Entrevista con Manuel Soriano Navarro, autor de La sombra del rey

Foto © Mariano Leiva
Enrique Garza Grau.- Manuel Soriano Navarro (Badajoz 1952) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y con más de cuarenta años de trayectoria en el periodismo madrileño. Ha sido parte de los equipos fundadores de Diario 16, El Independiente y de los semanarios Tiempo y La Clave, ocupando en todos cargos de dirección.
Su carrera comenzó en el diario Ya (1974-1976) como reportero de Política Nacional. Más tarde trabajó en Diario 16 (1976-1982) como redactor, jefe de Nacional y corresponsal político. Fue subdirector del semanario Tiempo (1982-1987), director adjunto en El Independiente (1987-1989) y director del diario en 1991. Posteriormente dirigió Ediciones Especiales en Tiempo (1992-1995) y colaboró como columnista y analista político en medios como La Gaceta, OTR-Press, Cambio 16, Intereconomía y RNE.
Entre 1996 y 1999 fue director de Comunicación del Ministerio de Educación y Cultura, y un año después de la Presidencia del Senado. En 2000 fundó el semanario La Clave como subdirector y participó en tertulias de RNE y en La Respuesta (Antena 3). En 2003 fue nombrado director general de Telemadrid y en 2007 pasó a presidir el Consejo de Administración del Ente Público Radio Televisión Madrid.
Actualmente está elaborando un Fondo Documental Audiovisual de la Transición, con protagonistas y testigos directos, para el Instituto CEU de Estudios Históricos. Ha realizado más de 30 largas entrevistas a ministros del Presidente Suárez, dirigentes de izquierda, altos funcionarios y destacados periodistas.
Su libro Sabino Fernández Campo. La sombra del Rey constituye una referencia esencial para comprender la Transición española y la figura del influyente jefe de la Casa del Rey, con esta entrevista, como Umbral, “hablaremos de tu libro”.
¿Qué vinculo especial mantienes con San Lorenzo de El Escorial?
Un vínculo de cuarenta años que empezó al nacer mi hija Lara en Madrid. Aquél verano de 1984 María Rosa, mi mujer, planteó que a un bebé de dos meses le vendría mejor un veraneo de sierra. Y alquilamos una casa de piedra con un bonito jardín en Prado Tornero. Se convirtió en lugar de encuentro de nuestras familias y amigos durante cinco años. San Lorenzo estaba tan presente como el pueblo de abajo. Descubrimos y disfrutamos los múltiples atractivos del entorno natural, las ofertas culturales, los Cursos de Verano, el nuevo auditorio y los programas del Carlos III. Un privilegio de pueblo serrano que transmite la Historia de España. Soy montañero desde joven y en mis frecuentes subidas al monte Abantos descubrí una casa recién construida. La compramos en 1989 y desde entonces ha sido nuestra segunda residencia. María Rosa se hizo asidua durante muchos años de las clases de encuadernación de María Luisa. Me aficioné al golf y nos hicimos socios de la Herrería. Mi hijo Manuel, pronto tuvo pandilla de amigos como más adelante su hermana que mantiene hasta ahora. Los dos crecieron echando raíces gurriatas habiendo disfrutado de muchas romerías.
“La transición democrática que impulsó don Juan Carlos no estaba perfilada por Franco, ni mucho menos”
Partiendo de tu libro La sombra del Rey ¿Franco tenía un proyecto definido para el posfranquismo o se limitó a diseñar una dictadura coronada?
El proyecto definido de Franco para el futuro de España era evitar una nueva República, ni revolucionaria ni democrática. Pero tampoco quería una Monarquía liberal. Sin embargo, puso como condición para sumarse al golpe cívico militar contra el Gobierno del Frente Popular en 1936 que en caso de victoria no se descartara la monarquía en el futuro. El general Mola, director de la sublevación, la aceptó. Tras alcanzar el poder, el proyecto político principal de Franco fue perpetuarse en él bajo la fórmula del caudillismo. Instaló un Régimen totalitario afín a las corrientes europeas de los años 30-40. Derrotados Hitler y Mussolini por los aliados (demócratas y comunistas), Franco se apresuró a declarar a España como un Reino en la Ley de Sucesión (1947). Así estableció distancia con sus afines y pretendió dar respetabilidad institucional al Régimen. No dijo quien sería el rey y quedó claro que sería quién él decidiera y el ideario de esa monarquía sería la del 18 de Julio.
