Entrevista con Fernando Lanzas Sánchez del Corral escritor y poeta

Cristina García-Rosales y Miguel Ormaechea.- Fernando Lanzas Sánchez del Corral, nació en Madrid en 1951. Estudió en los Jesuitas de Chamartín. Es licenciado en Derecho y en Ciencias Empresariales por ICADE.
Como miembro del Cuerpo de Técnicos Comerciales y Economistas del Estado ha desempeñado diversos cargos en la Administración, como los de director general en el Instituto Español de Comercio Exterior, ICEX, director técnico de la Biblioteca Nacional, director general del Libro, Archivos y Bibliotecas y consejero económico y comercial en la Embajadas de España en Londres, Argel y París ante la OCDE.
Es escritor y poeta. Ha publicado los libros de poesía El Frente de Madrid (Renacimiento, 1993), Tren de Vida (Renacimiento, 1999), Parole per L’alba (I Quaderni della Valle, 2004), Bajo tu piel (Cajasur, 2004) y Salón de baile (Visor 2006), que obtuvo el premio de poesía Tiflos 2006 así como numerosos poemas en diversas revistas literarias.
Sus libros posteriores, en prosa, son “De Madrugada” (Mandala 2024) y “Escala en Argel” (Sial-Pigmalion 2021).
Nos citamos en La Genara, un clásico, en Los Jardincillos de San Lorenzo de El Escorial. Muy cerca del centro.
¿Cómo fue tu infancia? ¿El ser hijo único fue algo positivo? Háblanos sobre tus padres. Tu vida en aquella época. Tus recuerdos. ¿Fue tu infancia feliz?
No creo que sea positivo en general que tus padres se separen cuando tienes 2 años, ni tampoco ser hijo único. Viviendo temporadas con uno y temporadas con otro, aunque al final me quedé con mi madre. Era algo atípico en aquellos tiempos. Jugaba solo en casa y tenía amigos en el colegio, pero ocultaba mi situación familiar.
Mi madre me llevaba muchos días al Parque del Retiro, donde también tenía amigos. También pasaba mucho tiempo con mis abuelos maternos con quienes convivimos un tiempo. Pasé unos años interno en los agustinos del Buen Consejo —luego el bachillerato con los jesuítas de Chamartín— y finalmente me instalé con mi madre en el que había sido piso conyugal de la calle Antonio Arias, cerca del hospital Gregorio Marañón, desde los 10 años míos hasta los 25, en que me independicé.
Con mi padre me llevaba bien. Se casó luego con una señora muy castiza que regentaba una tienda de ropa de su familia en la Calle de la Victoria, cerca de Sol, y que tenía como clientes a muchos toreros.
Creo que mi infancia, atípica y difícil, me endureció, me hizo resistente y me quitó en buena parte el miedo a la vida.
¿Cómo marcaron tus años de estudiante en los jesuitas?
Muy bien en lo académico. Los jesuitas tenían un método de enseñanza muy bueno, basado en el esfuerzo y bastante en la memoria, cosas ahora tan impopulares. Casi todo lo que sé ahora, los conocimientos que retengo, se los debo al colegio, al menos en una gran proporción. Fue una formación excelente
Muy mal en las cuestiones religiosas y de moral. Como dicen que les ocurrió a Voltaire o a Fidel Castro y ciertamente a muchos otros, los jesuítas conmigo y con la mayoría de mis amigos erraron el tiro. Su intento de formación fue muy poco afortunado en lo teológico en lo que no fuimos mucho más allá de la “fe de carbonero”. A diferencia de otras religiones y modelos espirituales, como los orientales, el catolicismo tiene el enorme defecto de que no se explica bien y es muy difícil integrar en tu vida unas creencias y una liturgia que no entiendes porque nadie te las explica en términos asumibles por la razón. Y sostenían un puritanismo exacerbado en cuestiones morales —para ellos parecía no haber más que “una” cuestión moral— que provocaba nuestra estampida en masa del colegio, al menos a los efectos de esa cuestión y nuestro asalto vespertino al autobús 16 en el que viajaban las alegres colegialas, y con más sensata formación moral, del Sagrado corazón, colegio vecino al nuestro.
¿Cúando empezaste a escribir? ¿Por qué?
A los 13 años, en un diario donde metía de todo: poemas, breves piezas de teatro, narraciones de ficción y confesiones personales, emulando al muy famoso por entonces “Diario de Daniel” de Michel Quoist. Supongo que también por el afán de imitar modelos que me gustaban como las rimas y leyendas de Bécquer, también muy difundido entre adolescentes, o por la pura pulsión de escribir.
Has sido director de la Biblioteca Nacional y director general del Libro, ¿Cómo ves ahora el trabajo y el cometido de las bibliotecas en la era de la Inteligencia Artificial, una tecnología que permite entrar y rastrear cualquier contenido publicado y piratearlo sin tasa?
Fue una época estupenda, en un mundo en el que entré de la mano de mi buen amigo y extraordinario poeta Luis Alberto Cuenca—un clásico en vida.
El libro sigue siendo un instrumento básico de formación, información y documentación pero sobre todo lo es de disfrute artístico e intelectual. Como escritor no percibo el peligro del que se habla, quizá sí lo haga el traductor Quizá en los libros técnicos, en temas sujetos a un continuo cambio, el libro en papel compita en desigualdad, pero en literatura, o filosofía, en textos fijados ya y que no van a cambiar, me sigue pareciendo el instrumento ideal.
A pregunta mía, la IA me ha aclarado que los textos que suministra están libres de derechos y se pueden utilizar a voluntad. Esto constituye una ventaja incalculable y facilita muchísimo el estudio, la investigación y la escritura. Es un “pirateo legal” y allá cada uno con su responsabilidad y su ética al utilizarlo.
