El Molino del Batán

CAPDEPÓN.- “Bien notas, escudero fiel y leal, las tinieblas de esta noche, su extraño silencio, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca vinimos, y aquel incesante golpear que nos hiere y castiga los oídos, cosas que todas juntas y cada una por sí son suficientes para infundir miedo, temor y espanto en el pecho del mismo Marte” Tales son las palabras de Don Quijote (Capítulo XX), ante el estruendo del agua y los mazos en una noche cerrada y que también produciría nuestro molino batanero, por lo que estaba ubicado a una prudente distancia del Monasterio.
Nuestro edificio de hoy se encuentra milagrosamente en pie y está ubicado en el encuentro de la M-505 con la carretera que conduce desde San Lorenzo a Robledo de Chavela. Para las personas que ya tienen una edad más que adulta trae recuerdos veraniegos, pues tiempo ha fue lugar de esparcimiento como luego veremos.
Vayamos por partes. Cuando Felipe II agrega a las propiedades del Monasterio el Bosque de la Herrería, ésta incluía extensos terrenos, desde Prado Tornero en El Escorial hasta la Cruz Verde y prado de Matacuadrado, donde nace un arroyo llamado Grande y luego del Batán que, desde allí, confluye aguas abajo con el río Aulencia. Este territorio pertenecía a Segovia, emporio de la lana, y gran centro fabril entonces. Nuestro Señor Don Felipe quería dotar al convento de una red de propiedades que garantizasen su autonomía económica y vital con campos de cultivo, ingenios (molinos) y ganadería propia, dentro o fuera de los límites de las fincas dentro del perímetro de la cerca.
Ovejas merinas, arroyo con aguas veloces y necesidad de elaboración de paños para propios y extraños. En 1582 se fijan las condiciones para levantar un edificio de dos plantas, siete metros de ancho, cuatro ventanas en cada lado, estanque en su interior para lavar la ropa, fábrica de mampostería concertada con refuerzo de sillares en las esquinas y cubierta de teja curva. Lavar la ropa de los frailes, parece útil, pero ¿para qué un batán? Después del esquilado de la oveja (merina), se lava y limpia en arroyo o lavadero, se seca al sol para blanquear, se carda (peina) para sacar el hilo, se unen para colocar en la rueca y en el huso con paciencia, se hace el ovillo, se tuerce para dar consistencia y se hacen las madejas. ¿Os suena? El batán viene después y sirve para compactar la lana y hacerla más densa y resistente a la entrada de aire exterior y combatir el frío o el calor. El mecanismo es así: el agua del arroyo, directamente o a través de un canal (cacera) mueve una rueda enganchada a un eje con unas levas que accionan unos mazos grandes de madera que golpean de forma intermitente y ruidosa los tejidos que se ubican en un pilón que los mantiene húmedos para evitar su rotura y cuyo resultado final es un paño denso, listo para confeccionar las prendas finales: cobertores, mantas, prendas de vestir y otros usos. Un ingenio como este es una gran inversión y, seguramente, no trabajaba en exclusiva para el convento, sino que daría servicio a artesanos de la comarca.
A mediados del siglo XVII seguía funcionando nuestro Batán para servicio de lavado y bataneo al menos para frailes, seminaristas y otros servidores del convento.
En la segunda mitad del siglo XVIII se establecen varias fábricas de hilar en la Villa y en el Sitio. En el edificio del Batán se siguen haciendo los paños o “trapos” por el método tradicional, cuando ya empezaban a alumbrar nuevos métodos fabriles menos costosos y más productivos. Parece que hacia 1825 termina el edificio su función original y comienza su primera decadencia.
La suerte, algún tiempo después, estuvo al lado de San Lorenzo y, en particular, de nuestro Batán. En 1869, la Escuela de Ingenieros de Montes abandona su sede en Villaviciosa de Odón y viene a instalarse en la Casa Primera de Oficios. La repoblación de Abantos, los caminos horizontales, el vivero central y la estación de semillas de la Casa del Infante fueron algunos de sus proyectos y germen del futuro de San Lorenzo como lugar de veraneo. ¿Y el Batán? Pues bien, aquí se instaló un laboratorio ictiológico y de piscicultura para el ensayo de crías de alevines para la repoblación posterior de ríos y lagos. Dice la Escuela haber recibido “un edificio en ruinas que se dice fue batán”, lo que hace suponer el estado de abandono en el que se encontraba. Se habilitan piscinas aterrazadas con un flujo descendente de agua mediante canales o acequias. Poco más de cuarenta años después, en 1914, la Escuela de Montes abandona el Sitio para marchar a Madrid, donde se asentará definitivamente hasta nuestros días.
De nuevo, incertidumbre y abandono, hasta que en los años setenta del pasado siglo, se dispone como lugar de recreo, con un merendero con sus mesas de piedra, una discoteca, una piscina o alberca donde muchos vecinos nuestros se congelaban en su agua helada, una fuente y, a pocos metros, un camping en un fresnedal. Y, en los ochenta, vuelta a empezar hasta el día de hoy. Abandono y ruina. Bien parece que una bomba haya estallado en su interior por el destrozo aparente. La cubierta está arruinada. El terreno, cubierto de maleza. Sin embargo, la obra de fábrica ha resistido y se mantiene firme. El propietario es Patrimonio Nacional. Bien merece este monumento a la arquitectura industrial del Real Sitio un esfuerzo de imaginación para estudiar la forma de conservar este hermoso lugar, del que todavía muchos vecinos conservamos memoria.




