José Antonio Pérez Torreblanca, magistrado, periodista y guionista de cine

José Antonio Perea Unceta.- La lectura tanto de las novelas de Juan Manuel de Prada “Mil ojos esconde la noche” (Espasa, 2024 y 2025) como de los periódicos y crónicas de los años treinta y cuarenta -tanto nacionales como locales- me han desvelado percepciones muy diferentes sobre los protagonistas de la sociedad y la cultura de aquella triste época de nuestra historia. La primera, que hasta los más ilustres personajes han sido niños, jóvenes y novatos, es decir, que no nacieron con sus capacidades y méritos; como es el caso, citado en esas novelas, de nuestro convecino el pintor Manuel Viola, entonces meritorio en el París de Pablo Picasso, ambos muy malparados, por cierto, en las mismas. La segunda, que quienes eran entonces muy famosos (al menos en los ‘papeles’ y en los círculos sociales más elitistas) pronto pasaron al olvido de las generaciones futuras, sin que la Historia les haya reservado más que unas líneas, en el mejor de los casos. Pongamos el ejemplo de César González Ruano, al que tanto se refiere el novelista de Baracaldo, o de Xavier Cabello Lapiedra y su familia de conocidos e influyentes -entonces- abogados y arquitectos, entre los nuestros, muy citados en las crónicas locales. Y la tercera, que hay algún personaje que sorprende realmente, por diferentes circunstancias, como sus orígenes familiares, su formación, sus amistades, su pensamiento, su trabajo, su familia, su final… Uno de estos casos -y también de los anteriormente señalados- es José Antonio Pérez Torreblanca.
Almeriense nacido en Serón en 1911 de una familia de panaderos, estudió Derecho en el RCU María Cristina, centro en el que participó activamente en su vida cultural, colaborando en la Revista Nueva Etapa hasta 1954, publicación, que también dirigió. Como otros mariacristinos ilustres (Juan Ignacio Luca de Tena, Román Escohotado, Matías Prats, Felipe Mellizo, etc) su gran vocación fueron las letras y especialmente el periodismo. Pero a diferencia de otros compañeros colegiales, también ejerció el Derecho, muchos años como Juez de Primera Instancia en diferentes destinos (desde 1936) y finalmente como Magistrado de la Audiencia Territorial de Madrid (desde 1955), obteniendo la Cruz de San Raimundo de Peñafort en 1945.
Su fino análisis político y su afición por la literatura y el arte le llevaron a colaborar como columnista en el diario Arriba y como comentarista en Radio Almería y TVE, fundando en Valencia el vespertino Jornada en 1941. En 1943 dirigió durante unos meses RNE, entidad que entre 1938 y 1939 estuvo regida por su compañero de María Cristina Antonio Tovar y posteriormente, entre 1972 y 1975 por otro periodista licenciado en Derecho en este centro, Salvador Pons Muñoz. Su labor fue galardonada en 1942 con el Premio Luca de Tena y en 1949 con el Premio Nacional de Periodismo.
Sin embargo, lo más sorprendente de su polifacética vida profesional es su faceta de guionista de cine, labor que desarrolló entre 1951 y 1954, con siete películas, como “La laguna negra” (Antonio Ruiz Castillo, con Fernando Rey) o “Dos caminos” (con María Asquerino y José Nieto). Sin duda, resulta difícil imaginar a una juez en este ambiente y por ello no extraña que dejara los guiones de cine cuando fue promovido a Magistrado de la Audiencia Territorial de Madrid.
Quizás porque falleció en accidente de tráfico con 57 años o quizás por ese olvido que envuelve progresivamente -como decía al inicio- todo lo que precede a la vertiginosa y arrolladora era digital, lo cierto es que no hay mucho rastro gráfico de sus actividades. Entre los pocos que hay es muy significativo, por las compañías, un anuncio de la presentación de un libro en el Ateneo de Madrid en 1964 de otro olvidado, Salvador García de Pruneda y Ledesma, escritor y diplomático, Premio Nacional de Literatura en 1963, uno de los pocos defensores supervivientes del asalto al Cuartel de La Montaña en 1936. En el acto estuvo acompañado por el maríacristino José de Yangüas Messía (Ministro de Estado con Miguel Primo de Rivera y profesor de Derecho internacional como el novelista presentado), Gonzalo Fernández de la Mora (diplomático y después Ministro de Obras Públicas) y Fernando Morán (diplomático y Ministro de Asuntos Exteriores con Felipe González). Ese era el nivel de las relaciones sociales y del prestigio de esta rara avis, singular pero no única del elenco escurialense. l




