Entrevista con SOLEDAD GONZÁLEZ CLEMENTE, autora, coach y docente

“Me he dado cuenta de cuánto necesitamos la historia para valorar bien las cosas” SOLEDAD GONZÁLEZ CLEMENTE. © Mariano Leiva
Enrique Garza Grau.- Cuéntanos, Soly. Cuéntanos un poco tu infancia hasta tu llegada a San Lorenzo. Vengo de una familia muy, muy, muy, humilde; soy la pequeña de ocho hermanos y me llevo mucha diferencia de edad con ellos. Para que te hagas una idea, en mi casa no había ni baño, así que íbamos a ducharnos a casa de mi abuela. Mi padre tenía tres trabajos para poder mantener a la familia. Lo que mis padres no pudieron dar a mis hermanos, me lo dieron mí que era la pequeña, formación, me llevaron a San Luis de los Franceses. Mis hermanos mayores lo tuvieron más complicado. Y, con catorce años, ya daba clases de francés. Siempre he trabajado, desde niña, aunque fuese dando clases particulares o cuidando niños. Todos los hermanos trabajamos desde muy jovecintos, creo que era muy típico antes.
La primera vez que tuve una cama propia tenía doce años y fue cuando nos mudamos a una casa más grande cerca de Prosperidad. En la de la Pza. de España, no cabía ni una más, así que dormía con mis hermanas o con alguno que no me hubiese peleado ese día en los juegos del pasillo de casa.
Aun así, mi infancia fue muy feliz: juegos en el pasillo, chapas… aquel pasillo daba para mucho. Íbamos mucho a la plaza de España o a los Jardines de Sabatini. —me pareció muy bonita la respuesta y, le pedí permiso para publicar esta parte de su vida; le pareció perfecto.
Crecí detrás de cinco hermanos varones mayores… y es horrible (risas). Me hacían de todo. Pero nos seguimos llevando genial.
Continúo: más tarde, cuando me casé, me mudé a Arturo Soria. Gonzalo, mi marido, y yo vivimos unos años en Estados Unidos, y cuando volvimos no encontrábamos casa en la sierra que era lo que nos apetecía; una casa especial, porque debía tener espacio para el hobby de mi marido: coches antiguos. Yo veraneaba en Guadarrama, pero con niñas pequeñas era complicado por toda la logística. Nos mudamos a San Lorenzo porque tenía más infraestructura y era un sitio que siempre me había atraído. Además, era un lugar fantástico para la música, que mis hijas estudiaban.
¿Te pasa como a muchos padres, que intentamos decirles a nuestros hijos —y más si son niñas— formación para que sean independientes? ¿También os educaron así?
Sí. Mi madre era muy religiosa y, al mismo tiempo, muy moderna. Mi abuelo era un médico de un pueblo grande que llegó a ser discípulo de Ramón y Cajal. Mi madre nos insistía en que debíamos estar formadas y no depender de nadie. Mi madre, antes de la guerra se matriculó en Derecho, tenía novio, era una persona muy avanzada para su época ¡imagínate en 1936, quería hacer Derecho! A su novio lo mataron en la Guerra. Después de la contienda, entre 1940-1941, se independizó, a la sazón estudiaba para maestra. Con esa idea de independencia económica y personal nos educaron a todos.
Me encantó tu libro. Es una introducción magnífica al Monasterio. Muy recomendable de leer antes de visitarlo. Está muy bien editado y tiene unas fotografías excelentes. Monasterio de El Escorial, un poliedro de Humanidades.
Es la segunda derivada de un TFM. Quise hacerlo sobre ética e inteligencia artificial, pero en la universidad me propusieron enfocarlo en las humanidades del Monasterio. El título del libro es el mismo del TFM.
Si tuvieras que quedarte solo con una obra del Monasterio, ¿cuál sería? Si fueras Napoleón, ¿qué “robarías”?
La bóveda del coro. Podría pasar horas mirándola. Lo tienes todo, es maravillosa.
¿Qué has aprendido al escribir el libro?
Que no conocía el Monasterio tanto como creía. Y otra cosa: lo importante que es conocer nuestra historia. Soy matemática y he trabajado en tecnología, pero me he dado cuenta de cuánto necesitamos la historia para valorar bien las cosas.
¿El libro lleva algún mensaje concreto?
Es una obra divulgativa, no es para especialistas. Un conocido que nunca había querido visitar el Monasterio por sus “sombras” leyó el libro y decidió ir. Eso me emocionó. Es un encuentro con el Monasterio: es una experiencia reversible. Él te enseña. Me pongo delante del Monasterio y me cuenta su alma, y yo le he dado vida. He hecho muchas visitas para comunicarme con él desde distintas sensaciones, con el triple arte de mirar, superar la miopía, la unilateralidad y la superficialidad al contemplar y analizar las cosas.
¿Buscaste tú los cuadros o vinieron ellos a ti?
