El entierro de Juan de Herrera. El arquitecto del Rey

Placa conmemorativa de Juan de Herrera en Iglesia San Nicolas de Bari junto al grabado de Mariano Brandi.
JAIME GUIBELALDE RECUERO.- Quería reposar para siempre en Maliaño (Cantabria). Allí no sólo estaba la casa “familiar”, sino que aquella fue la tierra que le aportaba la hidalguía que siempre reivindicó para su familia y para sí mismo. Allí reposaban los restos del abuelo Ruy, Señor de Maliaño.
Murió antes de tener terminadas las obras de San Juan de Maliaño para poder acoger su descanso eterno. Había dejado cantidades de dinero para la reconstrucción de aquella pequeña ermita que su sobrino, Pedro de Liermo, administró para poder cumplir su voluntad veinte años más tarde.
Juan, no sólo fue aposentador y arquitecto de Felipe II. También fue el primer Director de la Academia de Matemáticas. Y como gran calculista, dejó en sus sucesivos testamentos lo que quería y cómo lo quería y así se fue cumpliendo.
Se impuso su voluntad, el 15 de enero de 1597 cuando falleció en Madrid y alguno de sus parientes propusieron llevarle junto a su suegro, en la iglesia de San Ginés en la calle del Arenal. Pero el testamento era muy claro sobre la manera de actuar antes de ser trasladado para siempre a su Cantabria natal.
Quería vestir el hábito de San Francisco para ese momento, y ya había elegido el lugar. Era la iglesia más antigua de Madrid: San Nicolás de Bari de los Servitas, a tan solo unos pasos del Alcázar (hoy Palacio Real). En el último testamento, se refería al emplazamiento exacto, haciendo mención al mismo lugar en el que estaba enterrado un tal Juan Méndez de Sotomayor. Después de unas cuantas visitas al lugar concluimos junto al Padre Javier, que posiblemente, dichos enterramientos estuvieran en unos nichos que debieron existir en la pared izquierda según nos ponemos frente al retablo y el altar mayor, y no en la cripta, tal como indica la placa que puso el Ayuntamiento hace algunos años en la puerta del templo.
Juan había dejado el dinero suficiente para las ceremonias que le llevarían al más allá, y había dispuesto cada detalle: además del hábito, especificaba las cruces que quería que le acompañaran, además de los clérigos de Santiago y San Nicolás, los Niños de la Doctrina Cristiana, y frailes del monasterio de San Francisco. Había dejado asignadas cantidades exactas: dos ducados para los Niños de la Doctrina, y veinticuatro reales para el Hospital General. Y no se olvidó de sus queridos padres, dejando constancia de que las misas se celebraran por su alma y las ánimas de sus padres y las del Purgatorio. Además de algunos de sus buenos e influyentes amigos que a buen seguro asistieron a su última despedida, quién sabe si el propio Felipe II acudiría desde el muy cercano Alcázar a darle un último adiós a uno de sus mejores amigos y colaborador más fiel.
Juan pasó la mayor parte de su vida, sirviendo a la familia real de una u otra manera. Lo hizo como paje al servicio del príncipe Felipe en el viaje “felicísimo” por Europa, o en el ejército como arcabucero a caballo en el cuerpo de élite recién creado, acompañando al Emperador en su retiro en Yuste, o como extraordinario dibujante del libro de “Las Armellas” con Honorato de Juan. Pero sobre todo, fue trazadista, aposentador y arquitecto de Felipe II además de una de las personas de su máxima confianza.
En San Nicolás de Bari de los Servitas, en la calle del mismo nombre, junto a Capitanía General, en la pared del fondo de la iglesia, hay una lápida de piedra que indica que Juan de Herrera descansó allí junto al altar mayor. Y en la placa del exterior de la iglesia, le señalan como artífice del Monasterio de El Escorial. Es cierto. Pero ninguna de las dos refleja la magnitud del personaje cuyos restos reposaron allí durante algunos años y cuya memoria debería ser ensalzada como merecería un personaje que encarnó el renacentismo del siglo XVI en España, a la altura de su propio rey.




