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Los últimos días del General Weathley

General Weathley

Javier Álvarez Wiese.- En pocos rincones del monasterio como en el Jardín de los Frailes, se puede sentir mejor la paz y la tranquilidad del lugar, apreciar la magnitud de la arquitectura de la obra y contemplar el paisaje de las Machotas y la Herrería con el ancho horizonte que se abre hacia Madrid y hasta los montes de Toledo. Al llegar al muro que se encuentra frente a las habitaciones de Felipe II y muy cerca del Panteón de Reyes, se puede ver, desde 1905, una lápida de mármol escrita en inglés, en la que se recuerda que en este tranquilo rincón estuvo enterrado durante siglo y medio -hasta que sus restos fueron llevados a Inglaterra en los años sesenta- el General William Wheatley, que murió a la edad de 41 años en el hospital de campaña instalado en El Escorial, el 1 de septiembre de 1812. 

El General Weathley escribió a su mujer regularmente (correspondencia que se puede leer en la web de la Waterloo Association www.waterlooassociation.org.uk. Las cartas de 1812 nos permiten asomarnos un poco a la figura de este desconocido militar inglés que, envuelto en el conflicto de las guerras napoleónicas, vino a parar y a morir en San Lorenzo. 

La Guerra de Independencia fue terrible: arrasó España y Portugal durante seis años entre 1808 y 1814 y causó, según las estimaciones más recientes, un mínimo de 500.000 muertos -en un país que contaba alrededor de 11 millones de habitantes-, sin contar las muertes por enfermedad, hambre y epidemias. Supuso, además de la ruina y devastación de la península ibérica, la separación definitiva de los americanos que hubieran podido formar parte de esa malograda “España de ambos hemisferios” y anunció, además, el accidentado camino por el que se deslizaría gran parte del siglo XIX en España, marcado por una crónica de inestabilidad política y social, motines, revoluciones, pronunciamientos militares y tres guerras civiles entre absolutistas y liberales. 

Cuando muere William Weathley en 1812 han pasado ya casi cinco años desde que, en octubre de 1807, precisamente en el Escorial, Carlos IV ordenara detener a su hijo y heredero Fernando bajo la acusación de conspirar para forzar la abdicación del monarca en connivencia con agentes de Napoleón. Medio año después, el 2 de mayo de 1808, estalla en Madrid la sublevación popular contra la ocupación de España por parte de las tropas francesas, que desembocó en esa guerra sin tregua ni cuartel que el Conde de Toreno denominaría con precisión como el “Levantamiento, Guerra y Revolución de España”. Desde 1808 la guerra había consistido en una sucesión de matanzas, destrucciones y saqueos de las tropas francesas, represalias por parte de las partidas guerrilleras, encuentros bélicos desastrosos para los españoles -Bailén aparte-, así como retiradas, marchas, contramarchas y movimientos de tropas en medio de un país difícil y agreste, en el que los franceses sólo eran dueños del terreno que pisaban. 

El levantamiento de los españoles provocó, además, la sorpresa y admiración del resto de Europa. La proeza, a pesar de tenerlo todo en su contra, fue que continuaran resistiendo tenazmente y sin doblegarse a pesar de las continuas derrotas, lo que contribuyó enormemente a que el gobierno inglés decidiera ayudar a la sublevación española, enviando tropas a la Península para luchar contra Napoleón. La desarticulación total del país afectó también, y gravemente, al Real Sitio, que sufrió sucesivamente la ocupación por tropas francesas, y el saqueo y la disgregación de la comunidad jerónima, que tuvo que abandonar el monasterio por vez primera desde su fundación. 

Por su parte la Villa del Escorial, tras la resistencia que opuso a las tropas francesas en diciembre de 1808, fue incendiada y quedó prácticamente despoblada. En 1812, a partir de la desastrosa campaña de Rusia, la estrella de Napoleón comienza a declinar, y el Duque de Wellington, al mando del ejército aliado anglo-hispano-portugués, con la victoria en los Arapiles, en Salamanca, inicia la larga y azarosa campaña que llevará, un año después -en 1813-, a la expulsión de las tropas imperiales de la península ibérica. 