Seleccionarlos fue de lo más difícil. Hay más de doscientas fotos en el libro, pero hice más de dos mil. Dos cuadros me desbordaron: El martirio de San Mauricio, del Greco, y El Calvario, de Van der Weyden. La Biblioteca también me tenía enganchada; los guías pensarían “¿otra vez aquí?”.
Desde que te conozco siempre me sorprende lo creativa que eres y tu entrega al aprendizaje, al Ateneo, a la comunidad. Siempre estás empezando algo. Suelo ver ese perfil en humanistas, pero tú vienes de las matemáticas. ¿De dónde surge este cambio?
Te voy a decepcionar: no fue un chispazo, fue por obligación. En un viaje a Tierra Santa conocimos al catedrático Salvador Antuñano. Mi marido, al jubilarse, quería estudiar el Máster de Humanidades, y a mi no me quedó más remedio que apuntarme con él “por acompañarle”. Al principio no me enteraba de nada. Un profesor preguntaba: “¿La matemática se entera?” (risas). Pero con el tiempo me enganchó tanto que ha sido un punto de inflexión en mi vida. Tanto que ahora estoy con un segundo libro, esta vez sobre una parte del pensamiento de López-Quintas. Lo han leído dos personas: un chico de veintidós años y Gonzalo, mi marido, que quedó muy emocionado.
Estoy esperando que López-Quintas me dé su opinión; él mismo me pidió que escribiera sobre un tema concreto, el poder formativo de la musica, pero de manera que conectara con los jóvenes. Además, hice un posgrado de musicoterapia y me ha ayudado mucho.
Soly y el Ateneo… casi te apellidas Ateneo. ¿Qué significa para ti?
Durante un tiempo, sí. Para mí ha sido una enorme oportunidad de crecimiento y de voluntariado. Siempre he estado ligada a ello. Me encanta participar en la labor de divulgación cultural, porque puede mover la sociedad, el espíritu crítico y el encuentro. Durante la pandemia, mucha gente mayor y sola se conectaba cada tarde a las actividades online del Ateneo. Estaban horas acompañados. Eso les dio vida.
El Ateneo tenía un problema de gestión y haberlo relanzado es un orgullo. Sin el equipo que me acompañó en este proceso, no hubiese sido posible. Yo era la cabeza visible, pero ellos fueron las almas del proyecto.
El Ateneo es algo selecto desde el punto de vista intelectual. ¿Por qué crees que no llega a los jóvenes?
Creo que irá llegando poco a poco. Los jóvenes responden mejor cuando reciben la información de alguien de su edad, por las neuronas espejo. Vamos avanzando.
Hemos organizado el I INNOBAR queremos abrirlo incluso a chavales de 1.º de Bachillerato. También lo hemos hablado con las concejalías de educación y cultura para intentar llegar a los jóvenes. Este año hemos empezado un Club de Lectura; uno de los primeros encuentros fue sobre Dostoievski, y lo dirigió un chico de veinte años.
Y un punto clave es el equipo del Ateneo: ha sido y es excelente.
¿Qué es el INNO-BAR?
Una forma de abrir la mente de la gente joven a través de un encuentro para hablar de innovación y emprendimiento, en un ambiente distendido. Vinieron tres emprendedores con diferentes temas muy innovadores. He dado diez años clases de innovación y emprendimiento. Cuando pregunto “¿quién quiere ser emprendedor?”, suele levantar la mano un alumno o ninguno; “¿quién quiere ser funcionario?”, el ochenta por ciento. En un cuatrimestre conseguimos que vean cómo desplegar una idea y un modelo de negocio, y los porcentajes cambian por completo. En este proyecto altruista que es el INNOBAR, colaboraron también jóvenes profesores de la UFV con los que tengo relación. El emprendimiento siempre ha sido un motor económico y de creación de empleo, Arnol J. Tobynbee dijo que “los gobiernos imaginativos son aquellos que lideran una civilización respondiendo creativamente a desafíos difíciles, en ligar de caer en la rutina o idolatrar el pasado; son minorías creadoras que proponen soluciones originales, permitiendo el crecimiento social y espiritual, y evitando la desintegración que ocurre cuando las respuestas se vuelven mecánicas o fracasan ante nuevos retos”.
Así es, Soly. Yo hago lo mismo con mis alumnos. Les pregunto a principio de curso quién tiene interés en montar su propio negocio y, ninguno desea emprender; optan por la función pública o aplicar por un gran despacho de abogados. Todos quieren blindar su tiempo libre: gimnasio, viajes, deporte, etc. Nuestra generación era distinta, ni mejor ni peor.
Los propósitos de las generaciones han cambiado mucho. En la nuestra queríamos independizarnos, trabajar fuera, experimentar. Tener coche, tener vida propia. Empezabas a salir con alguien y, con el tiempo, dabas un paso más: convivir, casarte… Ahora es distinto. Recuerdo una frase: “Los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean tiempos fáciles, los tiempos fáciles crean hombres débiles y los hombres débiles crean tiempos difíciles”. Nuestros padres vivieron tiempos muy difíciles, y la espiral continúa.