Descartó a Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, quién había recibido de su padre Alfonso XIII, exiliado en Roma, los derechos a la Corona. Mientras perseguía a los antifranquistas de todos los colores, incluidos los monárquicos, que tras los primeros años de dura represión quedaron en minorías, Franco se dedicó a impulsar la reconstrucción social de España mediante el crecimiento económico y mejora del nivel de vida; pero sin las libertades que había en las monarquías europeas.
El máximo acercamiento que hizo a la dinastía de la monarquía histórica, fue pactar con el Conde de Barcelona la educación de su hijo Don Juan Carlos en España, quién quedó bajo la tutela directa del propio Franco. Hasta que no cumplió los 30 años y tuvo un hijo varón, requisitos legales y de descendencia, Don Juan Carlos no fue designado sucesor a título de Rey en 1969; por cierto, con gran disgusto de Don Juan de Borbón. La ruptura política y familiar fue total. La Transición democrática que impulsó Don Juan Carlos en tres años (1976-1978), no estaba perfilada por Franco, ni mucho menos, convirtió aquella ruptura política y familiar en reconciliación. Don Juan renunció a sus derechos como legítimo heredero de la Corona española en favor de su hijo don Juan Carlos.
“El vicepresidente Carrero Blanco fue el catedrático de Derecho Político Torcuato Fernández Miranda, el preceptor del Príncipe ya adulto, instalado en la Casita de Arriba de San Lorenzo, donde acudía a darle clases”
Se repite la historia de desavenencias entre el padre y el hijo con un gobierno socialista que fomenta la discordia entre ellos. ¿No le parece un riesgo injusto que Don Juan Carlos, que fue el motor de la democratización de España, pueda morir en el exilio?
Pues sí, ojalá se pongan los medios por parte de este u otro Gobierno, con la activa aportación de la Casa del Rey, para evitar esa injusticia. Además se desconoce el lugar representativo y dignidad histórica en el que debe ser enterrado en España cuando llegue el momento. En el panteón de Reyes de El Escorial no estará. Hace poco he comprobado que los únicos catafalcos vacíos ya tienen inscripciones veladas: “Ioannes III, Conde de Barcelona” y “Maria de las Mercedivus, Condesa de Barcelona”. No están ocupados todavía por los restos mortales de los padres de don Juan Carlos hasta que pasen unos años en el pudridero, según la tradición. Nada se sabe públicamente quién y por qué se tomó está decisión. Los españoles merecen una explicación.
En mi opinión tiene sentido que el actual Panteón de Reyes concluya con las dinastías históricas de los Austrias y Borbón. Miguel Herrero Rodríguez de Miñón, precursor de la nueva Monarquía con su libro de 1972 “El Principio Monárquico” y ponente de la Constitución, en la apertura del curso pasado de las Reales Academias, en la de Ciencias Morales y Políticas, bajo la presidencia del rey Felipe VI, empezó su discurso tajante: “La Monarquía es lo que la Constitución dice”. El artículo 57 establece: “La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S.M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica”.
En 1978, se inició una nueva etapa de la dinastía histórica con la Constitución. A partir de Don Juan Carlos, los reyes de España deberían descansar eternamente en un nuevo panteón que se habilitara en El Escorial, simbolizando así la continuidad de la monarquía que garantiza la unidad y permanencia de la nación española además de los derechos y libertades derivados de los principios republicanos.
