Hoy, tres por uno: la campana, el muro y el tomate

J. C. Sainz de los Terreros (Representante del Duendecillo Bolilla).- Entre la infinidad de cosas que guarda el duendecillo del Monasterio en su baúl mágico, ese que nunca se llena se meta lo que se meta en él, tiene numerosas curiosidades y anécdotas, de todo tipo, referidas a este Real Sitio.
Hoy ha seleccionado varias, para recordarlas o darlas a conocer en su caso, y en lugar de un relato largo, ofrece tres más cortos, pero piensa que interesantes. Es una oferta especial de tres por uno.
1.- POR LA CAMPANA SE SABÍA DÓNDE ESTABA EL FUEGO
El lenguaje de las campanas es universal y milenario, y ha jugado un papel muy importante en la historia de pueblos y ciudades.
Sus mensajes eran como los whastapp de ahora, instántaneos, informando con sus diferentes tañidos, y regulando la vida de las gentes, y hoy todavía lo siguen haciendo en muchos pueblos.
“Campanas de mi lugar/tú me quieres bien de verás, cantaste cuando nací/y lloraras cuando muera”.
Pero además de anunciar nacimientos y fallecimientos, eran el despertador para el inicio del día, avisaban de la llegada de tormentas, llamaban a fiestas y rezos, “Las campanas no van a Misa, pero avisan”, entierros, a rebato… con toques especiales que todos conocían. Existen más de treinta.
Y también han hecho música, como una pequeña orquesta, formando parte de los famosos carillones, también conocidos como “campanas de música” u “órganos de campanas”, de los que actualmente se disfruta de uno magnífico en este Real Sitio.
Durante muchos años, en este pueblo, se encargaban de avisar de los inicios de un incendio, y lo hacía la campana Faburdon, de 1873, situada en la torre de la derecha del Patio de Reyes. Pero no solo avisaba del incendio, sino que según el tañido, indicaba donde estaba. Y de ello se ocupaba el campanero vigilante, que situado en el Cimborrio, hacía sonar la campana mediante una larga soga, “telegrafiando” la información, de acuerdo con un “código” establecido conocido por los gurriatos. Muchos lo recordarán.
Así lo hacía: Si sonaba de una en una campanada, el fuego estaba en el Jardín de Abajo. Si lo hacía de dos en dos, estaba localizado entre la carretera de la Ermita y la vía del tren. Si era de tres en tres las campanadas, se encontraba entre las carreteras de la Ermita y la de Robledo de Chavela. De cuatro en cuatro, se situaba entre la carretera de Robledo de Chavela y El Romeral. Y cuando sonaban de cinco en cinco, el fuego estaba entre la zona de la Tapia Maestra y el pueblo, abarcando La Penosilla, Monte de la Jurisdicción, Pataseca… y el resto de zona forestal. Era la zona más peligrosa y amplia, que podía suponer grave riesgo para la población.
Al escucharlo, un gran número de “bomberos voluntarios” gurriatos y veraneantes, y otros venidos de pueblos cercanos, se ponían rápidamente en movimiento para dirigirse al lugar “telegrafiado” por la campana, para tratar de apagarlo, o por lo menos que no avanzara mucho, hasta la llegada de los bomberos, ¡desde Madrid!
De esta forma, los gurriatos “cuando oían campanas, sabían de donde”, pero sobre todo “sabían a donde tenían que ir para llegar al incendio.”
2.- MÁS DE CIEN AÑOS SIN EL MURO. ¡MUCHAS GRACIAS, SEÑOR MARQUÉS!
“Se deciden a descorrer el telón pétreo y dejar a la vista el maravilloso cuadro velazqueño enmarcado en granito.”
Así contaba este hecho el gran y polifácetico gurriato, Adolfo Ruiz Abascal, en su libro dedicado al Marqués de Borja, Intendente de la Real Casa y Patrimonio reinando Alfonso XIII, artífice principal de este importante logro, junto al Arquitecto Mayor. Y como no, el duendecillo Bolilla estuvo presente cuando sucedió. ¡No se perdía nada!
Hasta 1899, eso que hemos hecho todos y miles de turistas de “asomarnos al balcón de piedra” y contemplar la grandiosa fachada de Mediodía del Monasterio, parte del Jardín de los Frailes, el estanque y la magnífica panorámica hasta Madrid, no era posible.
