La Botica del Monasterio

Carmen Villanueva Cueva.- Pienso que no os puede molestar, queridos lectores, que en el presente artículo vuelva a tratar de Evónimo Filiatro, a quien os presenté el mes pasado por medio de nuestro periódico. Es como si constatáramos que la obra de Filiatro se mostrara con su bella apariencia, fruto de una diligente imprenta, refundirse y congraciarse con nuestra Crónica de Abantos por haberla hecho revivir y conectarla en una época para ella demasiado tecnificada y de acelerado vértigo. Y es que el contenido de ese libro de Filiatro es una imagen completa de la semejante actividad que se desarrolló en la botica del Monasterio durante muchos años. Ya decía Fray José de Sigüenza en sus páginas sobre los secretos de la Botica de Monasterio: “que los corales se hagan licor rojo; la canela, el clavo, jemjibre y otras especies aromáticas descubran aquellos espíritus insufribles que nos dan a beber de su virtud, y, lo que sobrepuja a todo, nos hagan venir a creer que nos dan a beber oro…”. Como digo, pues, mi curiosidad me empuja a visitar la Botica. No sé ni cómo lo voy a lograr, ni sé en qué momento histórico me llevará mi alma, o simplemente mi imaginación
pero estoy segura que podré narraros algún “secreto de botica”.
¡Lo logré! ¡Ya tengo en mi mano la receta que un alquimista escurialense me entregó con la severa prevención de conservarla como secreto de Estado! Y si esto ahora no puedo revelarlo, no me es posible, sin embargo, narraros brevemente mi impresión por haber podido permanecer unos minutos en esa magnífica oficina mientras un reducido grupo de alquimistas y sus sencillos ayudantes se dedicaban a experimentos e investigaciones. Me encontré que junto a la puerta de la Botica parecía como esperarme un fraile jerónimo. Su nombre es tan importante casi como la identidad misma de todas y cada una de las piedras del Monasterio, Fray Antonio de Villacastín.
Todo esto parece un sueño o una imaginación desbordada. Pero, para mí, siento como haberlo vivido y haber visto y oído todos los detalles que os voy a contar: Tantas cosas nuevas y tanta atención en su trabajo percibía yo en cada uno de los alquimistas, sin que se me mirase o se gesticulara un mínimo reproche ante mi excesiva curiosidad. Yo sólo oía tintineos de cristales o el ligeros golpe de metales. Noté un olor que no puedo definir e ignoro de dónde provenía, ni tampoco tuve la oportunidad de los alambiques, al tiempo oí la voz de Fray Antonio que deseaba explicar cuestiones rudimentarias, pero que son fundamentales para los alquimistas y que son sumamente importantes en todo hogar bien organizado. Y yo le dije: “¿Pero escuche, por favor Fray Antonio, esas fórmulas sirven para esta mi época, fueron siempre inocuas desde lejanos tiempos?” No creo que entendiera mi pregunta, porque siguió con sus consejos, recalcando siempre, que sus alquimistas lo habían investigado y experimentado: “Estos mis alquimistas consiguieron producir cosméticos, gua para limpiar los dientes, para enrojecer las mejillas…”. Me dio la impresión de que deseaba dar a conocer otros aspectos. Y efectivamente continuó hablando de la eficacia del auténtico bálsamo, de color de oro con el que se curan las heridas, se quitan las arrugas y hasta preserva a los muertos de toda corrupción, pero que se ha perdió la fórmula, y en España se consigue un bálsamo de color rojo cuyos efectos se acercan a los del verdadero bálsamo”. Ya no escuché más, porque saltó por los aires medio alambique y armó tal desconcierto y jaleo que me hizo despertar.
¿Había sido todo un sueño? ¿Acaso yo no estuve escuchando las explicaciones de Fray Antonio de Villacastín? Pues casi estoy por confirmarme en lo que he escrito… Así que, por favor, no preguntarme cómo lo he conseguido, pues ha sido una experiencia imposible de narrar. Yo me conformo con tener ya un papel escrito en mi mano que voy a leer para saber de qué se trata y si se tercia, podría dedicarme a su publicación en otra ocasión.




