Historia de la Compañía de Teatro Vocacional Amigos Real Coliseo, ‘La Regenta’ VI ACTO

Paloma Andrada Pfeiffer.- La sorpresa fue mayúscula cuando Álvaro nos habló del siguiente montaje: “He terminado una adaptación de teatro de la famosa novela ‘La Regenta’ de Leopoldo Alas ‘Clarín’”. Yo hacía tiempo que la había leído, y por lo que recordaba, me parecía difícil trasladar al escenario una obra tan larga.
Nos la leyó, nos quedamos perplejos, ¡qué magnífica versión!, ha logrado algo que parecía imposible, pero no lo es, tal y como Custodio ha demostrado en este drama, donde ha sabido penetrar con perfección en la psicología de los personajes, creando una tensión de principio a fin.
Como ya sabéis la trama principal de la obra es el proceso de degeneración moral de Ana Ozores en el cerrado ambiente de Vetusta, una ciudad provinciana que representa a Oviedo.
Nos repartió los personajes (eran 24). Cuando me dijo que yo sería Ana Ozores, casi me desmayo, era real lo que estaba oyendo, ¡qué ilusión! Pero pensé: Ana es una mujer joven (yo tenía 38 años) y los actores que harían de Magistral y Álvaro Mesía (mi amante) eran mucho más jóvenes que yo. Y Quintanar (mi marido), que debía ser mucho mayor que yo, era de mi misma edad.
Lo comenté y me dijo: “No te preocupes por eso, la caracterización hace milagros” (y así fue).
El proceso de ensayo fue minucioso y con mucho rigor, hizo hincapié en que había que tener en cuenta la psicología y tensión interna y nos analizó uno a uno cada vez que nos tocaba intervenir.
Ana es el eje principal de la obra, pero todos los demás son muy importantes y quienes le obligan a tomar una decisión. La voz del autor explicará las distintas escenas, “tenéis que poner atención para poneros en situación”.
Hicimos muchas lecturas de mesa antes de aprender los papeles y ponerlos en pie. Eran personajes reales y no de ficción. El mío en concreto era muy difícil. Mujer frágil y pura, inexperta, con una lucha interior entre el deseo, la fe y las apariencias sociales, con mucho texto, distintas y múltiples escenas, diálogos con distintos personajes, diversas emociones, cambios de situación y lugares: en la casa, el salón y el dormitorio, la calle, la catedral, el teatro y el casino. Y en cada sitio, cambio de vestuario: traje, sombrero, guantes, bolsos, zapatos y capelinas para los exteriores, también camisón y bata para su casa y, en el dormitorio, en paños menores de la época, como camisa y pololos. Creo que fueron 10 o 12 cambios.
Poco a poco fuimos introduciéndonos en nuestros papeles, pues para todos era complicado.
Tuvimos que aprender a bailar el rigodón. No sabéis lo que se divirtieron mis hijos viéndonos bailar por el pasillo de casa para enseñárselo a su padre.
Una de mis mayores preocupaciones era que me tenía que besar varias veces.
Recuerdo con horror el primer beso con Álvaro Mesía (mi amante), yo no sabía cómo hacerlo y lo hice mal, Álvaro me dijo: “¡Es que no sabes besar!”. “Sí”, contesté, “¡pero no me he fijado en la postura que pongo!”. “¡Yo te enseño!” (murmullo en la sala) y se acercó para que viera como se hacía. Cuando le vi venir hacia mí, me puse muy nerviosa, pero él, prudentemente, sólo me indicó la postura, sin acercarse. Qué vergüenza me dio volver a besar a D. Álvaro Mesía, pero parece que esta vez salió bien porque mis compañeros aplaudieron con mucha sorna.
Llegó el momento de los ensayos en el escenario con escenografía, que era complicada y variada, pero que con los distintos telones, luces, atrezzo y música quedó genial, hasta el gran pintor Viola pintó, a petición de nuestro director, un telón precioso para la escena del Magistral y su madre.
Repetimos varias veces para que todo quedara perfecto y ¡¡Estreno!! Había mucha expectación y en la taquilla un cartel que indicaba “No hay entradas para la función de hoy”. ¡Fue un éxito rotundo!
La repetimos varios días a teatro lleno. La directiva de la Asociación nos dio una cena y lo más emotivo fueron los abrazos entre nosotros, que después de tanto esfuerzo ¡habíamos triunfado!
Continuará…




