Maribel Martín: la vida de una vecina en la posguerra

DIEGO LÓPEZ PEREA.- ¿Alguna vez te has preguntado cómo vivían tus padres o abuelos en su infancia? Respondas sí o no, acompáñame a este viaje al pasado, para ver cómo era la vida de una niña en la posguerra, cómo era el día a día de Maribel Martín.
Al despertar llega el momento de escoger ropa y zapatos, no hay mucha opción, estrenar ropa pocas o ninguna vez al año. Una vez vestida, ir a la habitación más caliente de la casa, la cocina, el cocinado diario la caldea. Todos los días llegaba un chico que se encargaba de mantener la nevera fría metiendo un hielo en un armario de metal, imaginas bien, la nevera no era eléctrica. Toca desayunar, desde muy pequeña desayuna pan con malta. La malta es un sucedáneo del café que se consigue al tostar la cebada, una opción más económica.
Por suerte, puede ir a la escuela donde le enseñan todo lo esencial como a sumar o multiplicar, pero nada complicado, lo esencial. Este colegio lo dirigían dos hermanas y juntas le daban clases a un grupo de niñas de varias edades, algo que no se estila desde hace mucho tiempo.
Después del colegio vuelve a casa para la hora de la comida. La madre de Maribel, junto con ella, va todos los días a comprar al mercado, donde pueden encontrar productos de temporada ya que los productos perecederos no solían importarse. Entre lo más esperado del año están los tomates de los frailes. Estos eran los que cultivaban los frailes del monasterio, después los vendían y eran de los mejores tomates que podías encontrar. Y lo que no estaba en temporada, a veces, se traía de Valencia como las naranjas.
Una vez que su madre terminara se sentaban todos juntos a comer. Normalmente la comida era cocido de lunes a sábado, la época precaria de la posguerra no daba mucho margen a la variedad en la cocina, con excepción de los domingos, donde podían comer arroz. El pollo, que ahora es de lo más asequible, antes era considerado casi un lujo y lo más común del día a día eran las legumbres.
Por la tarde, Maribel ya era libre de socializar, divertirse y jugar. Si te gustan los videojuegos, la televisión o estar con el teléfono, lamentablemente, en esta época no podrías usar ninguno de los anteriores, como ya te he contado, ni las neveras van con electricidad, así que el entretenimiento de los niños está bastante lejos del actual. Lo común era ir a un árbol que llamaban “el árbol gordo” en una plazoleta. La calle era una explanada libre para el juego, los coches pasaban por ahí muy de vez en cuando, si es que llegaba a pasar en ese día alguno. Los juegos no cambian mucho el “pilla pilla”, el “escondite inglés” o “la peonza”.
Otra actividad habitual era ir los domingos al cine, al antiguo cine de las Pozas. Si te gusta ir a Madrid lamento decir que era poco común, debido a que el transporte era más caro y menos asequible. Ya de mayor, cuando dejó de jugar, cambió “el árbol gordo” por Floridablanca. Ahí hablaba con sus amigas y comía pipas. Gracias a que iba casi todos los días encontró ahí a un guardia civil de la Academia que le pidió pipas y después formaron juntos su familia.
Algunas de las cosas que más se celebraban eran los santos, que muchas veces coincidían con su cumpleaños debido a la tradición de ponerle al niño el nombre según el santo del día. También se celebraban mucho y, se continua en la actualidad, los Reyes Magos. Actualmente muchas familias dan regalos el 25 de diciembre, pero en su familia solo era el día 6 y solían ser cosas prácticas que necesitasen en su día a día.
Desde los días de la posguerra a la actualidad, todo ha cambiado mucho: electricidad, comida, juegos, ocio, educación… vivían con lo esencial e indispensable. Maribel se consideraba una niña feliz y debió de ser así porque ha sido y es una madre, una esposa y una abuela que ha transmitido a todos los de su alrededor esa felicidad.




