El Mercado y el callejón del Repeso

A.M.R..- En la edición del anterior número de este periódico se publicó un artículo sobre el mercado; curioso, bonito de recordar, engrandecer a esas mujeres impolutas, con sus delantales blancos bordados que eran el alma mater del despacho, detalle de simpatía, sin menospreciar a los profesionales que se lo curraban desde muy temprano. Yo voy a profundizar un poco más, pues me parece muy interesante.
Felicitar a quien corresponda por dar luz a este precioso y pequeño CALLEJON DEL “REPESO“ que muchos de los lugareños no teníamos ni idea de que existía, parece pensar que el nombre le vendría de pesar las mercaderías que se descargaban y almacenaban en este edifico, en lo que es hoy en día el mercado municipal, situado entre las calles del Rey y San Quintín.
Un pellizco de historia
A finales del siglo XVIII se promueve su última gran obra: la casa grande para el almacenamiento y la venta de productos de alimentación.
En 1797 el centro urbano de San Lorenzo del Escorial, ya muy consolidado, consigue adecuar este edificio propiedad de la comunidad de los monjes Jerónimos, llamado LA VEEDERIA. El proyecto se le encarga a Juan de Villanueva, las obras se llevan a cabo entre los años 1797 y 1806. En la edificación destacan la fachada principal realizada en sillares de granito, y el acceso a través de un arco central y las arcadas que forman el patio interior.
Durante la guerra civil sufrió muchos daños por su abandono, perdiendo su acristalamiento interior. En 1949 el Ayuntamiento solicita la realización de diferentes obras para evitar su derrumbamiento, y se recupera la cubierta interior mediante una claraboya y se cierra el segundo piso, a destacar su escalera de granito en forma de T.
Una de las mayores obras de reparación se realiza en 1967, de nuevo por el riesgo de que la cubierta se derrumbe, como de hecho ocurrió años atrás por una gran nevada. En ese momento, se cubre el callejón del Repeso, entre el mercado y el Cuartel de Inválidos, edificio este último que con posterioridad se utilizó como cárcel y, más tarde, se convirtió en hogar del pensionista.
Como decía, dando un paseo por el pueblo, cosa que suelo hacer muy a menudo, me sorprendió gratamente la recuperación de este callejón que, confieso, no sabía que algo así se pudiera haber cubierto. Entiendo las necesidades de aquellos años en que el mercado atravesaba su mejor época y que se tuvieran que buscar más espacios para la venta de productos de alimentación, puesto que casi todos los habitantes del municipio y pueblos adyacentes, con menos recursos, hacían la compra en este gran mercado que fue. Incluso la hostelería se surtía casi al completo.
Sabiendo de primera mano la importancia que tuvo en aquella época para la alimentación, hoy me da mucha pena ver la mayoría de los puestos cerrados; alguno de ellos -supongo que por darle color y alguna utilidad-, con complementos de suvenir o artesanía. En fin, estos son otros tiempos. Y digo que de primera mano lo que fue esa época gloriosa porque con 12 años, como tantos otros chavales, ya trabajábamos en el mercado. Además, con muy, muy poquito sueldo. ¡Vamos, en algunos casos nada, solo las propinillas que sacábamos ayudando y repartiendo pedidos a los domicilios o restaurantes! Pero, quizás lo más importante, al menos para nuestros padres, era que aprendiéramos un oficio.
Se acumulan lo recuerdos… Uno de los más gratificantes para mí, es cuando me compraba una barra de pan en la panadería de la Rubia, y estaba atento a la lata de sardinas grande (tipo pandereta) que vendía por piezas el tío Carrasco, en el puesto de enfrente de la de la panadera. Cuando quedaban los trozos de las que se rompían, nos las vendía más baratas. De hecho, él mismo nos abría la barra de pan y la rellenaba de esos trozos de sardinas con abundante aceite, que hacía que correara ese oro líquido por la barbilla. ¡No se me olvidan esos bocadillos! Incluso hoy los preparo con sardinillas: enteras claro (jejeje)… y picantes. ¡Un manjar!




