Los carritos amarillos y la maquinita “chambilera”

J. C. Sainz de los Terreros (Representante del Duendecillo Bolilla).- Estos dos importantes elementos forman parte de la historia de una familia de heladeros y turroneros artesanos, jijonencos de origen, pero gurriatos de adopción, que no faltan a su cita con este Real Sitio desde hace más de ochenta años, hoy en su tercera generación, con Marcos Cebrián Verdu al frente del negocio. Llegaban por Semana Santa y marchaban después de la Romería a su tierra natal, aunque actualmente “vuelven por Navidad” para endulzar las fiestas a los gurriatos y foráneos, con sus turrones y otras delicias.
El duendecillo que ha conocido a todos sus componentes vendiendo sus helados y refrescos desde el primer día, guarda en su baúl fotografías de ellos y una maquinita “chambilera”, y tenía gran habilidad para “surtirse” de polos de chufa, los mejores, del carrito amarillo de la puerta principal de la Lonja del Monasterio.
Allá por años treinta del pasado siglo, el matrimonio Cebrián García, Lázaro y Nieves, junto a sus hijos Fernando y Lázaro, pasaban los veranos fabricando y vendiendo helados en Segovia. Allí les sorprendió la triste guerra civil, sin poder regresar a su Jijona natal.
Con veintidós años, su hijo Fernando, después de haber aprendido con sus padres el negocio de la heladería, decide independizarse, para montar su propia fábrica de helados artesanos, y elige para ello este Real Sitio, ”por ser un lugar importante, de mucho turismo y lugar de veraneo de muchas familias”. Y no eligió mal. La instala en un local de la calle Duque de Medinaceli, en donde hoy continua.
Para sorpresa de todos, el día veinticinco de mayo de 1942, apareció el primer carrito amarillo de “Los Valencianos” para venta de sus helados y refrescos, aparcado en la calle Floridablanca, previa concesión del permiso municipal y abono de una peseta con setenta y cinco céntimos diarias, -era dinero-, por ocupación de espacio en la vía pública.
Poco tiempo después, se incorporaron, para colaborar con Fernando, sus padres, su hermano Lázaro y otros familiares, pues el negocio iba muy bien y se necesitaban más manos.
A ese carrito se fueron sumando otros, hasta completar una importante “flota”, que eran situados, a diario, en puntos estratégicos de la población: en la entrada al Monasterio, en la plaza de la Cruz, en los Canapés, frente al Casino, y en la ermita el Día de la Romería, el único carrito que todavía se mantiene, sin faltar, año tras año, a esta importante cita.
Todas las mañanas, la ”flota” se ponía en marcha para dirigirse a sus puntos de venta, desde su “aparcamiento” en Duque de Medinaceli, con recorrido fácil pues era cuesta abajo, pero lo duro era la vuelta por la noche, todo el camino en cuesta.
También se vendían a pie, por familiares cargados con aquellas heladeras de metal al hombro y la famosa maquinita ”Chambilera”, uniformados de blanco, gorrito marinero y calzado típico levantino, recorriendo todo el pueblo, ofreciendo los “chambis” de mantecado o chocolate, hasta que en 1959, la venta ambulante se motorizó, ampliando la oferta de productos en su gran caja frigorífica.
Poco a poco, esos carritos que durante muchos años formaron parte del paisaje urbano y comercial de San Lorenzo de El Escorial, fueron desapareciendo por su alto coste de explotación, para pasar a formar parte de la historia de este Real Sitio.
Se abrieron tiendas en el local del obrador gurriato, en Guadarrama y en la vecina Villa de El Escorial, y desde hace algunos años, la gran variedad de productos de “Los Valencianos”, se puede disfrutar en el amplio local de la calle peatonal de Juan de Leyva, de pie, sentados en su gran terraza, llevándolos a casa o paseando por el pueblo. De los tres sabores de helados iniciales, hoy se pueden degustar más de treinta, además de los polos, rica horchata, -un cliente se la llevaba, en cantidad, congelada a París-, limón y café granizado y tartas heladas. Y en Navidad, turrones, mazapanes, frutas almibaradas y peladillas.
Varios han sido los premios conseguidos en concursos de helados artesanos, especialmente por los de avellana y de turrón, y su fábrica gurriata está considerada como la más antigua y única de fabricación artesanal de la Comunidad de Madrid.
Y sobre la historia de la pequeña maquinita “Chambilera”, tuvo su origen allá por los años veinte del siglo pasado. Los americanos había inventado lo que llamaban ”sándwich de helado”; dos galletas y en el centro el helado deseado. Se hizo muy popular, y cuando venían a España de turismo, lo pedían pero no lo encontraban. Hasta que un avispado heladero valenciano creó una maquinita de metal, que como se aprecia en la fotografía, tenía un mango, coronado con una cajita/molde rectangular, donde se colocaba una galleta de vainilla, se rellenaba de helado y se ponía otra galleta encima. Soltando la palanca que tenía el mango, salía el “sandwich” en perfectas condiciones. Según el precio, la palanca se colocaba en los agujeros, más alto o bajo, para calcular el grosor. La palabra ”sandwich”, por el poco conocimiento del inglés de los españoles y por deformación, derivó su pronunciación a “changui” y “chambi”, de ahí que se conociera a la maquinita como “Chambilera”, y a los vendedores de estos helados ”Chambileros”.
Este año se cumplen nada menos que ochenta y tres, y la familia Cebrián, con sus helados, refrescos, y últimamente también con sus delicias navideñas, sigue “viviendo” en San Lorenzo de El Escorial seis meses, desde aquel día que llegaron estos “chambileros”, mitad jijonencos y mitad gurriatos, con sus carritos amarillos y su maquinita “Chambilera”, que ya han pasado a formar parte de la historia de este Real Sitio. Y seguro que otros Cebrián, hijos de Marcos, nietos de Fernando y bisnietos de Lázaro, continuarán con el negocio, generación tras generación, y pasarán la centena de años en este, su otro pueblo, donde se sienten como en casa. Que así sea y se cumpla, y que los gurriatos, veraneantes y foráneos, podamos seguir disfrutando de sus buenos productos, porque el duendecillo está seguro, que no hay un solo gurriato, niño, joven, menos joven o mayor, que no haya disfrutado con un helado, un polo, una horchata o un limón granizado de “Los Valencianos”.




