La Posada de las Ánimas

Entrada al restaurante junto a ilustración de Virgilio (Abuelo) obra de Tony Sam.
A.M.R.- Bajando por la calle San Antón, llegando casi a Floridablanca, nos encontramos con uno de los edificios emblemáticos del barroco escurialense: la Posada de las Ánimas. Fue construida durante el reinado de Carlos III por su médico, D. Francisco Martínez, allá por 1768, para la ilustre congregación de San Cayetano, bajo la denominación de Posada de las Ánimas, también llamada del “balcón de piedra”. Hoy la conocemos como Mesón La Cueva. Resulta, cuanto menos paradójico, que se construya un edificio en memoria de las ánimas y hoy se dedique al goce de los vivos.
Sin duda, un magnífico caserón o palacete -nunca fue palacio, pero su construcción bien lo podía haber sido-, que recuerdo siempre dedicado a la hostelería.
Fue restaurado magníficamente por las familias Martín y López (Virgilio) que, como es sabido, siempre han dedicado su buen hacer a la conservación y rehabilitación de edificios históricos como éste, el teatro Real Coliseo de Carlos III o el de las Cocheras del Rey. Labor que bien merece todo el reconocimiento.
No está en mi intención hacer ninguna publicidad, pero sí reconocer la larga trayectoria restauradora que este edificio alberga: el esquinazo que hoy regenta una heredera de estas dos familias con un restaurante mexicano -resultado de sus andanzas por esa tierra-, que viene a aportar mayor variedad a la oferta hostelera de San Lorenzo (curiosa apuesta y toda mi enhorabuena); sin olvidar a su antecesor en este mismo lugar, el Madrid-Sevilla, típico restaurante de comida casera muy agradable y familiar, por el que pasaron ¿dos generaciones o quizás tres? Mencionar también otro legendario local, “el Jandros”, heredero también de esta familia y dedicado al ambiente nocturno, con buen rollo y buenas copas para rematar las veladas de cena, por ejemplo.
Pero, sin duda, el más importante e interesante es el Mesón la Cueva, inaugurado en 1961 y regentado por dos hermanos de la misma familia, como son José Luis y María.
Lo que antaño fueron habitaciones y demás dependencias de aquella posada -donde se hospedaban personas con pocos recursos o quizás descendientes de aquellas ánimas, que de ahí le vendría el nombre-, hoy son unas dependencias magníficamente restauradas y acondicionadas en las que, cabe también mencionar, han nacido algunos de los actuales propietarios.
Están adaptadas a los tiempos del presente, pero respetando toda su esencia y antigüedad: las escaleras de piedra de granito, los mosaicos azules en las paredes, pinturas de paisajes y personajes lugareños e incluso muebles, lámparas, sillas, aparadores y alacenas de la época hacen que, después de haber visitado el monasterio, recorrido las calles del centro y visitados sus edificios históricos, cuando te sientas a comer en uno de sus salones, puedas llegarte a sentir como Felipe II.
¡Y qué decir de la comida del local en cuestión! Cocina clásica castellana, elaborada y guisada en cocina de carbón mineral -creo que es la única que conozco en funcionamiento-, con un fogón de hierro macizo para el mejor rendimiento y aprovechamiento del calor… Cabe pensar que por eso los guisos saben mejor o se asemejan más a los de aquellos tiempos, cuando se cocinaba en las lumbres bajas de leña, carbón o paja al chup-chup. Señalar que no es nada fácil cocinar y controlar las temperaturas de ese tipo de cocinas, ya que nada tienen que ver con las actuales, que se controlan con técnicas y maquinarias más modernas. No falta el cochinillo, la perdiz, los huevos al nido, la sopa de boda, la morcilla serrana, entre otros muchos platos de la gastronomía sanlorentina.
También, tomar unos vinos con sus aperitivos o tapas en el bar, merece la pena: barra típica española, con ambiente lugareño y turístico, decorada acorde con las demás dependencias del local: madera, hierro, mosaicos y piedra, como la del balcón que corona la puerta principal. Sin duda, una joya. l