Si tenemos todo, cualquier conocimiento, al alcance de nuestro móvil, ¿no tenemos que reinventar de arriba abajo el oficio de escribir libros, de editar, de enseñar y aprender, casi todo de cualquier cosa?
Hay que saber aprovechar los nuevos recursos de información disponibles y la IA, es lo más poderoso que se conoce. Pero aprender es mucho más que informarse. Todo lo que he aprendido, en el colegio y con mi propia experiencia; la huella que ha dejado en mí lo aprendido, es algo tan subjetivo que no creo que la IA pueda sustituirlo fácilmente.
Me encanta escribir y no creo que la IA me vaya a privar de esta afición. El que la IA pueda hacer ciertas cosas mejor que yo no significa que no vaya a seguir disfrutando al hacerlas.
Has escrito bastante poesía. ¿Puede la IA escribir poesía?
Sí, y muy buena; lo vimos un día con vosotros en casa pidiendo a Perplexity que escribiera un poema a la manera de Gil de Biedma. Lo hizo estupendamente.
¿Estás escribiendo algo hoy en día?
Sí, estoy con tres historias distintas que van del cuento largo a la novela corta y en las que me adentro por primera vez en el terreno de la ficción.
Se han publicado recientemente datos bastante preocupantes sobre la disminución de las tasas de lectura de libros en España. Sin embargo, se siguen publicando cientos de nuevos libros todos los años. ¿Cómo ves esta aparente contradicción?
No la veo. Los tiempos no son favorables al libro en papel, vivimos en un mundo de pantallas, en una cultura de la imagen, de lo directo, de lo inmediato, véase ese éxito de la incipiente IA; no me extraña que se lean menos libros.
Pero a los editores les gusta editar y ¿por qué habrían de dejar de hacerlo? Además, hay muchos escritores deseando publicar. Ambos se retroalimentan.
¿Cómo es el mundo de madrugada?
Es fantástico, lo segundo mejor que me ha pasado últimamente. Aparte de ver amanecer cada día, esas horas previas son como una segunda vida mientras los demás duermen. Estás descansado y lúcido. Horas altamente productivas.
La Premio Nobel de Medicina y escritora Rita Levi-Montalcini en su libro El as en la manga afirma que después de los 70 años aparecen unos dones intelectuales de alta calidad. ¿Tú lo has experimentado?
Sin duda, nunca había escrito como ahora, disfrutándolo mucho y con una energía desconocida que me hace sentirme en plenitud, pese a mi edad
¿Qué piensas que es lo que más te ha influido en tu vida?
Dos planos: uno Vital: mi madre, el colegio, la montaña, el amor, la música. Otro intelectual: mis poetas y escritores favoritos.
Háblanos de la ciudad donde vives: San Lorenzo de El Escorial.
Vivo en San Lorenzo desde 1989. Trabajando en Madrid, con horarios largos, la decisión no fue del todo fácil y no estaba seguro de que fuese a durar. Aparte de la belleza del entorno natural, del Monasterio y de la parte central del pueblo, para un montañero que salía casi todos los fines de semana de excursión, lo de poder iniciar muchas de ellas a pie desde la puerta de casa era un cambio radical en la buena dirección. Cuando años más tarde, me mudé al chalet, pequeño pero acogedor, en que vivo ahora con Isabel, mi mujer, con el Monasterio justo debajo, que se ve entero, las vistas amplísimas hasta Madrid y el monte público en la acera de enfrente, la felicidad fue completa.
Hice aquí buenos amigos, como Pedro Martín, ilustre promotor y defensor local, ó el antiguo farmacéutico de la calle Floridablanca, José Ignacio González Gálvez, con quien hice muchísimas excursiones, ilustradas con sus inacabables saberes botánicos y su mujer, Paloma Andrada, consumada actriz y “jefa” de la romería de la Virgen de Gracia
Después de jubilarme estoy viviendo más el pueblo, aparte de mucho más sus montañas, con elegancia y solvencia quien es también mi profesor de guitarra, Fernando Serrano y en la que me han enseñado mucha música Alfonso Quesada e Inés Rodríguez, maravillosos profesores ambos. Frecuento la librería Azorín, del maestro Carlos Mosquera, donde presenté mi último libro, “De Madrugada”. También me he apuntado a los paseos culturales por San Lorenzo y alrededores que organiza la simpática escritora y activista cultural Amparo Ruiz Palazuelos, y soy miembro de la tertulia escurialense dirigida por la arquitecta Cristina García-Rosales y el periodista Miguel Ormaechea.
Te has casado recientemente con Isabel Sáenz de Tejada, ambos después de muchos años de un matrimonio anterior. ¿Cómo definirías esta última relación?
Fantástica: Es lo “primero mejor» que me ha pasado últimamente. Una unión de madurez, también de plenitud, con una persona extraordinaria. Cada día descubro en ella nuevos valores y la admiro más.
¿Qué libros te han marcado?
De poesía: Antonio Machado y Jaime GIl de Biedma. De religión: Ratzinger, con su “Introducción al Cristianismo”, Willigis Jäeger con “La Ola es el Mar”, y el –impresionante y revelador de muchas cosas– Evangelio de San Juan. De filosofía: Spinoza, Wittgenstein y, más recientemente, Karl Popper. De narrativa: Robert Louis Stevenson, principalmente por su saga escocesa: “Secuestrado” y “Catriona” y Stefan Zweig. Entre los españoles: Manuel Chaves Nogales, y Arturo Barea.




