La belleza de la sencillez

Carmen Villanueva Cueva.- Después de haber sido publicados mis artículos en este periódico, lo que agradezco sinceramente, y que dediqué casi siempre a señalar algún “secreto”, más bien que “secreto” debiera decirse cosas más o menos escondidas, que no están a la vista de cualquiera, o simplemente ya no existen, el posible lector no ha de sacar la conclusión de que el Monasterio es una fuente de cosas ocultas y hechos ignorados. Lo que sucede, en mi opinión, es que nos sentimos atraídos por saber qué sucede en la casa del vecino, cómo y qué sabor tiene incluso sus comidas, cómo es posible que ese “vecino extraño” haya podido adquirir ese coche tan moderno, o que el del piso de enfrente tenga tantas visitas de personas extrañas. Y reflexiono y me pregunto de forma iluminante que en cualquier sitio, en toda casa o en toda institución hay aspectos que no salen fácilmente a la luz, o sencillamente dormitan medio escondidos, o que, por no hacerse propaganda o por sencillamente no ser proclive a dejarse llevar por la moda, y, digamos, hasta por humildad o vergüenza inexplicable, se prefiere estar lejos “del mundanal ruido”. Casi todo lo ahora contado, no son propiamente secretos son hechos, dichos, lugares más escondidos o imágenes que han llegado al convencimiento de un sano retiro…
Perdonarme de nuevo, me he excedido en mis propios pensamientos. Y lo que aquí interesa es exponer y compartir la belleza sin vanas pretensiones. He de confesar que, para orientarme hoy en la redacción de mis líneas, elegí el libro del jerónimo Fray José de Sigüenza, Fundación del Monasterio de El Escorial. Sin perjuicio de nada, también advierto que en mi listado de cosas “secretas” del monasterio aún tengo señaladas unas siete cosas más que me pueden servir en la misma trayectoria que inicié. Hoy me atrajo el título del Discurso III de la Parte Segunda, que el autor tituló “Los cuatro claustros o patios pequeños del convento”. Mi intención de sencillamente de repasar su lectura, convirtió en una profunda experiencia de cómo es la belleza en lo más sencillo, pero ordenado y bien trabajado. Su lectura me atrajo de tal forma que, aunque hoy no existan tal como las pudo ver el Padre Sigüenza, sus párrafos al describir lo que estaba viendo nos permite estar a su lado y escuchar su propia voz que narra con precisión inmejorable la gran dificultad de retratar por medio de letras y palabras y ofrecernos a nosotros la posibilidad de trasladarnos al pasado sin dejar de apreciar lo presente. Es la maestría de la palabra, es el amor por su casa, es el ingenio de los detalles que a nosotros quizás, sin su ayuda, se nos pueden escapar. Y en ese trance, porque yo creo que tuve la gracia de recibir una especie de “éxtasis artístico” acerca de una BELLEZA SENCILLA que permanece, no obstante los avatares de la historia implacable, en su esencia y belleza más profunda. Y es acaso una ingenua ilusión, pero sueño en una maravillosa realidad en poder organizar con pequeño grupo fundamentado en la amistad y en el amor un homenaje a la “Belleza Sencilla” que respetó el orden, conservó la medida, y valoró la sencillez. En espera de una lectura del pasaje del P. Sigüenza en ese mismo lugar si llega la ocasión, podemos cada uno repasar cuantas veces queramos esas páginas. Gracias, Padre Sigüenza, por haber escrito ese maravilloso libro.




