Paloma Andrada, actriz de la Compañía Vocacional Carlos III

ADRIANA RAMÍREZ FÉ.- Para quien no la conozca, Paloma Andrada nació en Madrid, pero es gurriata de adopción. Llegó a San Lorenzo de El Escorial por amor y ha regentado durante más de media vida, junto a quien se convirtió en su marido -el farmacéutico José Ignacio González-, la farmacia más antigua del Real Sitio, sita en la calle Floridablanca.
Un trabajo que compatibilizó con ver crecer una familia y una de sus grandes pasiones, el teatro. A él dedicó gran parte de su tiempo de ocio en la Compañía Vocacional Carlos III, que nació poco después de que la Fundación Sociedad de Fomento y Construcción del Real Coliseo Carlos III salvara del derribo este teatro dieciochesco, lo restaurara y reabriera al público allá por 1979.
Se levanta el telón. El monasterio de atrezo. Atisbamos a lo lejos la figura de una jovencita morena, de ojos azules, acercándose a este escenario escurialense en primer plano.
¿Cuál es el papel de Paloma Andrada en esta obra que es la propia vida?
Paloma es una joven que venía a visitar El Escorial y entonces conoció a José Ignacio y se enamoró de él. Le persiguió un poquito de tiempo, porque se hacía el duro, y al final pues consiguió ser su novia. Se casó con 23 años y ha sido muy feliz con él: tiene cuatro hijos maravillosos y tres nietos, y vive encantada en este Real Sitio. Aunque, como buena gata, reconoce que continúa siendo muy, muy, pero que muy urbanita. Le gustan mucho los árboles, pero el exceso de árboles no. Prefiere tener una casa enfrente.
¿Cómo surge su relación con el teatro en San Lorenzo de El Escorial?
A través de Pedro Martín, buen amigo y uno de los grandes mecenas de la Fundación Sociedad de Fomento y Construcción del Real Coliseo Carlos III que, no sólo evitó el derrumbe de este edificio histórico, sino que le devolvió el esplendor a este pequeño teatro de Corte. Cuando se reabrieron sus puertas en 1979, quiso gestionarlo personalmente a través de la creación de dos asociaciones culturales: una para el teatro y otra para la música. De ahí, y eso se le debe reconocer, salió la Asociación Padre Antonio Soler que, posteriormente se convirtió en el Conservatorio, y nuestra Asociación Cultural de Amigos del Real Coliseo Carlos III, de la que más tarde naciera la Compañía Vocacional Carlos III. La lástima fue que, gestionar de forma privada un teatro, resultó inviable.
Ahora ya, entre tu y yo, ¿en qué momento se forma la compañía y cómo entra Paloma Andrada en ella?
En el instante en el que hicieron la primera convocatoria de actores. La leí y, en ese mismo instante, dije: ¡hombre, pues voy a presentarme! Luego, coincidió también con que Álvaro Custodio -director, autor teatral y guionista de cine-, que había estado exiliado en México, vino a vivir aquí con su mujer. Era muy bueno en lo suyo y estaba libre, por lo que se puso al frente de la compañía.
¿Con qué os estrenasteis?
Lo primero que hicimos fueron Los Santos, de Pedro Salinas, que fue una obra muy polémica sobre la guerra; también, Tres Pasos de López de Rueda y un Entremés de Cervantes. Estamos hablando de 1980.
En el recuerdo afloran muchos festivales nacionales e internacionales.
Álvaro Custodio era un buen director y tenía muchos contactos, y su mujer era una experta en vestuario… Recuerdo que uno de nuestros éxitos mayores fue El patio de Monopodio, un compendio de novelas ejemplares de Cervantes, hecho por él. Una obra con música en directo y con bailes, maravillosa. Hasta el punto que fuimos con ella al Festival de Teatro del Mar Menor y gustamos. Luego ya empezaron a invitarnos…
Por ejemplo, después de estrenar una adaptación fantástica que hizo Custodio de La Regenta de ‘Clarín’ en El Escorial, el ayuntamiento de Oviedo nos invitó, con motivo del centenario de la edición del primer tomo de La Regenta (1884), a representarla nada menos que en el Teatro Campoamor. Hicimos dos representaciones y obtuvimos tal éxito que hasta tuvimos ovación final del público. Éxito que, por cierto, fue recogido por periódicos como El País, y que nos condujo a México, donde representamos la obra en el Festival de Guanajuato, en México DF, en Aguascalientes y en Puebla…
¡Nos encantó! Luego con la elección de Dionisio, estuvimos en Estados Unidos, y con Así que pasen cinco años, en el Festival de Chaux de Fonds, en Suiza.
