Los primeros “gurriatos”

Recreación del autor sobre grabado de Francisco Javier Parcerisa y Boada, 1803-1875).
VICENTE M. ROSADO.- En 1760 falleció Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, y por la necesidad de aposentos necesarios para la servidumbre real, se propuso a los jerónimos concesión para iniciar la construcción de casas en el terreno frente a la fachada norte del Monasterio propiedad de los jerónimos, que recordemos que esta propiedad (la Herrería) llegaba hasta la cañada, la cual transitaba a la altura de la calle Hernández Briz. Los monjes se negaron a ello argumentando el deseo de Felipe II de mantener el entorno del Monasterio, como bien dijo fray José de Sigüenza, era como una “mata de albaca en el verano”. En 1766 y por el fallecimiento de Isabel de Farnesio, la madre del rey, de nuevo surgió la idea y que en esta ocasión, por medio del ministro Grimaldi y bajo ciertas condiciones, los jerónimos accedieron al deseo de Carlos III. Ello produjo redactar en 1767 la “Cédula Real, por la cual S.M. se sirve mandar se guarden, y cumplan todas las condiciones, y reglas contenidas en el reglamento hecho de acuerdo con el Real Monasterio del Escorial. Y aprobado por S.M. para fábrica de las casas que se quieran construir en aquel Real Sitio. En Madrid: En la Imprenta de Antonio Perez de Soto. Año de MDCCLXVII”.
Daba la impresión que San Lorenzo “nacía”, desarrollándose y consolidándose como población, y así era, pero como asentamiento en el lugar no era así, venía de atrás.
Remontémonos ciento cincuenta años. Veintidós años después de la consagración de la basílica, y por consiguiente terminación del Monasterio, había una pequeña población no emergente, pero presente. Con fecha 18 de julio de 1617 esta datado un documento (Archivo General de Palacio, Adm. Patrimoniales, leg. 1825) reseñando los moradores que en ese momento coexistían en el terreno referido anteriormente, y eran los que, después de la conclusión de la obra monacal continuaron desempeñando sus correspondientes funciones. El documento recoge la relación de habitantes, sus oficios, nombre de la casa que ocupa y lugar donde se halla. Cito “lugar” porque cada paraje estaba definido como tal, como así veremos, y no por nombre de calle que, obviamente, no existían.
Registrado como “Memoria de todas las cassas que ay en este Sitio Rl. de Sn. Lorenzo y las personas que en ella viven hecho por mandato del sr. Duque del Ynfantado mayordomo mayor en 18 de julio 1617” contiene seis folios, y reproducir la relación completa de los moradores ocuparía mucho espacio, por lo cual haremos una rápida pasada de lo más característico, y por ende destacado. La relación de los inquilinos estaba precedida por los parajes que en ese momento precisaban la ubicación, y eran: “la casa de las Pizarras” (el aguachal); “detrás de la dicha casa de las Pizarras” (obviamente detrás); “como se va de la taberna hacia lo alto a mano izquierda”; “desde el juego de la argolla hacia abajo hasta la casa del veedor”; “como se entra del taller a la casa de Anton de Barruelos pizarrero y se vuelve el arroyo abajo” (arroyo de la Barranquilla que atravesaba el asentamiento); “el callejon de Juan Redondo”; y “la casa de los medicos desde ella hasta salir al lugar de abaxo” (calle Floridablanca hasta plaza Virgen de Gracia). Algunos parajes no han sido identificados debido a la dificultad de situarlos, pues considerar que en el año 1617 era prácticamente un descampado sin ningún orden urbano. Las viviendas eran chabolas y barracas de pobre mampostería (de ahí el primer gentilicio de los gurriatos: barraqueros). Esto hacía un total de 91 viviendas y 150 ocupantes aproximadamente (difícil concretar por la muestra del documento), con sus nombres y oficios. Los desempeños eran tales como esparteros, plomeros, taberneros, cocineros, escuderos, jardineros, hortelanos, mullidores, arbolista, albañiles, bataneros, sastres, barberos, etc., y todos ellos para el servicio de Su Majestad y convento. Hago la observación del lugar donde se jugaba a la argolla, que lo sitúo supuestamente en la plaza del Ayuntamiento o plaza de Jacinto Benavente contemplando la cercanía con el resto. Este juego consistiría en una argolla clavada en el suelo y en vertical para hacer pasar por ella unas bolas de madera golpeándolas con una especie de palas, es decir y permítanme la ironía: el antecesor del croquet inglés.
A esta relación había que añadir las que sí estaban construidas previamente, y eran las dos casas de oficios, la casa de las pizarras, la de los profesores del colegio (de una planta), la casa/taller del yeso (entre las calles Duque de Alba y Juan de Leyva y Andía, y derribada en 1784 para el correcto trazado de la calle Santiago), la casa/taller del plomo (al final de la calle Floridablanca), la casa/taller de las campanas (la casa de las parrillas), la casa de los frailes (detrás de la casa de las Parrillas), y el arca del repartimiento de agua al Monasterio, que ocupaba el pilón de la plaza de Jacinto Benavente, y que fue derribada en 1911.
En 1680 poco había cambiado el “sitio” y por supuesto sin que existiera ningún concierto urbano de disposición. Con el registro “Memoria de las personas que viven en las Cassas del Sitio” (Real Biblioteca del Monasterio, XVIII-50-8) de nuevo enumeraba los nombres de los moradores y el oficio desempeñado y también estaban precedidos por el nombre del paraje, que tan solo uno se repetía con respecto a 1617: la casa de las pizarras. También, junto al nombre de cada ocupante, quedaron reseñadas las siguientes notaciones: Queda, salga, sale, buscar donde viva, acomodarle, desele casa, significativo de como se debería actuar a cada morador. En esta ocasión debido al modo de exposición usado, describe como “casas” lo que pueden ser “viviendas”, y en otras ocasiones refiere varias viviendas en una casa. Por esta mala definición del documento no he podido, con certeza, fijar el número de casas ni de cuantos lugareños, pero he calculado aproximadamente 100 viviendas, sin saber en cuantas casas, y unos 170 ocupantes. Los oficios referidos eran los mismos antedichos habituales y algunos cargos se describen como “carpintero que no tiene ocupacion ninguna”, “maestro de la panaderia”, “maestro de la roperia”, “maestro de la huerta”, “sastre que no sirve cosa alguna a la fabrica”, “el que da verde a las ventanas”, “mayoral de las cabras”, “oficial de la despensa”, “portero de las cocinas”, “sillero”, … sin duda oficios seductores.
Los lugares descritos, aún siendo confusos, eran: “la casa de las Pizarras”; “cassas que estan enfrente de los oficios” (la casa de los doctores); “el callejon que esta enfrente de la cruz de piedra”; “dos casillas que estan enfrente del arroio”; “en la plazuela de la cassas del Veedor”; “las cantinas”; y finalmente la “Memoria de las personas que viven en la Casa de los Oficios”. También hago la observación sobre la “cruz de piedra” citada, que según la leyenda sitúa, sin base documental, una cruz llamada “la aldeana” cerca de la conocida plaza de la Cruz.
Esta era la pobre configuración que había en lo que sería el futuro centro histórico de la población de San Lorenzo, en la que convivían los oficios para mantenimiento del Monasterio, los servicios necesarios ante las estancias reales en él, y como en otros Reales Sitios, la “bandada” que seguía al séquito real allá donde fueren, es decir, el apelativo de “gurriatos”.




