Isabel Clara Eugenia: la reina olvidada

Amparo Ruiz Palazuelos.- La paz de Flandes siempre estuvo en la mente de Felipe II pues, junto al Milanesado, eran las dos joyas más preciadas de la corona. Era importante recatolizar e hispanizar de nuevo las diez provincias meridionales españolas de los Países Bajos y sólo la religión podría aunar criterios y aportar una coherencia que las leyes de entonces estaban muy lejos de poder lograr, debido a que en los amplios y variados reinos de la monarquía española cada uno de ellos mantenía su propia lengua, usos y costumbres.
Antes de morir, el rey orquestó la boda entre Isabel Clara Eugenia y el archiduque Alberto de Austria y como dote de su hija les entregó los Países Bajos y el Condado de Borgoña para que ambos fueran legalmente sus soberanos, con la salvedad de que si no había descendencia o fallecía alguno de ellos, los territorios pasarían de nuevo a la corona de España. Así, el 9 de junio de 1599, un año después de la muerte del monarca, el matrimonio iniciaba la aventura que les llevaría a Flandes.
La nueva soberana, hija de Felipe II e Isabel de Valois, nació en La Casa del Bosque (Valsaín) el 12 de agosto de 1566 y dos años más tarde, al fallecer su madre y su hermanastro el príncipe Carlos, se convirtió en la heredera al trono, algo que se truncó con el nacimiento del príncipe Felipe (1578), único superviviente de varios varones y una niña nacidos del cuarto matrimonio del rey con Ana de Austria (muerta en 1580).
Con su propia Casa de infantas, creada por su padre en 1579, Isabel y su hermana la infanta Catalina Micaela (un año menor) tenían cubiertas sus necesidades espirituales, intelectuales y cortesanas – de acuerdo a su rango – con un personal regido por sus propias ordenanzas y bajo un estricto protocolo. Catalina contrajo matrimonio con el duque de Saboya en 1585 e Isabel se convertía, a los diecinueve años, en la Novia de Europa. Perfectamente educada e instruida, escenificaba el poder regio con elegancia natural y se desenvolvía con soltura en una corte fundamentada en una mezcla de camaradería y autoridad patriarcal denominada familiaritas. Sin pretenderlo, su mayestática imagen imponía respeto y autoridad, esclareciendo el orden social e impidiendo el desacato.
No pudo ser reina de Francia ni emperatriz consorte del sacro imperio, pero se fue ganando la confianza del rey, que la instruía personalmente en los asuntos de Estado al más alto nivel, pues la debilidad física del príncipe estaba siempre latente y la princesa debía estar preparada para tomar las riendas de la monarquía española, la más poderosa del mundo, si las circunstancias lo requerían. Isabel, de forma natural y progresiva, se iba introduciendo en la política, la diplomacia, el arte, las ciencias, la arquitectura la correspondencia, las diferentes lenguas… todo lo que se requería para gobernar bien tan amplios dominios.
Fue en El Escorial donde más oportunidades tuvo de desarrollar sus cualidades y llegó a hacer el papel de reina consorte, ocupando los aposentos de la parte femenina del Monasterio. Allí acompañó a su padre en sus últimos años, cuando se hallaba débil y enfermo, y con él estuvo hasta el último suspiro (13 septiembre 1598).
Alberto de Austria era de total confianza y leal a Felipe II, pues se había educado en su corte. Había sido cardenal de Toledo, virrey de Portugal y gobernador de los Países Bajos, la persona adecuada para el objetivo a cumplir junto a su hija quien, con 33 años, estaba perfectamente cualificada para reinar.
Con una diplomacia de concordia y una política de respetuoso acercamiento, los nuevos monarcas empezaron otorgando los principales cargos a los allí nacidos; recorrieron una por una las diez provincias españolas y fueron ganándose el cariño de los súbditos participando en fiestas y acontecimientos propios de cada lugar. Con la Paz de los Doce Años (1609) se abrió un fructuoso período de reconstrucción de la sociedad flamenca en todos los sentidos y, siguiendo una estrategia propagandística iconográfica, encargaron sus retratos a Rubens, con fondos paisajísticos de Brueghel el viejo, en los que aparecían edificios emblemáticos de la Casa de Austria. Era mejor lograr obediencia de buen grado que por la fuerza y manifestar que estaban allí con vocación de permanencia.
En el año 1621 fallecieron Felipe III y Alberto, pero al no tener descendencia Isabel pasó a ser gobernadora bajo el reinado de su sobrino Felipe IV. Nada más quedarse viuda se vistió de terciaria franciscana y se despojó de todas sus joyas y vestimentas, imponiendo la austeridad como forma de vida. En la corte formó la chambre des dames: un grupo de mujeres, con distintas funciones y rangos, que gozaban de máxima influencia al servicio del poder y eran vehículos de negociación bajo su patronazgo. Hizo de intermediaria entre el rey y el Papa en momentos de crisis, convirtió a Rubens en un magnífico agente diplomático y levantó los Capuchinos de Tervuren como pieza clave de su mecenazgo religioso.
Habiendo retomado Felipe IV la guerra con Flandes, la gobernadora – con amplios poderes civiles y militares – se decantó por conservar los territorios flamencos en los años cruciales y favoreció la famosa Rendición de Breda, en la que Nassau se rendía ante Spínola en 1625, después de nueve meses de asedio. Más tarde, Velázquez lo inmortalizaría en su famoso cuadro de Las Lanzas.
Podría haber heredado los mayores territorios hasta entonces conocidos, pero ella sabía bien que una auténtica reina sirve en el lugar y tiempo que más se la necesita. Con el mismo crucifijo que su padre y un rosario de madera en las manos, fallecía el 1 de diciembre de 1633 en el palacio Coudenberg de Bruselas.




