Entrevista con Cristina García Rosales “San Lorenzo de El Escorial es un lugar único en el mundo, por lo que su crecimiento debe de ser muy controlado”

© Mariano Leiva
ADRIANA RAMÍREZ FÉ.- Arquitecta de profesión, Cristina es una mujer de carácter y profundas inquietudes. Ha centrado su carrera en el ámbito urbanístico con el claro objetivo de convertir las ciudades en espacios más habitables y centrado su actividad dentro del sector en visibilizar el papel de la mujer en todos los ámbitos de la arquitectura. Resultado de estas inquietudes es la asociación La Mujer Construye, un proyecto cultural y colectivo de la que es cofundadora para analizar y reflexionar acerca de la función social de la arquitectura.
Articulista, ensayista y escritora “entre otros, coautora junto al filósofo Manuel Penella de Palabras para indignados—, ha presentado recientemente nuevo libro, Donde acaba y empieza la vida, en el que narra su “difícil e intrigante experiencia con el Covid” durante la pandemia. Pero para conocerla si cabe un poco, porque es una mujer sorprendente, hemos querido hablar con ella.
¿Qué hace una mujer como tú en un sitio como este? ¿Cómo una mujer aparentemente urbanita acaba viviendo en San Lorenzo de El Escorial?
Después de pasar un Covid muy fuerte, en marzo del 2020, contagiada por uno de mis hermanos que me contagió a mí y a toda mi familia, después de estar un mes en coma inducido y otro mes recuperándome, después de que casi me fui al otro barrio, cuando por fin salí de la Fundación Jiménez Díaz, decidí dejar Madrid, en busca de aire puro y limpio. San Lorenzo de El Escorial me pareció perfecto. Mitad ciudad y mitad pueblo. Un lugar especial por su ambiente cultural, su historia rica y apasionante, cuna de reyes y de nobleza, sus gentes, su especial ambiente telúrico, por su arquitectura, naturaleza, enclave… transportes. Había pasado aquí tres veranos con mi madre –que desgraciadamente murió por Covid– y mis hermanos. Estaba fascinada.
Aquí me recuperé, conocí a gente maravillosa, me censé y estoy esperando casarme.
Mi vida es sencilla. No soy tan urbanita como dices. Vivo, trabajo en arquitectura con mi socio Félix Falcone que sigue en Madrid. Hacemos reformas de viviendas y edificios, locales, chalets, ITES. Desde actuaciones grandes a pequeñas. La cuestión es seguir activos. Me gusta esta hermosa y, a la vez, difícil profesión. Tenemos un equipo de profesionales con nosotros y no sólo diseñamos sino que llevamos a término cada obra con cariño, entusiasmo, nuevas ideas, dedicación, escuchando a los clientes y respetando sus deseos y sugerencias.
También escribo, imparto charlas, paseo, formo parte de una tertulia y estoy feliz en mi piso con unas vistas magníficas cerca del centro.
Sabemos poco de ti, pero por tu currículo se desprende que eres una mujer muy representativa de los 80’. Licenciada nada menos que en arquitectura –un mundo entonces fundamentalmente masculino–, proactiva en la igualdad de género y oportunidades y sensible a mejorar la calidad de vida de las personas. Cuéntanos un poco ¿de dónde surgen estas inquietudes?
Aquella etapa y esa idea –entonces muy novedosa–, surgió de un curso que impartieron en Toledo las arquitectas Pascuala Campos, Adriana Bisquert y la socióloga y catedrática de Sociología de la CSIC, María Ángeles Durán. Fue un curso NOW (New Oportunities for Women) avalado por la UE. Se llamaba “Urbanismo y Mujer, Nuevas visiones del Espacio Público y Privado”. Allí nos dimos cita profesionales de distintos ámbitos (urbanistas, arquitectas, profesoras, políticas, geógrafas, sociólogas, historiadoras, antropólogas
) y se nos planteó lo siguiente: ¿Qué aportamos las mujeres a la arquitectura? Pregunta para nota por el poco tiempo que llevamos trabajando en arquitectura. La primera mujer arquitecta en España fue Matilde Ucelay Marótua que termina la carrera en el 36. En nuestro país, por tanto, menos de cien años. Aunque ahora el porcentaje de chicas en las Escuelas de Arquitectura de todo el mundo, equivale al de los hombres, todavía existen dificultades a la hora de ejercer, aunque afortunadamente cada vez menos.
