La Casita de los Libros

JAVIER HELGUETA MANSO.- Este 2026 es un buen año para la literatura en San Lorenzo de El Escorial. A pesar del encarecimiento del alquiler y de las hipotecas, el Ayuntamiento ha instalado una Casita de Libros en cuatro emplazamientos del municipio que seguramente nuestros lectores ya conocen: junto al albergue Fuentenueva, en el Parque de la Urbanización Felipe II; frente al Polideportivo Zaburdón, entre la zona recreativa y los supermercados; en la calle Presilla con María Cristina del Barrio de El Carmelo; y, por último, en la calle Juan de Leyva, camino de la estación de autobuses. El tiempo desapacible de estos meses de invierno no ha hecho mella en la moral de esos libros cambiantes y cambiados; cada vez que uno pasa, se oye ese rumor de hojas agradecidas de haber recibido tal reconocimiento de gratuidad: si hace frío, los ejemplares más finos, generalmente los de poesía, se arremolinan en torno a tomos de biblioteca o mamotretos novelescos o históricos; si llueve, tirios y troyanos se aprietan bajo el alero seguro de este chalecito.
La iniciativa, ejecutada por la Concejalía de Participación Ciudadana, es impulso de los Presupuestos Participativos, lo que demuestra el interés del municipio por la transmisión de la cultura literaria. Se menciona el 2001 y la propuesta bookcrossing del estadounidense Ron Hornbaker para asignar un hito inaugural, si bien la generosidad bibliófila no tiene fecha de nacimiento. En los últimos años, se han multiplicado espacios semejantes de intercambio en áreas públicas, como las bibliotecas, las galerías comerciales, el Metro y lugares improvisados de manera popular (los bancos de los parques, las antiguas cabinas de teléfono y demás rincones insospechados); en San Lorenzo de El Escorial ya contábamos, por ejemplo, con la mesita de la Casa de la Cultura. Por desgracia, dichos enclaves no siempre han triunfado, debido al vandalismo y otros abusos a los que, sin embargo, merece la pena arriesgarse por la aportación cultural y social que supone toda casita de libros: un oasis de imaginación, pausa y silencio en mitad de la rutina, el vértigo y el ruido urbanos.
Al menos, esa es mi optimista conclusión en este primer mes de experiencia, compartiendo o consultando ejemplares, observando la interacción de los gurriatos y de los turistas, frente a la casa de las puertas siempre abiertas. Ciertamente, estoy sorprendido con la variedad y el nivel de los libros que van alojándose y reconozco que soy de los que ha perdido algún autobús por esta curiosidad de filólogo que uno no puede remediar: desde tomos de enciclopedias hasta manuales prácticos para no fracasar en la cocina, he hallado best seller de novelistas afamados o plaquettes de peculiares poetas, tratados de medicina o ensayos filosóficos, entregas de quiosco (de la época en que los periódicos de este país regalaban clásicos a un euro) u obras de sellos editoriales de prestigio. Incluso piezas raras: antologías aterrizadas desde otras latitudes, revistas literarias con más de medio siglo de antigüedad, joyas librescas que han merecido más de un ¡eureka!
En tan solo un mes de intercambio, puedo constatar (por lo que subo y bajo a los madriles) que ha sido un éxito. Y no solo porque se abre un espacio para el hallazgo así como para la ciega y confiada entrega de libros más útiles en otras manos que en la invisibilidad de nuestras estanterías, sino también porque la Casita de los Libros invita a la conversación entre los vecinos: que si la pregunta sobre los ejemplares presentes esa tarde, que da lugar a una reflexión conjunta sobre las bondades de tal o cual autor; que si la presencia de todo tipo de figuras (economistas, músicos, religiosos) en nuestras calles, por el tipo de géneros que se donan; que si la casita potencia las todavía escasas, pero encomiables iniciativas literarias de San Lorenzo. Cada semana se suceden tertulias improvisadas que bien podrían acabar en el Café Gijón (o, más cerquita, en la Arcadia o el Miranda & Suizo).
Cedo a sociólogos y etnógrafos, y todavía más a narradores, la misión de investigar en torno a esta Casita de Todos: por qué se dejan los tomos y en qué circunstancias, quiénes se acercan y con qué ánimo, sobre qué temas hablan quienes visitan el enclave, qué tipos de volúmenes se regalan, cuáles se toman o desechan… Aquí va una primera entrega, unas primeras impresiones cotidianas, de lo que, confío, se convierta en un impulso más para potenciar la literatura en un municipio que debe recuperar su altura literaria, conscientes de que este Real Sitio es también historia de la literatura. Un impulso más para poner en diálogo a lectores, creadores, editores y profesores, a veces invisibles, pero presentes en abundancia en nuestras calles, pues lo que se intercambia no solo son objetos, sino también emociones e ideas. Ojalá proyectos.
Y de manera más humilde, evocando nuestra infancia, aquella en la que nos hubiera gustado toparnos con un lugar así, creo que la Casita de los Libros va a ser el detonante de vocaciones literarias. Alguna vez lo sabremos, cuando esos niños y adolescentes que ahora atraviesan las puertas de la imaginación revelen en sus diarios que un buen día hallaron un poemario regalado por el anónimo destino y agradezcan en los prólogos de sus futuras obras que vivían en un lugar idóneo para la creación.