“Descubrimos y disfrutamos los múltiples atractivos del entorno natural, las ofertas culturales, los Cursos de Verano, el nuevo auditorio y los programas del Carlos III. Un privilegio de pueblo serrano que transmite la Historia de España”
Pero hubo varios proyectos de reforma para el posfranquismo sin que la monarquía supusiera la ruptura con el Régimen. ¿Qué ocurrió con ellos?
El propio Franco era consciente de que Don Juan Carlos no podría gobernar como él. En eso coincidía la inmensa mayoría de los españoles. El franquismo sin Franco sería inviable. En la España oficial había lo que se denominaban aperturistas, reformistas y asociacionistas que trataban de abrir los cauces de participación política y libertades. Franco, en los años 60-70, tenía una idea imprecisa sobre “la evolución homogénea del Régimen”, denominación manejada por los gobernantes tecnócratas, en función del progreso sociológico y económico, con cierta liberalización mercantil, cultural y política.
Éstos creían que la mayoría de los españoles reconocían que Franco les había facilitado viviendas, trabajo, mejoras de consumo, enseñanza elemental y universitaria, becas, vacaciones, futbol, toros, cine y, al final, televisión. Después de una larga etapa de austeridad y temor a la represión, la mayoría de los españoles no querían perder todo eso. Querían paz y orden. Les horrorizaba el recuerdo de la guerra civil sufrido directamente o relatado a las nuevas generaciones.
Pensando en el posfranquismo, en 1970 Franco dejó la Presidencia del Gobierno en manos del almirante Carrero Blanco, su fiel vicepresidente desde 1967. Era quien dirigía el proyecto de la sucesión que su inspirador y ejecutor, Laureano López Rodó denominó “La larga marcha hacia la Monarquía”. El vicepresidente del nuevo gobierno Carrero fue el catedrático de Derecho Político Torcuato Fernández Miranda, el preceptor del Príncipe ya adulto, instalado en la Casita de Arriba de San Lorenzo, a donde acudía a darle clases.
Este proyecto para la Monarquía de don Juan Carlos, tímidamente liberalizador, se impuso en las preferencias de Franco frente a los inmovilistas joseantonianos y a los aperturistas del Movimiento como Fraga que ya tenía redactada una Reforma insuficientemente democrática. Pero la Operación Príncipe se tambaleó con la potente explosión detonada por ETA que acabó con la vida del Presidente del Gobierno. Este hecho histórico no ha sido suficientemente investigado ni valorado correctamente. El mensaje de ETA y de quienes compartieron la criminal estrategia era claro: nada de evolución y reforma del Régimen ni a través del él, sino ruptura total y revancha.
Durante la Transición el Rey barajó varias ternas de posibles presidentes. ¿Qué idea de España representaban aquellas corrientes políticas?
Al morir Franco, a los 83 años, por una deficiente atención médica bajo la dirección de su yerno, el Marqués de Villaverde, según médicos que fueron testigos directos, pero también por el enorme mazazo que supuso el asesinato del presidente que había designado para encauzar el posfranquismo, así como, el desafío del Rey de Marruecos con el Sahara español; produjo un ambiente de involución y desconcierto “no había costumbre”, decía sarcásticamente Julio Cerón, fundador del FELIPE, el mítico frente antifranquista unitario a derecha e izquierda.
Para dar confianza a los ortodoxos del Régimen, Don Juan Carlos mantiene al presidente del Gobierno que nombró Franco, Carlos Arias Navarro. Arias dedicó toda su vida a mantener el orden y defender con celo las leyes franquistas, entonces atendió las indicaciones reformistas del rey con iniciativas políticas aperturistas y ministros moderadamente democratizadores como José María de Areilza (Exteriores), Manuel Fraga (Gobernación) y Antonio Garrigues Díaz-Cañabate (Justicia). Don Juan Carlos también cuela en ese Gobierno a Adolfo Suárez como ministro Secretario General del Movimiento. Se trataba de desmantelar “desde dentro” del Régimen el partido único de raíz falangista y tradicionalista. Las reuniones de la Comisión Mixta Gobierno-Consejo Nacional del Movimiento fueron eternas e incapaces de encontrar la fórmula para la legalización de partidos políticos respetando la legislación franquista.