¿Qué os lleva a cofundar La Mujer Construye? ¿Cuáles eran vuestros objetivos?
La respuesta anterior así como las inquietudes de las mujeres que trabajábamos entonces codo a codo con nuestros compañeros, nos lleva a fundar en 1995 La Mujer Construye. Una Asociación sin ánimo de lucro. Un espacio abierto, colectivo, y solidario que tiene como objetivo apoyar a las arquitectas de todo el mundo, vincular la arquitectura con la sociedad así como analizar el papel de las arquitectas (así como a todas aquellas relacionadas con la construcción), por medio de la difusión de sus pensamientos y de sus obras, promover su participación profesional y fomentar nuevas propuestas al servicio de la ciudadanía. Nos gusta asumir nuestro modelo como forma de integración.
Es una forma de estar en el mundo y un lugar de encuentro real y virtual. Hemos dado conferencias por todo el mundo, organizado Cursos de Verano en la Universidad de Alcalá, en la E. T. S. de A de Madrid y en otros lugares, además de una Exposición colectiva (Construir desde el Interior) de proyectos realizados por arquitectas o cuya contribución ha sido significativa, itinerada por toda España, El Líbano, Los Países Bajos o Italia. En cada lugar se amplía con obras de arquitectas del lugar que visitamos.
Esta no es la única inquietud que te ha movido. Como hemos adelantado, eres articulista, ensayista y novelista
de muy diversa temática. Deseo de ciudad: arquitecturas revolucionarias, Vivo en un árbol y tengo los ojos amarillos, Ya no hay hombres que maten dragones… ¡Eres tremendamente proactiva y versátil!
En realidad, siempre me he ha gustado escribir, desde relatos o ensayos políticos (como “Deseo de Ciudad”) o mi primera y única novela en el taller de escritura de Javier Puebla, lo mejor en mi opinión. Se llama “Los días en que nos inventamos” y está ambientada en un balneario de mi abuelo, donde pasé los veranos de mi niñez en las estribaciones de los Picos de Europa, regado por el río Curueño.
Y como decía Umbral “Yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Hablemos pues de tu última obra. Has presentado recientemente Donde acaba y empieza la vida, resultado de tu fatídica experiencia con el Covid. ¿Qué te movió a escribirlo?
La necesidad de investigar mediante la escritura qué había ocurrido en ese mes en blanco en el que sigo sin acordarme de nada, también transmitir a los posibles lectores mi experiencia por si les sirve de algo. Está narrado con un cierto tono desenfadado y desdramatizando todo lo posible, o al menos eso dicen los que lo han leído.
¿Qué se encuentra el lector en él?
Una experiencia dura pero reflexiva y tratada con humor aunque yo no soy quien debe decirlo.
Siempre que se escribe sobre una experiencia humana, suele subyacer una reflexión ¿Cuál es la tuya?
Que hay que vivir el AQUÍ y el AHORA. Cada minuto cuenta, que cuanto más des, más recibirás. Y, sobre todo, no hay que tener miedo. El miedo paraliza e impide vivir.
Cristina, como arquitecta urbanista ¿cuál es tu opinión sobre el crecimiento urbanístico de San Lorenzo de El Escorial y, en general, de los pueblos de la Sierra?
San Lorenzo de El Escorial es un lugar único en el mundo, por lo que su crecimiento debe de ser muy controlado para que no se convierta (ni su centro ni su extrarradio) en un pueblo más. Es importante modernizarlo y edificar viviendas porque la demanda lo exige, pero habría que hacerlo respetando el entorno para que no se pierda su especial carácter.
