La puerta al infierno en San Lorenzo

Judit Díaz de Losada Ferrer.- En el corazón de la Sierra de Guadarrama se alza el Real Monasterio de El Escorial, una de las manifestaciones arquitectónicas más magníficas de la época de Felipe II. Este impresionante complejo era más que un simple lugar de contemplación y culto. Los motivos de su construcción tenían un componente político, además cuenta con leyendas que envuelven el Monasterio y sus memorias. Estas leyendas se contaron como historias transmitidas de generación en generación y aún resuenan entre los oídos de los visitantes.
En honor a la victoria de las tropas españolas sobre las francesas en la Batalla de San Quintín, que tuvo lugar en agosto de 1557 —coincidentemente con el día de San Lorenzo—, el rey Felipe II ordenó la construcción del Monasterio. Como acto de agradecimiento a las divinidades, el rey decidió construir un edificio que sirviera a la vez de monasterio, basílica, universidad, biblioteca y seminario. Esto no solo representaba la ofrenda, también era una obra que ensalzaba el poder, la fe y el legado dinástico del monarca.
Además del motivo oficial de la construcción, existen otras historias sobre el origen del monasterio. Según una leyenda medieval, el propio Lucifer vivió en una cueva cerca del monte Abantos tras su expulsión del cielo y antes de ser condenado al inframundo. Durante ese período, el ángel caído supuestamente estableció siete puertas que conectaban con el mismísimo infierno. Según la leyenda popular, una de estas puertas se encuentra justo donde se construyó el Monasterio de San Lorenzo del Escorial.
Para construir este significativo monasterio, el Rey reunió a un grupo de eruditos de todos los ámbitos para encontrar la mejor ubicación. En noviembre de 1561, la comisión del rey llegó a San Lorenzo para evaluar el terreno. Un cronista contemporáneo afirmó en aquel momento que el equipo topográfico que mandó Felipe II se encontró con una feroz tormenta, en la que el viento arrancó ramas de los árboles y los presentes se vieron golpeados por el movimiento de estas ramas. Este fenómeno se consideró una interferencia demoníaca, parte del plan de Satanás para impedir que el Rey construyera un templo allí.
Felipe II no se dejó intimidar por estos avisos “amenazantes” y los vio como una razón más para emprender la tarea de la construcción del Monasterio, el monarca era profundamente religioso y con un gran interés por la arquitectura, no consideró la tormenta un peligro o una amenaza, sino como algo que indicaba que debía bloquear para siempre este paso al infierno con una iglesia dedicada a Dios. Así, el Monasterio no solo se erigió como un monumento a la grandeza de España y a la fe católica, si no también como una fortificación para cerrar una de las supuestas puertas al reino de las tinieblas.
Los consejeros del Rey se encontraron con sucesos inexplicables mientras exploraban este pueblo. En otra ocasión, se cuenta que, tras una tormenta, los relámpagos estallaron justo delante de la entrada de una cueva. Mientras observaban aterrorizados, surgió la figura de un demonio reluciendo entre los relámpagos. Pese a lo impactante del encuentro, lograron persuadir al monarca de que por fin había surgido un lugar –con un trasfondo un tanto oscuro– para su ambiciosa obra.
Aunque algunos sabios de la época coinciden en que se trataba simplemente de una antigua cueva de una mina de hierro de la que no se sabe mucho más, esto podría justificar la atracción de los rayos. Para Felipe II, gran creyente construir un templo en el corazón del mal y para acabar con él mismo, era algo imposible de resistirse.
El resultado fue la creación de un enorme complejo arquitectónico que marcó el curso de la historia del arte español. Concebido por el Rey y realizado a la perfección a un coste enorme, el Monasterio no es solo un edificio, sino también un reflejo de este rey, profundamente devoto, que al colocar cada piedra de esta construcción, buscaba cumplir una promesa, rendir homenaje a una victoria y, quizás, cerrar de manera definitiva una de las puertas hacia el infierno.
Hoy en día, quienes visitan el Monasterio de El Escorial no sólo recorren los pasillos de un emblema del Siglo de Oro, sino que también se adentran en los límites de una antigua leyenda. Allí, entre el eco de los corredores, las imponentes paredes de granito y las sombras de los túneles, todavía parece resonar el misterio de ese lugar donde Felipe II desafió a las fuerzas oscuras.