“Fernandez Miranda también inspiró y concretó el programa político de don Juan Carlos: ser el rey de todos los españoles, conseguir la reconciliación nacional, legalizar los partidos políticos y demás libertades democráticas, desembocando en unas elecciones generales libres”
¿Qué hacía la oposición tras la muerte de Franco después de no haber conseguido derribar el Régimen en casi cuarenta años?
La oposición de izquierdas en la clandestinidad o en el exilio, junto con democristianos, liberales y socialdemócratas tolerados hasta ciertos límites, movilizaron centros de trabajo sobre todo con la comunista Comisiones Obreras, así como las universidades y sectores profesionales. Nuevos diarios y semanarios jugaron un papel decisivo a favor del cambio bordeando la censura y fuertes sanciones. Proliferaron manifestaciones callejeras, protestas por asuntos vecinales y de toda índole con un trasfondo de politización antifranquista. Lo que no había existido, salvo núcleos minoritarios, en más de treinta años, en el primer Gobierno de la monarquía se generalizó. El llamado “espíritu del 12 de febrero” con el que Arias intentó la Transición, en el que creyeron y participaron muchos y cualificados protagonistas posteriores de la verdadera democratización, fracasó. Fue desbordado por la presión democratizadora a la que se sumó el padre del rey colaborando con la Junta Democrática liderada por el histórico líder del PCE, Santiago Carrillo. A punto estuvo de publicar un manifiesto, ya redactado por el abogado Antonio García Trevijano, desautorizando a su hijo como heredero de la Corona. Una discreta gestión del general Manuel Diez Alegría, por encargo personal de don Juan Carlos, evitó la ruptura familiar y dinástica.
El primer viaje del rey al exterior fue, significativamente, a Estados Unidos, cuidadosamente preparado por el ministro de Exteriores, José María de Areilza. Don Juan Carlos se comprometió ante los congresistas y senadores estadounidenses a que la nueva monarquía española implantaría la democracia. Y como complemento declaró a la revista Time que el presidente Arias era “un desastre sin paliativos”. Era junio de 1976, el rey cesó a Arias Navarro y nombró Presidente del Gobierno a Adolfo Suárez (Franco murió seis meses antes).
¿Y qué papel desempeñó Torcuato Fernández Miranda, tan influyente y a la vez tan desconocido para el gran público?
Fernandez Miranda protagonizó un papel decisivo. Lo hizo de forma inteligente, eficaz, pragmático y con absoluta fidelidad a los deseos políticos de Don Juan Carlos. Primero, logrando la inclusión en la terna del Consejo del Reino, con hábiles maniobras, el nombre de Adolfo Suárez que le había pedido el rey para elegirlo Presidente del Gobierno. Los otros dos fueron Federico Silva Muñoz, el más votado y, Gregorio López Bravo, de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y del Opus Dei, respectivamente. Suárez, había sido el menos reformista de los tres, de origen falangista, por lo que fue al principio más digerible en el Régimen.
Fernandez Miranda también inspiró y concretó el programa político de don Juan Carlos: ser el rey de todos los españoles, conseguir la reconciliación nacional, legalizar los partidos políticos y demás libertades democráticas, desembocando en unas elecciones generales libres con plenas garantías de legalidad cuyo Parlamento elaborara una Constitución con pluralidad representativa y transparencia ante la opinión pública. Hasta entonces no se había encontrado la fórmula de cómo pasar de las leyes franquistas a las leyes democráticas a través de la legislación vigente. Es poco conocido que se inspiró en un dictamen elaborado por el profesor de Derecho Político, Jorge de Esteban que le pidieron amigos de don Juan Carlos en 1973, preocupado ya entonces de cómo hacer el cambio político sin cometer perjurio y por la vía reformista “de la ley a la ley a través de la ley”.
