Emociones: alegría

Irene, Alba, Isabel L, Miriam F. y Luis Perea.- La alegría surge, siguiendo al profesor Domínguez Sánchez, cuando la persona experimenta una disminución en un estado de malestar (superamos una enfermedad), se consigue un objetivo anhelado (una buena nota o un aumento de sueldo) o se tiene una experiencia estética (algo bello o placentero).
En la expresión de alegría hay que diferenciar la sonrisa auténtica o de Duchenne que implica la contracción de músculos de las mejillas y los ojos (cigomático mayor y porción orbital del orbicular del párpado) de la sonrisa falsa o fingida que es un gesto afectivamente vacío que trata de aparentar un sentimiento positivo inexistente. Existiría un tercer tipo de sonrisa, la enmascaradora o miserable que trata de camuflar una emoción negativa.
Se engloba dentro de las emociones positivas o del bienestar. Seligman, en “La auténtica felicidad”, explica que la Psicología Positiva, en contraste con la psicología tradicional que se centra en el déficit y en la enfermedad mental, estudia las fortalezas humanas, como el valor, la sabiduría, la templanza o el amor, responsables de las diferentes manifestaciones de la afectividad positiva (la felicidad, la alegría o el optimismo). Luis Rojas Marcos, en “Optimismo y Salud” afirma que “(…) Se trata más bien de reconocer que para vivir una vida saludable y completa, no basta con curar los males que nos aquejan; es igualmente importante conocer y fortificar los aspectos favorables de nuestra naturaleza, que nos ayudan a motivarnos para superar los retos que nos plantea la vida y alcanzar nuestras metas”. Un contrapunto a estos autores lo podemos encontrar en “Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo” de Bárbara Ehrenreich o en “La vida real en tiempos de la felicidad: critica de la psicología (y de la ideología) positiva” de Marino Pérez Álvarez y José Carlos Sánchez.
Entre los factores moduladores de la alegría se encuentran los patrones de personalidad. No elegimos nacer más o menos alegres, la jovialidad (dentro del rasgo general de extroversión), la seriedad y el malhumor explicarían porqué algunas personas están predispuestas de manera innata a ser más o menos alegres. Entre otros factores moduladores se podría mencionar el efecto que tiene el consumo de sustancias como el alcohol o cómo la expresión de alegría está sujeta a normas sociales predeterminadas.
La alegría actúa atenuando la respuesta al estrés y reduce la ansiedad y el enfado, disminuyendo la disposición a la agresividad. Tiene una función facilitadora y reguladora en la interacción social y es responsable de favorecer una conducta prosocial con mayor inclinación a prestar ayuda.
Donde se halla más claramente implicado el componente subjetivo de la alegría es la experiencia óptima o de flujo. Csikszentmihalyi lo describe en “Flow, una psicología de la felicidad” como situaciones de concentración o absorción completa, en el que la atención, la motivación y la situación se encuentran, dando como resultado una especie de armonía productiva o retroalimentación. Son situaciones en las que la atención puede emplearse libremente para lograr las metas de una persona, porque no hay ningún desorden que corregir ni ninguna amenaza para la personalidad de la que haya que defenderse.
La alegría como enfermedad (patológica) define los estados maníacos. El estado del paciente se caracteriza por la euforia y la expansión cognitiva y anímica, con hiperactividad, inquietud y agitación psicomotriz. En el lenguaje hay verborrea y fuga de ideas, en el pensamiento pueden aparecer delirios y alucinaciones. Hay que resaltar que el sujeto no se siente enfermo, no cree estar mal. La fuerza que le confiere esta alegría patológica hace que la conducta se vuelva impulsiva y descontrolada, embarcándose en ambiciosos proyectos que suelen acabar de forma ruinosa.
El lado oscuro de la alegría lo constituye lo que los alemanes llaman “Schadenfreude”, la dicha por el mal ajeno. Richard H. Smith nos explica que cuando la desgracia ajena en vez de provocarnos sentimientos de empatía nos hace sentir placer, la motivación puede ser el deseo de venganza, el deseo de justicia o simplemente la envidia o el rencor. En el deporte es frecuente observar alegrarse más cuando pierde el equipo rival que cuando gana el nuestro. Este conflicto entre empatía y “Schadenfreude” queda ilustrado por Baumeister y Bushman (“Social Psychology and Human Nature”): “Generalmente, la naturaleza dice: adelante y la cultura dice: para. […] El yo está lleno de impulsos egoístas y de medios para refrenarlos, y muchos conflictos interiores se resumen en ese antagonismo básico. Ese conflicto, entre los impulsos egoístas y el autocontrol, es probablemente el conflicto más básico en la psique humana.” O en palabras de William James en ‘Principios de Psicología’: “En muchos aspectos, el hombre es la más implacablemente feroz de las bestias. Como ocurre con todos los animales gregarios, en su pecho habitan dos almas, como dice Fausto, una hecha de sociabilidad y amabilidad, la otra de envidia y antagonismo hacia sus pares. Aunque de una forma general no puede vivir sin ellos, en lo que respecta a determinados individuos, a menudo ocurre que tampoco puede vivir con ellos.”
Si crees que tienes problemas serios en la gestión y control de tus emociones no dudes en consultar con un profesional de la psicología. Mucho ánimo.




