Mito y realidad de la Silla de Felipe II

Silla de Felipe II. Acuarela de Carmen Gutiérrez Capistrano.
TEO PEREA GARCÍA.- La Silla de Felipe II se ha convertido en un punto de referencia clave para los turistas que cada fin de semana y periodos festivos vienen a visitar San Lorenzo de El Escorial. Su importancia está, por un lado, en que se sitúa en medio del paraje natural de la Herrería, cuya belleza y variedad la convierten en un lugar único para el senderismo en la Comunidad de Madrid. Pero junto a la particularidad de su entorno, La Silla tiene como atractivo fundamental las historias que se han contado desde hace generaciones. De ella se dice que fue un lugar predilecto para Felipe II, en el cual el monarca, en sus paseos y batidas de caza, se paraba a observar el progreso de la construcción de El Monasterio, entre el 1563 y el 1584. Desde la altura y la distancia, según se dice, podía supervisar la evolución del monumento, incluso vigilando el trabajo de los obreros sin ser visto por éstos. Así pues, según este relato, la gran roca de granito fue labrada para formar sus escalones y sus asientos con el objetivo de acondicionar un espacio en el que el rey pudiese observar con más comodidad.
Sin embargo, la doctora y arqueóloga de la Universidad Autónoma de Madrid, Alicia María Canto, fallecida en 2024, presentó en diversos artículos una hipótesis que contradice estas ideas sobre La Silla de Felipe II. Los argumentos presentados por la arqueóloga son varios. Por un lado, hay circunstancias relativas a la época de Felipe II que de por sí ponen en duda que realmente La Silla fuese un mirador desde el que el monarca observara las obras. Entre otras cosas, la lejanía entre La Silla y El Monasterio, que hace imposible tener una visión de conjunto del edificio, y más aún ver a los obreros trabajar. Así mismo, la austeridad e incomodidad del sitio, con unos presuntos asientos que no son apropiados para la ancha indumentaria del siglo XVI. Y por último y más importante, la ausencia de registros documentales del siglo XVI o XVII que hagan referencia a la remodelación del espacio o su empleo por parte de Felipe II.
Así pues ¿qué es La Silla de Felipe II? Para la arqueóloga, La Silla de Felipe II fue originalmente un altar construido por el pueblo celta de los vetones. Esta hipótesis tiene numerosos argumentos a favor. Cabe destacar, como primero de ellos, la similitud con otros altares confirmados como celtas, encontrados en otras regiones de la Península Ibérica, como el del castro de Ulaca o el de El Raso de Candeleda. Altares construidos en canchales de granito en los que fueron tallados escaleras y diversas oquedades, como los presuntos asientos. Estas oquedades tenían su papel en los sacrificios e inmolaciones ahí realizados, tal y como sabemos según las inscripciones de otros altares, depositando la sangre y las vísceras de la víctima sacrificada. A este argumento comparativo se le suman otros relacionados con ciertos elementos presentes en La Silla y su entorno a través de los cuales los antiguos celtas pudieron otorgarle un significado religioso a dicho espacio. Como son por ejemplo la existencia de robledales, árbol sagrado para los celtas, la presencia de aves carroñeras en el lugar, como los abantos, y su posición geográfica limítrofe, como lugar de paso, para los cuales tenemos constatado que las poblaciones prerromanas solían erigir santuarios fronterizos en la naturaleza. La doctora Canto también alude a ciertas formas zoomorfas y antropomorfas que podemos encontrar en el canchal y en varias rocas de granito aledañas, una circunstancia que para nosotros es una casualidad irrelevante pero que para la mentalidad antigua era fundamental.
Desconocemos por completo cómo pudo generarse la idea de que La Silla fue un mirador para Felipe II. Sabemos que este discurso existe al menos desde el siglo XVIII por representaciones artísticas como la de Alexandre de Laborde, y que la familia real española visitó el sitio varias veces. Así mismo, según varios testimonios y documentos, el sitio se empleó como puesto de caza. Por estos usos es explicable el estado de conservación de los peldaños, que fueron remodelados y algunos de ellos añadidos para facilitar el acceso, una conservación sin la cual el complejo luciría mucho más desgastado.
Sea como sea, con esta probable hipótesis más que desmerecer al paraje o a las historias que la rodean cabría tomar a La Silla y a su mito con más valor. Puesto que en ella están acumulados más de dos mil años de historia, en los que el uso y reúso del espacio le habrán dado durante los siglos distintos significados. Donde ahora se sientan niños pensando en Felipe II en otra época pudo verterse sangre en honor a dioses ahora olvidados. Y aquí hay una belleza creativa, en algo tan constante en la Historia y la cultura de este país como resignificar espacios, crear relatos y narrar mitos.