Paloma, ¿cuántas personas más o menos erais?
Cuando empezamos éramos muchos, no te puedo decir el número exacto, pero bastantes actores. Y claro, unos representaban unas cosas y otros otras. Yo participé en dos obras: un Entremés de Cervantes y en Las Aceitunas, de López de Rueda, en el primer espectáculo. Éramos muchos actores y había sitio para todos, porque luego también salieron regidores, salieron ayudantes de dirección… Hemos tenido a Óscar Peña, a José María Escribano, a José Luis Argüello o H. Mari Ramírez ayudando a Álvaro Custodio.
¡Fue una época gloriosa, pero muy gloriosa! Y, además, nos protegía mucho la asociación en sí. El primer director fue Julio Vidaurre, y luego se rodeó del secretario, tesorero… De gente muy interesante y muy vinculada y comprometida con el Escorial. Compromiso nos ayudaba muchísimo al salir de gira: hacía las gestiones para los festivales, porque viajábamos gratuitamente todos los actores y, además, nos daban unas dietas. Luis Antonio Rodríguez también fue presidente y, también, hizo mucho por la asociación; Fernando Morán, que era un encanto, aunque no tenía nada que ver con la historia de El Escorial…
De entre los actores de esta compañía, ¿saltó alguien a la fama?
Te diré que Juan Echanove salió de aquí; también Marta Fernández Muro o Ramón Langa… A mí me ofrecieron en algún momento alguna cosa de profesionales, pero solo quedó en palabras; tampoco me interesaba. Lo que me gustaba era tener el teatro a diez metros de mi casa, ensayar aquí, y tener a mis hijos y a mi marido cerca.
Una compañía vocacional por el mundo, tiene que estar cargada de experiencias.
Para mí, una situación cuanto menos curiosa -y, quizás un poco trágica-, es que en España se ríen de unas cosas y en otros sitios de otras completamente distintas. Es lo que nos pasó con la adaptación de La Regenta en México: que en el punto en que el público español reía, a ellos parecía no hacerles la más mínima gracia.
También me resultaba divertido el tema de las edades. Yo empecé con 36 años e hice de Regenta con unos añitos más que la propia protagonista; y mi querido era 15 años más joven que yo. Así que a él le caracterizaban para arriba, y a mí para abajo. Luego están las anécdotas de camerino, que cuando las recuerdas, te inspiran más de una sonrisa. Ten en cuenta que esos tiempos no son los mismos que corren ahora.
¿Cuánto tiempo duró la compañía?
Con Álvaro Custodio, desde el 80 al 86 aproximadamente; fue la primera etapa. Luego ya fueron distintos directores, el Coliseo ponía ya muchas pegas…, hasta que se acabó más o menos en 2000, o así.
¿Y no se te pasó por la mente que esto no se podía acabar?
Me daba mucha pena, sí, porque había actores que querían seguir actuando. Entonces, efectivamente, se me ocurrió crear la compañía de teatro Floridablanca, justo cuando acabó la otra en 2000 o 2001, hasta 2008 que ya me fui.
Hay que ser muy atrevido para crear una compañía de teatro…
Pues vamos a ver. Se me ocurrió la idea y lo hablé con un compañero mío que se atrevía a dirigir, porque empezamos sin tener ni una peseta. La compañía lo que pagaba era al director, pero a nadie más. Entonces -como dirigía-, veníamos al teatro, pedíamos nuestras fechas y la taquilla era para nosotros. La taquilla yo la ahorraba.
¿Con qué tipo de obras arrancasteis en esta nueva etapa?
Hicimos primero obras actuales, que no necesitan más vestuario que el que tú te pongas, y la escenografía la hacía yo: llevaba muebles de casa, montábamos la escena y con eso fuimos ahorrando. Los dos primeros montajes se hicieron así y, en el tercero, ya contratamos a una directora pagándola.
Elegir obra es muy complicado porque a mí no me gusta leer teatro, me gusta la novela. Entonces, había que leer mucho para elegir obras que fueran actuales, adaptadas a los actores de que disponíamos en ese momento para no tener que andar buscando. Y eso lo logramos con El amante complaciente, de Graham Neal; un primer montaje que estuvo muy bien. A partir de ahí, se fue sumando gente joven. Y la verdad es que ¡todos eran más jóvenes que yo, claro! Por ejemplo, en esta etapa se sumó José Ontoria, que le había entrado el gusanillo de la interpretación, hasta el punto que se puso a estudiar arte dramático y, finalmente, acabó montando el Teatro de la Antigua Mina, en Zarzalejo.




