La Jerónima, la campana monacal

Carmen Villanueva.- Si las piedras silentes desean comunicarse a través de su específico lenguaje, tal como veníamos a decir el mes pasado en este tan nuestro amado periódico, si la dureza del granito está en su interior y en su exterior, si, no obstante, su patente reciedumbre posee la vitalidad de una comunicación sosegada con todo ser humano, ¿nos sucederá algo semejante con el imponente brillo de una campana de bronce?
Y me refiero no a una pequeña campana que podemos hacer sonar, sujetándola con nuestra mano y con un movimiento rítmico hacer que los golpes de su badajo se conviertan en bellas cadencias o, si no se dirige con maestría, se conviertan en penosas estridencias, como es en el caso semejante de una persona que su hablar se ha convertido en un badajear. Pues, no. Nos referimos a una gran campana. Y para adelantaros singularidades os revelo ya su nombre o su pseudónimo: “la Jerónima”. ¿a qué nos referimos? Nos referimos a una campana singular, de tamaño normal para campanario, que si en la actualidad está ciertamente con otras semejantes en ese lugar, eso es porque sin duda quería ofrecer a sus otras semejantes, que forman el actual Carillón del Monasterio, su protagonismo en la vida monacal. Pues mi deseo es compartir con todos vosotros la larga permanencia de “la Jerónima” en un claustro del piso segundo Monasterio en el espacio de la ventana central que da a la correspondiente lucerna. No voy a describir con mayor detalle su ubicación porque es una cuestión para mí un poco engorrosa. (Para quien tuviere un fundamentado interés toda está en que encuentre a alguien que se lo pueda explicar in situ). Esto me han contado y, tal cual, yo lo cuento.
Vayamos, por fin, a explicar cuál fue el destino que se le destinó para haberse colocado en aquél lugar. Para empezar, digamos que su sonido llegaba a todas las dependencias del Monasterio, incluso a las habitaciones monacales o “celdas monacales” sitas en cualquier claustro del Monasterio. Lógicamente “La Jerónima” estaba muy orgullosa de su destino, pues a su limpio sonido todos los frailes obedecían: los jerónimos desde el momento que allí se colocó hasta los agustinos, a finales del siglo XIX. Y en un cierto día de la década cincuenta del siglo XX –medio engañada- la trasladaron al campanario junto a sus otras semejantes. Se advierte que para llamar a los frailes de la Comunidad del Monasterio había un valiente oficio de campanero que por turno hacia sus funciones cualquiera de los estudiantes profesos. Siempre con mucha alegría y con suma atención a la frecuencia de golpes que era menester ejecutar. Porque para cada acto señalaba el protocolo las veces que era necesario golpear y con propio estilo y respeto. El rezo matutino tenía su especial toque y se diferenciaba del vespertino, el toque para la comida o la cena…etc. El sonido de “la Jerónima” exigía previa preparación para no quedarse sordo o aturdido. Ya se había avisado… Sin la Jerónima ya no es lo mismo…