Escuché al prior benedictino del Valle de los Caídos, Padre Cantera, que los textos que inspiraron la Ley para la Reforma Política lo estudiaron y elaboraron unos profesores de Derecho Político del PSOE en el Centro de Estudios Sociales y Hospedería del Valle. ¿Qué sabe al respecto?
Así es, lo he investigado y confirmado con el protagonista principal. Otro símbolo más de reconciliación de aquél lugar presidido por la cruz más alta del mundo. Jorge de Esteban y sus adjuntos socialistas (Luis López Guerra y Santiago Varela) eligieron la Hospedería y la biblioteca del Centro de Estudios Sociales del Valle de los Caídos para aislarse en el estudio de las Leyes Fundamentales del franquismo y encontrar en ellas una vía de reforma que desembocara en una monarquía parlamentaria. “Desarrollo Político y Constitución española” fue el resultado de meses de estudio y su publicación en un libro de la editorial Ariel financiado con un “crowfounding” promovido por el lobby del Banco Urquijo. El libro mereció el elogio de Fernández Miranda al propio Jorge de Esteban al coincidir en la sala de profesores de la Universidad: “De Esteban, ha escrito usted un libro que será fundamental para el futuro de España”. Entonces no tenía cargo político pero días después Carrero Blanco lo nombró vicepresidente del Gobierno. Tras el asesinato del Presidente por ETA, Fernández Miranda pasó al ostracismo. Pero tres años después, en agosto de 1976, recurrió al libro de Jorge de Esteban para elaborar el borrador de la Ley para la Reforma Política que le había pedido Suárez.
Habiendo sido tan decisivo en el proceso, ¿por qué desapareció tan pronto Fernández Miranda de los entresijos del poder en plena Transición y muere entristecido poco después en Londres?
Porque el presidente Suárez se creció y adquirió vida política propia a partir de que se aprobó la Ley para la Reforma Política por las Cortes franquistas (el famoso harakiri) y ratificada en referéndum nacional en diciembre de 1976. La oposición se había opuesto hasta el final a la Reforma, insistía en la llamada Ruptura Democrática. La firmeza de Suárez y el abrumador apoyo popular en referéndum al Presidente se impuso. Pero fue receptivo a los planteamientos de la oposición sin dilaciones. Tras mucho debate discreto, se acordó que la Reforma no se hacía para resetear el Régimen franquista y seguir con él, su objetivo era, abrir un proceso constituyente aquilatado por la representación popular elegida en las primeras elecciones libres en junio de 1977. Una preposición fue determinante para marcar el rumbo y el objetivo: Ley “para” la Reforma Política no “de” la Reforma Política.
Fernández-Miranda quería ir más despacio y con menos profundidad en el cambio, ajustándose con rigor a la legislación franquista vigente. Temía una involución de los militares que afectara al rey. Así chocó con el tándem Suárez-Abril Martorell, que se adaptaron al ritmo más rápido de un cambio profundo exigido por la izquierda y los nacionalistas. Fernández-Miranda fue orillado nombrándole senador por designación real y en el debate de la Constitución sus enmiendas y opiniones, las de un catedrático de Derecho Político y preceptor de Don Juan Carlos, fueron rechazadas. Sí, recibió los honores del Rey que lo nombró Duque de Fernández-Miranda con grandeza de España y el Toisón de Oro.
¿Por qué y de qué manera la oposición de izquierdas y nacionalistas renunciaron entonces a la ruptura y colaboraron con Suárez en la vía reformista?
Inmediatamente antes y después de la aprobación de la Ley para la Reforma Política (la llave que abrió por dentro el portón de la ciudadela franquista) el presidente Suárez se puso a dialogar y a negociar las exigencias de la oposición antifranquista en contactos secretos bilaterales con Felipe González, Santiago Carrillo (vía intermediarios, primero y luego personalmente), con Josep Tarradellas (último presidente de la Generalidad catalana) y Jordi Pujol, con el democratacristiano Joaquín Ruiz-Giménez, con Tierno Galván. Y así, Suárez se convirtió en uno más -¿o el primero?- entre los demócratas. El rey conoció y fomentó estos contactos.
