NUESTRA ROMERÍA, LA DE TODOS (I) – TAN CERCA Y TAN LEJOS

Fernando Del Campo Fernández- Shaw.- Reconozco que he meditado y sopesado mucho, quizá demasiado, las palabras que voy a escribir a continuación; e incluso, más que las palabras, el título de esta aportación de mi compromiso mensual con este periódico y con sus lectores… pero creo, definitivamente, que lo debo hacer.
Vaya por delante que van a ser palabras llenas de respeto y de educación, o eso voy a intentar, pero también de firmeza y de crítica constructiva, o esa es mi intención… aunque a algunos (creo) inicialmente, no les guste.
Y es que hemos vivido hace poco, en el contexto de las hermandades de Romeros y Señoras de la Virgen de Gracia, una situación social cuanto menos, incómoda, en parte desagradable, y con una tensión y crispación absolutamente innecesarias si se hubieran hecho las cosas de otra manera.
El título podría haber sido realmente “Nuestra Virgen, la de todos y todas”, pero no me ha parecido prudente empezar así. Pero verdaderamente es así. Es de cada uno de nosotros en privado y particular, y de todo el pueblo en general; no es de “ellas” ni de “ellos”, si bien, generalmente, (y lo digo por mi propia experiencia vivida durante muchos años en la Hermandad de Romeros), existía la frase “…la Virgen es de las Señoras que se la dejamos a los Romeros para esos días…” Nunca entendí, nunca pude encajar esa afirmación de “propiedad”, de “posesión” y de “generosidad femenina romera”, pero siempre guardé (guardamos) silencio y mantuvimos la prudencia por una afirmación, seguramente, de tradición sobrevenida y, de alguna forma, admitida, aunque fuera “cara a la galería”.
Así las cosas, en esa hermosa, orgullosa y emocionante tradición romera desde 1946, la dualidad Señoras – Romeros ha sido, generalmente, una relación cordial y de respeto mutuo, con sus altibajos, como en todas las relaciones, pero últimamente, en ese proceso de “tensa cordialidad”, creo que el ambiente se ha enrarecido, tensionado y crispado, en el que la intervención de la representación de la Iglesia (recordemos que ambas hermandades son entidades religiosas bajo el marco legal del derecho canónico) seguramente, ha podido ser mejor, sobre todo “en las formas”…
Porque, yendo al grano, han convergido dos temas importantes: 1) la posibilidad de unir ambas hermandades y 2) la adecuación a la ley canónica de determinados aspectos de la estructura normativa de ambas hermandades. Vayamos por partes. En este artículo sólo ahondaremos en el punto 1.
Dos elementos no se unen si uno de ellos no quiere. La voluntad es el motor de la práctica totalidad de las decisiones que uno toma en la vida. Y hablo de “unión” como sinónimo de consolidación, trabazón, conformidad, concordancia, semejanza, alineación, agregación… y, si me lo permiten, sumaré dos requisitos que, desde mi humilde opinión, son fundamentales: aprovechamiento del talento común y empatía. Soy un firme defensor de la necesidad (sí, necesidad, no conveniencia) de que ambas hermandades aúnen el esfuerzo, la experiencia, el trabajo, el cariño, el compromiso, la devoción y la sensibilidad de Señoras y Romeros hacia Nuestra Virgen. Porque (ya) hay mujeres que ostentarían el cargo de Romera Mayor a la perfección, rodeada de un equipo de mujeres y hombres, y hay hombres que podrían formar parte de esa labor de cuidado y custodia de Nuestra Señora. Muchos lo sabemos, pocos lo decimos públicamente. Y muchos, muchísimos, tenemos una extraordinaria relación personal con las mujeres que estuvieron y que están en la Hermandad de Señoras, así como me consta esa extraordinaria relación personal de forma recíproca… ¿Qué pasa entonces?
Machismos, feminismos, engreimientos, temor, desconfianza, incomunicación… han sido y son seguramente ingredientes de una receta indigesta y tóxica. Y aquí entra en juego la empatía… y lo que nos une. En la web de la Hermandad de Señoras figura un texto alusivo a un comunicado recibido por ellas de la Parroquia en el que se puede leer “… Aunque, sin embargo, como mujeres, nos hemos visto ninguneadas en numerosas ocasiones. Disolver esta Hermandad de Señoras supondría borrar…” Alto. Quizá estas dos frases puedan resumir, grosso modo, el sentir de esa hermandad, sentimiento que hay que respetar escrupulosamente pero que, a mi juicio, hoy en día no es así. Me explico.
En los últimos 80 años (1946), la situación social española en general y sanlorentina en particular ha ido evolucionando en el aspecto tan importante como es la igualdad de géneros que, sin entrar a valorar la calidad ni cantidad del marco legal que la ampara, lo de hoy ya no es lo de antes; menos mal. Y no digo que lo de hoy sea lo mejor, ni siquiera que sea bueno, queda muchísimo por hacer y conquistar, pero creo que la sociedad actual “educada” no ningunea a las mujeres ni mucho menos, aunque siempre habrá “cabestros” y “tarados mentales” exentos de educación, de respeto y de valores. No voy a entrar más aquí.
Lo que pretendo explicar, y creo ser portavoz de muchos hombres (y mujeres, sobre todo jóvenes) que pensamos así, es que ese sentimiento de ninguneo que se ha sufrido ha de verse reparado de dos formas: un primer mensaje pidiendo perdón por todo lo que hubiera pasado con anterioridad, y un segundo transmitiendo un mensaje unívoco y sólido, basado en la empatía, en la seguridad y en la garantía de que eso no volverá a pasar… Tienen que confiar en todos los que pensamos así, que somos la inmensa mayoría. Y diálogo, diálogo y más diálogo. Se pueden sacar a relucir temores, dudas, desconfianzas… todo, todo se puede hablar y plasmar en unos acuerdos que regulen lo que común y voluntariamente se haya hablado y recoger en unas normas de funcionamiento de una futura hermandad que, muy lejos de “borrar parte del patrimonio cultural, tradicional y devocional construido por generaciones de mujeres, así como el trabajo realizado durante los últimos 180 años por quienes nos han precedido” (sic), todo lo contrario, sumaría y reforzaría ese patrimonio cultural conjunto con la aportación del patrimonio cultural de la Hermandad de Romeros: una hermandad mejor, más fuerte, unida, enriquecida y regulada por la aportación de mujeres y hombres en pos de un único objetivo: la Virgen de Gracia.
Y un último ruego: los acuerdos que se adoptan de forma corporativa y plural, y sobre todo los que afectan a situaciones tan importantes como la que hoy hablamos, hay que preverlos, publicarlos, comunicarlos y someterlos a la voluntad de la totalidad de los llamados a votar. Con luz y taquígrafos. Con transparencia y rigor. Con información previa clara y precisa para todos. Sin presiones ni manipulaciones a través de mensajes… Sin improvisaciones premeditadas… Porque hacer lo contrario da una impresión fea, preocupante y muy, muy poco fiable de lo que se quiere hacer… y pone en tela de juicio la responsabilidad, capacidad y voluntad de sus dirigentes.
Por mi parte, seguramente, no voy a insistir mucho más. Llevo mucho tiempo diciéndolo y, verdaderamente, es una pena desaprovechar esta oportunidad.
Pero ni estamos tan cerca, ni estamos tan lejos… estamos como nos merecemos y recogemos lo que sembramos. Pero Nuestra Virgen se merece algo mejor.




