José Ortega y Gasset, meditaciones del Quijote

Ilustración de Diego Hergueta
Amparo Ruiz Palazuelos.- La familia Ortega-Gasset, perteneciente a la alta burguesía cultivada madrileña, se sintió atraída por los aires puros de la Sierra de Guadarrama y decidió pasar en El Escorial largas temporadas, tanto en verano como en invierno, para lo cual alquiló a principios de los ochenta una casa en el Paseo de Terreros. Más adelante, cuando Pepe (como llamaban al segundo de sus hijos) cumplió cuatro años (1887) se trasladaron a la calle Floridablanca, arrendando un piso al Patrimonio Real en la Segunda Casa de Oficios, que la familia mantendría hasta 1936.
Cuando nació José Ortega y Gasset (1883), su padre José Ortega Munilla era director del suplemento literario del Imparcial, principal periódico de la época que pertenecía a la familia de su esposa Dolores Gasset. Dicho diario, creado por el padre de ésta (Eduardo Gasset), publicaba artículos de los intelectuales y literatos más influyentes del momento y gozaba de un puesto de privilegio dentro de las filas liberales.
José, a los diecinueve años (1902) se licenció en Filosofía y Letras y ya había descubierto el placer de encontrar la frase que define y explica la cosa bellamente a través de la escritura, así como el deseo de transformar la sociedad desde el conocimiento. Joven atento y capaz de captar el ambiente intelectual y político que vivía en casa a diario y en la Redacción del Imparcial, no tardó mucho en darse cuenta de que su vocación (su llamada interior) era entregarse al estudio de la filosofía para convertirse en un intelectual comprometido, con el fin de transmitir y hacer comprender a la sociedad una nueva forma de estar en el mundo.
Y fue esa vocación la que, una vez doctorado por la Universidad Central de Madrid en 1904, le impulsó a estudiar en Alemania dos cursos entre 1905 y 1907, primero en Leipzig, luego en Berlín y finalmente en Marburgo. Pretendía empaparse de la cultura germánica y llenar de idealismo algunos tonelillos para digerirlos en la estepa castellana y hacerlos útiles para su país, tan falto de ideales y tan apegado a lo concreto.
A su regreso a España dio clases de Psicología, Lógica y Ética en la Escuela Superior de Magisterio de Madrid en 1908 y en 1910 consiguió la cátedra de Metafísica en la Universidad Central. Contrajo matrimonio con Rosa Spottorno, traductora e intelectualmente inquieta como él, y decidieron pasar su luna de miel en la casa que la familia seguía arrendando en El Escorial. Al año siguiente fueron de nuevo a Marburgo, ciudad en la que nació Miguel, su primer hijo.
Volvió de Alemania con una vital y refrescante filosofía y una ideología política de actualidad y publicó artículos en prensa con asiduidad como primer paso para la renovación que España necesitaba: había que acabar con el sistema que hizo crisis en 1898 y descubrir un nuevo lenguaje ilusionante para difundir ideas que no fueran las de siempre (España es el problema y Europa la solución).
El año 1913 fue de una actividad frenética en Madrid y, sin dejar sus clases en la Universidad, se retiró a la casa de El Escorial. Necesitaba calma y concentración para poder pensar, reflexionar, pasear, mirar, y escribir unos ensayos que había incubado durante su estancia en Marburgo. Conocía bien el lugar y no lo consideraba simple morada, sino germen y fermento de sus ideas matrices, pues su paisaje le aproximaba al fondo de su alma y le facilitaba pasar de meditador contemplativo a pensador reflexivo con un ritmo natural. La Lonja, la Herrería, el Jardín de los Frailes eran sus mejores compañeros.
Con los ensayos (meditaciones) se lanzó al proyecto más ambicioso de su vida: abrir una vía española hacia la deseada cumbre de la filosofía de su tiempo aportando un pensamiento que tendiera amorosamente un puente entre el norte y el sur, hermanándoles en una nueva matriz filosófica de nuevo cuño.
A dichos ensayos un humanista del siglo XVII les habría llamado salvaciones, ya que con ellos se buscaba descubrir – de forma amorosa – la verdadera esencia de las cosas y sacar a la luz su plenitud. El odio es un afecto que aniquila valores y destruye la conexión, sin embargo el amor va tejiendo cosa a cosa y todo a nosotros. Como Platón, Ortega afirmaba que el mundo vive conectado, pues de lo contrario el orbe se atomizaría y el individuo se pulverizaría.
Previa a la meditación preliminar escribió unas palabras al lector: Mi salida natural hacia el universo se abre por los puertos de Guadarrama o el Campo de Ontígola. Este sector de realidad circunstante forma la otra mitad de mi persona: sólo a través de él puedo integrarme y ser plenamente yo mismo. Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo.
En marzo de 1914 presentaba en sociedad La Liga de Educación Política Española en el teatro de la Comedia de Madrid con la conferencia “Vieja y nueva política” y en el mes de julio publicaba su primer libro, Meditaciones del Quijote, cuyo recuerdo todavía permanece actualmente en la placa de la casa de Floridablanca en la que fue escrito.
Los torreones del Monasterio nos demuestran a los españoles la confianza que tenemos en nosotros mismos de hacer grandes cosas y el Quijote nos recuerda el poético modo cervantino con el que nos acercamos a las cosas. Nuestra historia, como decía Ortega, es autoproyecto y a todos y cada uno de nosotros nos concierne la relectura de nuestros principales símbolos.