Es en ese verano de 1812, cuando el General Weathley vuelve a entrar en España y donde le acabará alcanzando trágico destino. Sabemos que ya había estado en 1809 formando parte de la malograda expedición del General Moore, que perdió la vida en la Coruña mientras sus tropas reembarcaban de vuelta a Inglaterra. También fue muy destacada su actuación, en marzo de 1811, en los combates de la playa de la Barrosa -la batalla de Chiclana -, en la que se intentó, sin éxito, levantar el asedio francés de Cádiz. Ahora, en 1812, a las órdenes del Duque de Wellington, el General Weathley mandaba una Brigada del Regimiento de Granaderos de la Guardia Real -que sigue haciendo todos los días el cambio de la guardia en el palacio de Buckingham en Londres-. 

William Weathley había nacido en 1771 en Lesnes, una pequeña localidad a orillas del Támesis que actualmente forma parte del distrito de Bexley, en el área metropolitana de Londres. El 14 de mayo de 1812, desde Fuenteguinaldo, junto a Ciudad Rodrigo, escribe a su mujer quejándose de la fatiga de las continuas marchas por el Alentejo portugués y las dehesas de Salamanca. Esas marchas, bajo el fuerte sol primaveral, le habían causado una fiebre tan alta que “podría prender fuego el papel en el que escribo”. Relata que, en el caserón abandonado que ocupa, corren garduñas por los tejados, hay pájaros por todas partes y parte de la casa está ocupada por perros sin dueño que no dejan que nadie se acerque a sus cachorros. 

Unas semanas más tarde llega a un Valladolid triste y sombrío a causa de la guerra: “(…) Fui a visitar Valladolid con Campbell (1) la misma noche que llegamos al Duero. Nos defraudó; aunque Valladolid cuenta con nueve iglesias y magníficos conventos, hay pobreza, tristeza y miseria. No obstante, como muchas familias han huido al acercarse las tropas, tal vez dentro de unos días podría recuperar la animación y la alegría…”. 

El 9 de agosto, Weathley escribe desde el Palacio de Riofrío: “Segovia es una ciudad excelente, la catedral es magnífica. Entré en el Alcázar y me mostraron la cama y el cuarto donde estuvo encerrado Gil Blas (2), jurándome que era cierto, aunque sospecho que este héroe es un personaje ficticio. (…) El Cuartel General se encuentra en San Ildefonso (La Granja), un magnífico palacio. Yo también estoy en un palacio [Riofrío], pero del edificio sólo se mantienen las paredes”.

El 12 de agosto de 1812 el duque de Wellington entra triunfalmente en Madrid, después de haber sido abandonada la capital del reino por José Bonaparte y sus partidarios. “Mi querida Jane; Llegamos a Madrid ayer por la mañana unas horas después de que el fuerte del Retiro capitulara. (…) Estoy magníficamente alojado, tengo 4 o 5 habitaciones para mí, una dependencia para mi ayudante de campo y otra para el Comandante de mi Brigada. Las tropas están acampadas en un bosque a una milla de la ciudad. Sólo estamos alojados en casas particulares el General y sus ayudantes. (…) ¡Si me hubiera visto mi madre a mis 41 años entrando triunfalmente en la capital de España, cenando en el Palacio de su Majestad Católica y acompañando al teatro a nuestro Comandante en Jefe!. (…) Se dispusieron carruajes para Lord Wellington y sus ayudantes tirados cada uno por seis mulas, con arneses de terciopelo carmesí y hebillas de oro. (…) Hace unos días Campbell y yo estábamos encantados durmiendo entre los cuervos de la torre de una antigua capilla en ruinas y hoy estamos alojados en el palacio de un Grande de España. (…) Así son los avatares, cambios y las posibilidades de la vida militar. (…) Los españoles parecen felices por su liberación del yugo francés. ¡Deberían formar rápidamente un ejército de 100.000 hombres! ¡Ayer conocí, en la mesa de Lord Wellington, a todos los jefes guerrilleros: forman una buena galería de personajes! (…) El Palacio es magnífico; los muebles vienen de París, no se ha escatimado en gastos, todo de raso; las sillas son demasiado bonitas para ser usadas, todo muy superior a lo que se pueda uno imaginar… . Nunca he visto nada igual, ni en Inglaterra ni en Francia. (…) Campbell y yo vamos a alquilar un coche de caballos y ver los monumentos (de Madrid); según nos han dicho, vale la pena ver la galería de pinturas (en el Palacio Real) y algunos de los palacios de la nobleza. (…) Cuéntale a Harry nuestra entrada en la capital. La gente nos besaba y abrazaba: hombres, mujeres y niños. Aunque no me gustaron mucho esas efusiones, demasiado ajo para mí gusto”.