Por encima del pretil actual, se levantaba un muro de 2,50 metros de altura. De esta forma se preservó durante siglos, la intimidad de los monjes jerónimos en sus paseos por el Jardín de los Frailes, y la de los convalecientes en la Galería del Sol.
El primero que lanzó la idea de suprimirlo, fue Don Manuel Azaña, que siendo estudiante de Derecho en la Universidad María Cristina, con diecisiete años, sentenció en 1897: “Cuando yo sea Presidente del Gobierno de la Nación, haré que rebajen ese muro”. Pero antes de que llegara a serlo, dos años después de su propuesta, Don Luis Moreno y Gil de Borja, Marqués de Borja, que tanto hizo por este Real Sitio -reconociéndoselo con un monumento a su persona en 1928-, responsable del Patrimonio Real, hizo que se rebajara a la altura actual, adelantándose a Don Manuel, autor de la conocida novela “El Jardín de los Frailes”, que fue Presidente de la Segunda República, durante la triste guerra civil, como vaticinó desde joven.
¿Alguien se imagina si ese muro continuara actualmente? Muchos harían un agujero para mirar.
3.- ¡AQUÍ HAY TOMATE, PERO ATÓMICO!
Según me ha contado el duendecillo, aprovechaba cualquier descuido de los humanos tomando el aperitivo, para hacerse con unos trozos de un tomate aliñado especialmente, pues le encantaba, que se hizo famoso en este Real Sitio allá por los años setenta y ochenta del pasado siglo, y que se convirtió en el aperitivo preferido de muchos gurriatos, veraneantes y foráneos.
Todo empezó cuando Tomás Muñoz “Tomasín”, fabricante de ricas patatas fritas en su local del final de la calle Floridablanca, montó el “Bar Abantos”, un pequeño quiosco con amplia terraza, en la plaza de Santa Joaquina Vedruna, frente al antiguo colegio de las Madres Carmelitas, y muy cerca de las antiguas cocheras de autobuses Herranz, en la zona de El Plantel.
Como aperitivo promocional del negocio, novedoso y no caro, su hermano Antonio, gran profesional de la hostelería, creó una receta con un tomate natural, que rápidamente se hizo famoso, y que por sus ingredientes de aliño y su sabor, le bautizaron como TOMATE ATÓMICO.
Los tomates eran recogidos cada mañana de la huerta de los frailes del Monasterio, en su punto exacto de maduración, aliñándolos con aceite de oliva, sal, salsa Perrins, gotas de Tabasco, sal de ajo y de apio, pimienta… y con un truco secreto.
Se acompañaba con frescas cervezas, enfriadas en cámaras de zinc, entre hielos de los Hermanos Ventura, o con un buen vino de Rioja, y algunos, con un Martini seco,y siempre con una buena ración de pan, para poder pringar su salsa a tope, que es donde se apreciaba claramente “lo de atómico.”
Según la información del duendecillo Bolilla, esta gran “receta familiar” está en manos del hijo de “Tomasín”, Agustín, que se la llevó hasta Alicante, donde se puede seguir degustando en su restaurante “Alkimia”, aplicando siempre el “truco misterioso y especial” en la receta que su padre le confió y su tío Antonio creó, y que guarda a buen recaudo, para que el TOMATE ATÓMICO gurriato, sea el auténtico, esta vez utilizando buenos tomates de la huerta alicantina.
Así recomienda a sus clientes como vivir la experiencia de degustarlo:
“Para empezar es necesario buen y abundante pan, para mojarlo sin limitaciones en su salsa. Esto dará el punto a tu garganta, para que el tomate se deslice, y necesite el frescor de una cerveza fría o un buen vino, que redondee el sabor.”
Salvo error u omisión, esta es la historia de un tomate, que se hizo famoso en este Real Sitio, y que “está de toma pan y moja”, nunca mejor dicho. Es como un pecado, dejar una sola gota sin aprovechar.
Y para terminar, otra pequeña curiosidad: está documentado que la expresión
¡AQUÍ HAY TOMATE! se popularizó a partir de 1935, con el estreno del chotis
así titulado, obra del gran Maestro Don Francisco Alonso, también autor de la música, en 1947, del Himno de la Virgen de Gracia, Patrona de este Real Sitio.




