¡Qué vienen los Isidros!

Javier Santamarta del Pozo.- Va apareciendo el sol, ¡que ya era hora, joer! Y con el sol y que el puñetero Eolo parece que se ha quedado por fin sin fuelle, nos llegan vientos de la Villa y Corte. ¡Nos llegan los «Isidros»! Nos vienen a copar terrazas, restaurantes y calles. Forasteros que, quien sabe, tal vez conocieron el Real Sitio cuando durante la puñetera pandemia se convirtieron nuestros pueblos en una especie de santuario donde escapar del puñetero bicho. O, al menos, del agobio claustrofóbico de la ciudad. Tal vez son de los que comenzaron a escuchar de este nuestro lugar mágico, quien sabe si por las crónicas gastronómicas o por la agenda cultural. O son de los de siempre, que nunca pudieron llegar a ser «colonos» ni aspirar siquiera al título de «veraneante», pero que saben de las excelencia de estos pagos a las faldas del Guadarrama sin más que a base de escapadas esporádicas.
Y, claro, comenzaremos, como cada año, con el debate sobre la capacidad real de entrada, aparcamiento y pernocta, de nuestros queridos pueblos. Sobre qué hacer o se debía de haber hecho. Sobre si preferimos una localidad tipo «dormitorio», o con una personalidad propia con gente que viva y trabaje en el pueblo. Pero… ¿de qué? Pues si criticamos aquellos que se dediquen al Sector Servicios, tendremos que saber a qué se van a dedicar si no queremos que seamos un lugar donde los mayores ingresos vengan de atraer a gente de fuera a consumir y disfrutar de lo que podemos ofrecer. Que, a todo esto, ¿qué podemos ofrecer?
Vivir a la sombra de un gigante como el Palacio Monasterio sanlorentino es algo que, inevitablemente, condiciona cualquier otra realidad. O no. Pues otras muchas localidades de España o de la Comunidad de Madrid están rentabilizando otros muchos aspectos sin que Patrimonio Nacional tenga que influir de una u otra manera. ¿Qué pueden ofrecer el Real Sitio y la Leal Villa entonces, al margen de la colosal obra filipina? Aquí está el verdadero debate, y sobre el tipo de visitantes que queremos. Y la calidad de estos, claro. Si no terminamos de verlo claro, me temo que año tras años seguiremos quejándonos y no arreglando qué queremos ser de mayor. ¿O no? l




