Las horas del Escorial y otras horas

José Ruiz Guirado.- VICENTE Risco publicaría un libro llamado “Libro de las horas”. Desde Orense, su ciudad natal como sintió el provincial fray Luis, no se iba “a parte alguna”. Una ciudad, como tantas otras, donde se vivía, se paseaba, se leería y se asomarían a las amenas riberas del Miño. Aquí en este lugar, donde el río que ya baja menguado es el Aulencia, al que ya no se asoma nadie, porque no se puede; sí se asoma es al Jardín de los Frailes, o a la Lonja, o se patea por la Herrería hasta la ermita. Quienes ya se lo toman más en serio, tienen cumbres para hartarse.
¿Cómo son aquí las horas? Depende mucho de la época del año, de la luz, del clima. Porque no son iguales las del estío, que la de los cortos otoños y primaveras, o las del invierno lento. Ya se sabe que pasada la Romería el bullicio vuelve los fines de semana. Cualquier miércoles, ya noche pasadas las seis de la tarde, puede alguien estar sentado en el Croché, o leyendo en el calor de su hogar una novela de Manuel Andújar, o algún poema de Suárez Campos, incluso de Uña Juárez, o una obra de los Hermanos Quintero, o la Historia de San Lorenzo, de Gabriel Sabau, cuando no, alguna novela policíaca de Juan Losada. O alguna historia con corazón del afable Antoniorrobles. La crónica de Manolo Rincón, una novela de Mariano Rivera Cross, o alguna crónica de Javier Santamarta del Pozo; cuando no, unos fragmentos de la agavilla de relatos de Ramón de Garciasol, en su “Las horas del amor y otras horas”.
Así las cosas, cómo pasan estas horas, con qué intensidad. Quizá no haya más que limitarse a escuchar el reloj del Monasterio, o el del Ayuntamiento para enterarse que, pese al tedio, llegan, se suceden, se van. Con esto, uno se pregunta: cómo las recibirán quienes tengan toda la vida por delante, o quienes se aferren al día siguiente como el náufrago que atisba tierra. O quien esa noche esté de guardia en el hospital. Quien espere a que le digan que ya nació su hijo, o ya murió alguien al que la vida le puso fecha.
Estamos hechos de horas, de tiempo, hasta que dejan de sonar. Aunque pasan al unísono, cada cual tiene las suyas. Quiere uno pensar, que como esta población no es vetusta, como Madrid, de las que Galdós nos revelara sus entresijos, lo tenemos reciente, casi a mano. Si como quien dice fue ayer (14 de octubre de 1784) cuando naciera el único rey que lo hizo en el Monasterio –Fernando VII-, el padre de la regente Isabel II, quien se hospedase en el Hotel Miranda Suizo: un hotel próximo. Ya que nos hemos parado en él, ya en nuestro siglo, quisiera oír la voz quebrada de Viola, a la hora del vermú, con algún director de banco; Arribas, el ganadero, José María, un pintor gaditano, de unos cuadros, con notas musicales flamencas, que no dejaban indiferentes.
Puede que como pasara con la ciudad de Risco, tampoco se fuera a ninguna parte, más allá del casino, de la doble sesión de cine de los jueves en el Variedades, o del parque de Terreros junto al monumento a los Carabineros. Y cada año nuevas horas bajo el mismo cielo esperando en los Soportales el autobús que va a Madrid, a comprar en Almacenes San Mateo. Tras la Semana Santa, el carrito de los Helados de los Valencianos ya se aposta en los Canapés. Y los colegiales del Alfonso XII, correteando en el recreo por la Lonja, ya adivinan cerca las vacaciones. Unas horas que pasan diferentes en un lugar donde hay un Monasterio que todo lo abarca y lo ocupa. Claro, que, conviene decir que “El libro de Horas” de Felipe II, escrito en latín, con cuarenta y cinco miniaturas iluminadas con oro y trescientas veinte páginas de pergamino, que se custodia en su Biblioteca, nada tiene que ver con aquel de las horas tediosas orensanas, con un amanecer de gallos afilando el Oriente, o un atardecer, frente a un fuego. Otra cosa es que las piedras que sustentan a edificio escurialense, o a las de la casona de musgo, no se cierren a las mismas horas cualquier tarde de lluvia escurialense u orensana. l