Sus últimas líneas, al despedirse, están cargadas de afecto hacia su mujer y sus hijos. “Adieu, mi querida Janny; preferiría estar en la casita más pequeña de Inglaterra que en ésta gran habitación en la que estoy escribiendo . Dios os bendiga a todos, con todo mi cariño , W.W.” Ya no hay más cartas. 

Debió enfermar a mediados de agosto en Madrid -tal vez de tifus -, y tras ser trasladado al Escorial -donde había acuarteladas tropas inglesas y se había instalado un hospital de campaña en el monasterio-, fallece el 1 de septiembre de 1812. 

Hay una última carta de su amigo Henry Campbell al hermano del general, Harry Weathley (que posteriormente llegaría a ser durante muchos años el Intendente de la reina Victoria de Inglaterra): “Mi querido Harry. Rápidamente escribo estas líneas con el deseo de informarte de la gran pérdida que hemos sufrido. ¡Tu pobre hermano murió en el Escorial la noche del primero de septiembre de resultas de la fiebre y tras 14 días de enfermedad! Dick Hulse, amigo suyo y nuestro, solo le sobrevivió una semana. Perder a dos amigos así de esta manera es demasiado doloroso y nos ha sumido a todos en una enorme tristeza. (…) Dios te bendiga, mi querido Harry, y te permita superar esta tremenda pena. No tengo tiempo para nada más. Espero que nos reunamos pronto. Siempre con mi afecto más sincero, H.Campbell 

El P. José Quevedo escribió en su “Historia y descripción del Escorial”, (Madrid,1849): “El 9 de setiembre llegó Lord Wellington, y al momento fue a visitar el sepulcro de un general y un capitán de su ejército que habían muerto en este palacio. Los enterraron en el jardín del monasterio, junto a la pared primera que los divide, enfrente del Panteón por la parte de dentro, donde ahora hay una frondosa laura. Estaban metidos en una caja forrada de bayeta negra, desnudos, envueltos en una sábana y con un plato de sal colocado en el vientre”. (3) 

En 1905, un nieto de William Weathley, el Coronel Moreton Weathley, también militar, retirado después de haber estado destinado en la India y que tenía a su cargo los parques reales de Londres, pudo cumplir el deseo de Wellington de colocar la lápida en recuerdo de su abuelo y en homenaje a la truncada vida del joven y brillante general que acabó siendo enterrado en el Jardín de los Frailes.

(1) Henry Frederick Campbell (1769-1856), General y Miembro del Parlamento Británico. 

(2) Gil Blas de Santillana novela picaresca francesa escrita por Alain-René Lesage entre 1715 y 1735. Tuvo una enorme popularidad en toda Europa siendo traducida al inglés en 1748. 

(3) En algunas partes de Escocia, tradicionalmente se enterraba a los muertos con un plato con sal y otro con tierra.

FUENTE DEL SEMINARIO
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