El Monasterio, en llamas

TEO PEREA GARCÍA.- Hacia las 3 de la tarde del día 7 de junio de 1671, un viento recio provocó en el cañón de la chimenea del colegio del Monasterio un fuego que hizo entonar la voz de alarma entre los religiosos que en esos momentos se encontraban en el coro. Saliendo en conjunto con el personal que allí trabajaba consiguieron controlarlo, pero el fuego mal extinguido volvió a brotar, esta vez con más violencia, saliéndose de control. Se hicieron grandes esfuerzos por apagarlo, e incluso llegó población de las localidades vecinas para contribuir, especialmente de Robledo y Valdemorillo. Una procesión fue organizada y se colocó en medio del pórtico la imagen milagrosa de Nuestra Señora de la Herrería. Pero no había nada que hacer. El fuego era voraz, y en ocho horas pasó por los tejados del convento, el colegio y parte del palacio, descendiendo por claustros menores, celdas y otras estancias varias, entre las cuales se encontraba una de las bibliotecas, la de manuscritos. El fuego se alargó hasta por quince días, cuando finalmente fue totalmente extinguido. Los esfuerzos coordinados y bien dirigidos, especialmente de los albañiles, salvaron el Monasterio.
Así concluyó el incendio, que por suerte no supuso víctimas mortales. Sin embargo, tal y como nos cuenta la obra del Padre Gregorio de Andrés, la destrucción se contó en gran cantidad de patrimonio cultural. Como ya se ha comentado, la biblioteca de manuscritos fue devorada por las llamas, afectando a más de dos tercios de su colección. Ahí se guardaban documentos de enorme calidad artística e intelectual, muchos de ellos sumamente ornamentados como una copia del Corán y multitud de otros códices árabes, así como manuscritos antiquísimos. Entre otras, una de las obras perdidas fue la obra completa e ilustrada de Francisco Hernández sobre botánica, zoología y etnología americana, compuesta de dieciocho volúmenes, todos perdidos. Así mismo, varios cuadros fueron afectados, pero con la suerte de que los mejores de entre ellos se situaban en el piso más bajo del Monasterio, quedando destruidos aquellos de menor valor que se situaban en los pisos más altos. Pese a todo, se puede considerar que el incendio de 1671 no tuvo las consecuencias gravísimas que potencialmente pudo tener. Por un lado, no murió nadie, y por otro las pérdidas materiales más importantes fueron las de la biblioteca de manuscritos, puesto que las obras pictóricas más importantes fueron salvadas y la labor artística de restauración de zonas como los frescos fue formidable, con el trabajo de artistas como Luca Giordano.
Sin embargo, el incendio de 1671 no fue el primero ni el último. Ya en época de Felipe II ocurrió uno, el primero, cuando el monarca se hallaba en su interior. Ocurrió al impactar un rayo en la torre de La Botica, situada en una de las esquinas del Monasterio, que aún se hallaba en construcción. Hubo así mismo varios que afectaron al edificio de la Casa de la Compaña, en el que ahora se aloja la Universidad María Cristina, como los de 1744, 1763 y 1909. Otros como el de 1872, provocado también por un rayo, encendió todas las alarmas por afectar de nuevo a una biblioteca, pero finalmente consiguió ser controlado sin mayores problemas. Con todo ello, de los numerosos casos ninguno se compara al del gran incendio de 1671.
Que se hubiera devastado la mayor parte del Monasterio tal y como lo conocemos hoy no hubiera sido algo descabellado. Tal y como nos dice un relator anónimo del evento de 1671: El fuego iba obrando por los cuartos bajos y a los impulsos violentos del aire y su perseverancia, parecía que todo lo había de consumir. Cabe recordar que en Madrid el incendio que se produjo en Nochebuena de 1734 destruyó al Real Alcázar por completo, siendo sus ruinas demolidas. En este caso se produjo una inestimable pérdida de patrimonio cultural, incluyendo obras de los más insignes artistas del siglo XVI y XVII, salvándose cuadros como Las meninas de Velázquez al ser arrojados por las ventanas. Es por ello por lo que hay que considerar la fortuna de la conservación del Monasterio tras el incendio y, sobre todo, valorar la correcta y valerosa actuación de los hombres y mujeres que intervinieron en su extinción.