Públicamente se formalizó una denominada “Comisión de los Nueve”, representación reducida de los múltiples partidos, entes unitarios, grupos de oposición, para negociar con Suárez la aplicación de la Ley para la Reforma Política. Suárez favoreció que la oposición se colocara a la par que la iniciativa política del Gobierno. Casos paradigmáticos fueron los Pactos de la Moncloa y los prolegómenos del proceso autonómico antes de aprobar la Constitución en 1978. La contrapartida era el compromiso con la monarquía, con la unidad de España y la bandera, sin alterar revolucionariamente la legalidad vigente aunque se terminara en una operación de consenso que suponía una ruptura democrática pactada.
Aquel temor al frenazo del proceso de cambio político y a la involución, advertida por Fernández-Miranda y por el general Armada, secretario general de la Casa del Rey o por Alfonso Osorio, vicepresidente político en el primer gobierno de Suárez, se hizo realidad el 23F. ¿Fue un golpe para acabar con la monarquía parlamentaria inaugurada dos años antes en la Constitución del 78 o fue una confusa y torpe operación institucional?
Hubo de las dos cosas que planteas. Pero por encima de todo fue un golpe para acabar con Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno, teniendo en cuenta los antecedentes que he contado. Pero el 23 F no fue sólo el golpe de Tejero con los generales Armada y Milans del Boch entre bambalinas. Ni la valiente actitud del rey Juan Carlos en exclusiva desmanteló el golpe. Todo eso ocurrió, pero fue algo más. Cayó el presidente Suárez, pero en una dimisión estratégica días antes, intuyendo que se estaba en vísperas de un golpe de timón institucional contra él. Tejero, con un pelotón improvisado de guardias civiles y con órdenes muy superiores que la leyenda llamó “el elefante blanco”, tomó el Congreso y secuestró al Gobierno y a los diputados reunidos en pleno interrumpiendo a tiros al aire la investidura del sustituto de Suárez. Los generales Armada y Milans, de los más monárquicos y franquistas, participaban en complejas y cruzadas tramas conspiradoras. Y, el Rey, se decidió a frustrar cualquier rebelión militar y a restablecer el orden constitucional, después de superar muchas dudas sobre lo que más le convenía a España y a la continuidad de la monarquía, gracias al acertado consejo y eficaz gestión de Sabino Fernández Campo, fiel Secretario General y después Jefe de la Casa de S.M. el Rey durante 16 años.
El “proceso democrático” se restableció al momento en que se interrumpió por la fuerza militar. No hubo negociaciones ni pactos en la sombra: Leopoldo Calvo-Sotelo fue investido presidente, se juzgó a los golpistas y se les condenó a duras penas; se frenó el proceso autonómico con la LOAPA; se disolvió ETA político-militar y España ingresó en la OTAN. Calvo-Sotelo adelantó las elecciones generales a octubre del 82 y su partido gubernamental (UCD), el que se inventó Suárez en la Transición para seguir en los gobiernos de la democracia, pasó de 168 diputados (47 más que los socialistas) a 12 diputados. Y el PSOE de Felipe González de 121 se colocó en una desbordante mayoría absoluta de 202 diputados.
El resultado del gran susto del 23F en la población y en las instituciones fue la consolidación de la monarquía de Don Juan Carlos y dos mayorías absolutas y una simple sucesivas del PSOE.
La monarquía parlamentaria, de nueva planta en España y similar a las de las democracias europeas, quedó consolidada con los catorce años seguidos de los históricamente republicanos bajo el liderazgo de Felipe González. Don Juan Carlos a punto estuvo de cumplir 40 años de reinado. En 2014 abdicó en su hijo Felpe VI forzado por los socialistas institucionales constructores de la Transición con monarquía ante la posibilidad cierta de que sus compañeros más radicales no garantizaran la estabilidad de la Corona con el pretexto de ciertos excesos de Don Juan Carlos que escogió el exilio para no perjudicar a su hijo.