En cuanto a los pueblos de la Sierra cercanos, también como hay mucha demanda, -ya que cada vez más la gente huye de Madrid y de otras capitales para vivir cerca de la naturaleza-, hay que favorecer su crecimiento y puesta al día sin perder esa autenticidad que les hace ser lo que son. Así como fomentar el empleo y autoempleo por medio de subvenciones de los Ayuntamientos y de la Comunidad de Madrid.
Desde tu punto de vista profesional ¿cuáles son los imprescindibles para hacer de San Lorenzo de El Escorial un lugar más habitable?
Tal como escribimos Miguel Ormaechea y yo en La Crónica de Abantos en octubre del año pasado, habría que evitar la masificación y el deterioro físico, proteger su autenticidad al tiempo que ofrecer una experiencia enriquecedora, ordenada y memorable al visitante. También limitar el ruido y la contaminación acústica especialmente de las motos.
Necesitaríamos una limitación de accesos y se podrían peatonalizar las calles Floridablanca y del Rey sobre todo los fines de semana, organizando aparcamientos disuasorios en las entradas a la ciudad.
Es inevitable recibir al turismo, ya que en parte la población vive de los servicios generados por él, pero de una manera controlada con venta anticipada al Monasterio, cupos máximos por jornada, planificación de exposiciones temporales y el uso de herramientas interactivas que enriquezcan las visitas. Se trata de cambiar el paradigma de cantidad por calidad. La aplicación de criterios de sostenibilidad, tecnología y gobernanza compartida, deben de permitir mantener al conjunto arquitectónico y cultural de San Lorenzo de El Escorial no sólo como escenario del recuerdo del pasado sino como un lugar vivo, habitable y acogedor capaz de proyectarse hacia el futuro.
Has dado conferencias por todo el mundo y eso te ha tenido que llevar a conocer muchas ciudades importantes. Si pudieras comparar San Lorenzo de El Escorial ¿con cuál de ellas lo harías y por qué?
Es una ciudad única en el mundo y no se puede comparar con ninguna y además el Monasterio fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con la Casita del Príncipe, la del Infante, sus jardines y su entorno.
Aunque hay ciudades maravillosas que también están haciendo el esfuerzo de convertirse en habitables, como Venecia que ha restringido la entrada a grandes cruceros, limitando el acceso a grupos turísticos y estableciendo tasas de acceso. Atenas y Barcelona coinciden en aplicar normativas estrictas para limitar el turismo a monumentos clave como la Acrópolis o la Sagrada Familia. O el Machu Pichu de Perú cuyo acceso está limitado a un número máximo de personas diarias, con recorridos fijos y horarios.
Por lo que hemos podido comprobar, profesionalmente siempre te ha inquietado la convivencia entre espacio urbano y espacio para vivir. ¿De qué abundamos y de qué carecemos en nuestra ciudad?
Nuestra ciudad posee un patrimonio arquitectónico de primer orden en el mundo, no sólo por los monumentos citados sino por su caserío. Habría que evitar la masificación y el deterioro físico y proteger su autenticidad mediante regulaciones estrictas, a la vez que modernizarla para que esté de acorde a con las ciudades habitables del siglo XXI.
¿Crees que el modelo económico actual, basado principalmente en el turismo, es compatible con tu inquietud de ciudad habitable y vivible?
Pienso que habría que fomentar, como he dicho antes, nuevos empleos (talleres artesanales, salas de exposiciones, librerías, espacios musicales, etc.). El taller de cerámica de Ignacio Barrutia es un ejemplo. Otro es la tienda “Colores del Mundo” de la senegalesa y amiga, Tida Coli, que ha hecho de su espacio de trabajo un lugar único. No solo de venta, sino que imparte conciertos, realiza exposiciones, presentaciones de libros, desfiles de moda, etc.




