“No me da la vida” El mantra de una generación saturada

VALLE ÁLVAREZ MANZANO (Logopeda, Terapeuta sistémica y Cuentoterapeuta).- ¿De dónde surge la expresión que suena constantemente en oficinas, colegios, universidades, cafeterías y chats de Whatsapp “no me da la vida”? La raíz de esta frase está en el lenguaje cotidiano y probablemente ha evolucionado a partir de expresiones similares como “no me da el tiempo” o “no doy para más”, que ya reflejan la sensación de no tener suficiente capacidad con las demandas del día. Sin embargo, “no me da la vida” amplifica la idea no solo de la falta de tiempo, sino también de la falta de energía física, mental y emocional. Es un testimonio de cómo nuestras exigencias internas y externas han invadido todos los aspectos de nuestra existencia. Su uso en redes sociales y en conversaciones cotidianas la ha convertido en una especie de emblema del agotamiento moderno. Es un grito de auxilio disfrazado de humor que ya es un mantra y que se va a terminar convirtiendo en un “refrán.” Al decirla con tanta repetición, normalizamos el hecho de sentirnos sobrepasados. Al decirla en voz alta cumple la función social de buscar empatía o validación en los demás. Al final del día es un espejo de cómo vivimos, un reflejo de nuestra lucha constante por cumplir con todo. Estamos a tiempo de cambiar esta “supuesta” normalidad; decir “no me da la vida” debería ser el primer paso para preguntarnos qué podemos cambiar para que nos dé y que tal vez sea hora de replantear nuestras prioridades. La próxima vez que sientas la necesidad de decirlo para y piensa ¿realmente no me da la vida o simplemente necesito un momento para respirar? Ánimo, es a nuestros muertitos a los que no les da la vida, nosotros estamos vivos para elegir cómo vivirla.




