Esferas para representar un paisaje de “color y línea”

Alejandro Díaz de Losada.- Cuando surge el impulso de preguntar por aquello que se desconoce, brota una inmensa emoción al descubrir los motivos que llevan a la resolución de dicha incógnita tras una investigación leve o profunda.
Ese es el caso de un elemento – que considero – indisoluble al paisaje escurialense y al que bautizo, coloquialmente, como bolardos. Esas construcciones circulares de piedra que aparecen repetidas por todo nuestro callejero, paisaje y comarca. Realmente, se les debe llamar esferas graníticas, bolas de piedra berroqueña o simplemente bolas. Términos que utilizaré durante todo este artículo, que escribo con el afán de poner fin a una duda que me persigue desde que uno empieza a darse cuenta de su ya mencionada proliferación en el entorno más cercano.
Este elemento esférico, quizá una evolución ornamental de las agujas o pináculos góticos, aparece documentado por primera vez en el Tratado de Sebastiano Serlio, unos libros de mediados del siglo XVI que definían nuevas formas y planteamientos para la arquitectura militar, urbanística y religiosa con profundo arraigo romano. Invito a quien lea este artículo breve a buscar imágenes en el buscador o archivo de confianza de dicho tratado, pues en sus líneas vemos trazas de lo que acabará siendo el estilo de Juan de Herrera, el gran arquitecto del Monasterio de San Lorenzo, junto a Juan Bautista de Toledo, su ideador.
Herrera, gracias a las influencias italianas de su maestro, Bautista de Toledo, toma inspiración de este tratado para sus proyectos, que chocan con la arquitectura de aquella España en la que imperaban los estilos gótico isabelino y plateresco y que bien conocían las gentes del siglo XVI. La Catedral de Valladolid, al igual que el antiguo puente de Segovia en Madrid, – pues las formas y anchura del actual se deben a la reconstrucción acontecida luego de la Guerra Civil – nos muestran elementos que más tarde aparecerán en el regio monasterio: la escasez de la decoración, los pórticos monumentales, la piedra granítica gris – o amarillenta, según el color del día– la rectitud del trazado, y las esferas ya mencionadas.
Serlio, en sus dibujos, esboza esferas con decoraciones emergentes, vegetaciones o rayos de luz, sin embargo, tanto Bautista de Toledo como Herrera, prescinden de estos ornamentos, abaratan costes – todo sea dicho – y dan con unas formas esféricas que aparecerán, sin que uno se lo espere, por cada espacio de la geografía española durante los años y siglos venideros, a veces por más nostalgia que por un uso premeditado.
Las esferas berroqueñas continúan decorando el Archivo General de Indias en Sevilla, el Palacio Real de Aranjuez y el Ayuntamiento de Toledo, pues de su diseño se encargaron Herrera, Toledo y sus seguidores.
Volverán a aparecer en los aledaños del antiguo Ministerio del Aire, obra de Luis Gutiérrez Soto – ahora Sede del Ejército del Aire y del Espacio, en Madrid – bajo una filosofía “neo-herreriana” que parece querer entender los motivos, pero tan profundamente desconoce las formas y el buen hacer que en el siglo XVI demostraron los arquitectos renacentistas con el monasterio y la distribución de sus elementos, también los esféricos.
En las fachadas del monasterio, las esferas coronan pináculos; en sus techos, delimitan balcones; y en la lonja, finalizan trazados. En el pueblo, rematan muros de plazuelas, decoran muros y pilares, embellecen gasolineras y homogeneizan estilos diferenciados por el paso de los siglos.
Decía Azorín que el paisaje escurialense, en el que vuelan vencejos y golondrinas, «es color y línea». Por lo que es curioso que una forma tan simple como una esfera unida por una pirámide de cuatro caras a una base cúbica elaborada en granito, tan poco natural, se funda con tal facilidad en el paisaje nevado, seco, lluvioso, agrícola, humano y forestal propio de San Lorenzo y el Escorial.




