ellos las chapas, el peón, el tacón, a dola, al clavo, etc.
Cuando llegaban las fiestas se instalaba en ella una especie de templete donde se ponían los músicos para amenizar el baile, que comenzaba sobre las once de la noche hasta la una, más o menos, el baile era alrededor del templete en la plaza, y disfrutaban parejas de todas las edades, y nos hacía ilusión sacar a bailar la chica que nos gustaba, era la única manera de tenerla entre los brazos, algo incomprensible para los jóvenes de hoy, pero algo muy bonito para los de entonces.
Desde la barandilla, cuando aún no había bajado ninguno de la pandilla, nos entreteníamos con cosas tan simples como ver pasar las carretas de bueyes, con el esfuerzo de los animales intentando avanzar sobre los cantos que empedraban la calle, y sobre los que se escurrían sus pezuñas, las ruedas parecían que iban a partirse, y los carreteros gritaban a las bestias como si estas les entendieran. Otro entretenimiento era ver en la puerta de algún café, bar o restaurante, como el mozo correspondiente trituraba con un mazo de madera, las barras de hielo, para luego repartirlo entre las viandas y bebidas a conservar o refrescar.
Ahora vamos a dar una vuelta a la plaza en el recuerdo, por ello no coincidirá en casi nada con lo que hoy hay, casi todo transformado en restaurantes, solo se salva el estanco, aunque algo transformado.
Empezaré por la casa esquina a Floridablanca, con el Banco Español de Crédito en sus bajos y sus tejados que me recuerdan los tejados de París, para mí el edificio más elegante de San Lorenzo. Sigue el Bar de Castilla, donde los amigos nos tomábamos unas gambas al ajillo superiores (difícil que hoy las encuentres iguales), después de haberlas jugando al mus; y le sigue el despacho de billetes para la Tabanera. Se continúa con el edificio del Ayuntamiento (el viejo Ayuntamiento), cruzamos la calle Alarcón, y del edificio que llega hasta la calle del Rey, no recuerdo qué tenía en sus bajos. Cruzamos para seguir por la acera que hoy es una terraza continua de mesas y sillas de bares, en cuyo edificio, en sus bajos, antaño lo ocupaba una tienda de ultramarinos, una fábrica de helados. ¡Sí!, una fábrica de helados, de un matrimonio santanderino, bueno al menos la mujer, Martina, aun no habían llegado los Valencianos, ella los vendía (y estaban riquísimos) en el kiosco de Florida, el primero bajando de los jardincillos a la derecha, hoy en día es el segundo, pues al reformar los jardincillos y quitar el kiosco que la “pipera” tenía en la plaza, hicieron uno más pequeño en el muro de Florida en sustitución de aquel. Seguía el estanco, que aun continua, y algo más que yo no recuerdo, pasando a la acera frente al Ayuntamiento, y llegando a la “Casa de los Doctores” el restaurante Pimentel, seguido de un antiguo café con sus mesas de mármol, y si la memoria no me falla, cosa posible dado los años transcurridos, se llamaba “café San Lorenzo”. Después ya no nos quedaba más que asomarnos a la barandilla que da a Florida, para ver salir a la Tabanera con sus viajeros para Madrid.
Y este es el recuerdo de los años cuarenta del siglo pasado que le queda de esta entrañable plaza a este.




