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El crimen de El Escorial. La trágica historia del “Niño Pedrín”

Acuarela de Carmen Gutiérrez Capistrano de la Cruz del Niño Pedrín en el monte Abantos.

Acuarela de Carmen Gutiérrez Capistrano de la Cruz del Niño Pedrín en el monte Abantos.

Fº JAVIER PEREA UNCETA.- En la última década del siglo XIX la sociedad sanlorentina se vio conmocionada por un trágico suceso, la muerte del “Niño Pedrín”. A lo largo de los años, este triste acontecimiento se ha ido trasmitiendo de abuelos a padres e hijos en sus más diversas versiones. Incluso ya son muchos los escritos que lo mencionan, como “Crimen en El Escorial” de Julio Ignacio Ruiz, “Anécdotas de El Escorial” de Carlos Vicuña o “San Lorenzo de El Escorial-Memorias 1868-1914” de Julián Maroto. En este artículo basa en el magnífico trabajo de investigación que hizo en 1996 el Colectivo Amézola (José Alcázar, Carlos Osorio y Pedro R.) para el periódico de la sierra Crónica del Nuevo Siglo, editado en San Lorenzo de El Escorial. Este tema inspiró más de una charla en El Plantel, gran lugar de tertulias que regentaba Maca en la calle Floridablanca frente al pasaje Infantes.

Para ponernos en contexto, en la segunda mitad del siglo XIX la comarca escurialense comienza a destacar y a desarrollarse como lugar de descanso y de recreo. El 24 de junio de 1861 se inaugura oficialmente la línea de tren a El Escorial, 200 personas llegaron ese día a la estación. Este acontecimiento trae consigo la construcción de fondas y posadas. En 1863 encontrábamos fondas donde comer y dormir como Miranda, Locomotora, Burguillo y Vizcaína. San Lorenzo constaba por esas fechas de 1.900 habitantes y 300 casas. En 1870 se realiza la primara repoblación forestal por los alumnos de la Escuela de Ingenieros de Montes y en 1971 ya se podía beber agua potable en la fuente de la Teja. Empezaban a florecer el ocio y las tertulias en el Café Cuatro Naciones o en la fonda Miranda. El pueblo cobra importancia como destino de veraneo, en un acta de pleno celebrado el 23 de julio de 1890 podemos leer: “Siendo uno de los principales recursos con que cuenta este Real Sitio para el sostenimiento de las cargas los rendimientos proporcionados por su colonia veraniega, nadie más interesado que el municipio en proporcionar comodidad y distracción para que de este modo pueda contarse en lo sucesivo con mayor número de familias”. A continuación, se decide que la banda de música del Batallón de Cazadores de Puerto Rico ofrezca conciertos los jueves y domingos en el Paseo de los Terreros.

En 1889 San Lorenzo contaba ya con 2.923 habitantes y el Ayuntamiento disponía de un presupuesto de 92.624 pesetas. El número de analfabetos era de 1.298 y hubo 107 nacimiento. Uno de ellos fue Pedro Bravo Bravo, el 1 de julio a las 10 de la mañana, en la calle Calvario 17, hijo de Eugenio y Gumersinda, después trágicamente llamado “El Niño Pedrín”. Casi cuatro años más tarde, el 13 de febrero de 1893, con el número de registro 2618, folio 172, se inscribe el acta de defunción de este tristemente famoso niño, que fue encontrado tres días antes en el “Risco del Portacho”. 

Aquellos años fueron numerosos los crímenes en la España profunda fruto del analfabetismo y el subdesarrollo, atascados en una economía de subsistencia que estaba por encima de los valores éticos. La historia del “Niño de El Escorial” fue uno de esos crímenes del que han circulado innumerables versiones.

Eugenio y Gumersinda vivían en el barrio de Las Casillas con sus cuatro hijos y esperando un quinto. El día de Navidad de 1892 asistieron a misa de once en el Monasterio, a la salida del oficio el niño Pedro Bravo Bravo desaparece sin dejar rastro, tras la búsqueda sin éxito por parte de padres, familia y vecinos, se pide ayuda a la Guardia Civil que se une rastreando la zona. También los frailes del Monasterio recorren el pueblo y alrededores infructuosamente. “Pedro Bravo, tres años y medio y hermosos cabellos rubios ha desaparecido”. Todo el mundo se pregunta cómo ha podido tan pequeña criatura alejarse tanto de sus padres sin que estos se dieran cuenta y que pudiera alejarse tanto sin que tanta gente lo encontrara. ¿Quién podía haberlo secuestrado? Era la pregunta. Tres o cuatro vecinos afirmaron que lo vieron en la tarde del 25 de diciembre junto a la puerta del Romeral. 

En el pueblo vivía también, en la pobreza, una familia conocida como “Los Chatos” en una casa en las proximidades de la presa del Romeral. No eran personas queridas en el pueblo, pero sin problemas importantes con la justicia. Uno de ellos era Julián García, joven y de bajo coeficiente mental, analfabeto y que padecía frecuentes ataques epilépticos. Frecuentaba las tabernas del pueblo, entre ellas “Petit Fornos”. También habían asistido a la misma misa en el Monasterio con su familia. Julián atrajo al niño con engañosas artes y consiguió introducirle en su vivienda del Romeral. Encerró al niño en el sobrado de su vivienda atado en una tabla con cuerdas que dejaron honda huella en sus pequeñas manos. Las hermanas de Julián, Francisca, Concha y Juana, recriminaron tal brutal acción, pero éste las amenazó de muerte si contaban algo sobre el secuestro. Con gran miedo las hermanas, a escondidas, alimentaban al niño con leche y pan francés. La agonía se prolongó durante días, quejidos, golpes y lamentos. Miedo y tristeza de las hermanas y sufrimiento del desdichado niño.

Nadie en el pueblo sospecha de Julián, pero éste se pregunta cómo podrá deshacerse del niño. Crisanto, su cuñado, le insta a que acabe con él para remediar terrible tragedia sin que trascienda. Julián decide acabar con la vida del niño, pero aún no sabe qué hacer con su cadáver, enterrarlo en el patio de su casa, llevarlo lejos del pueblo
 La solución se la da su amigo Bicacora, Isidoro Muñoz, que se presta a ayudarle. Parece ser que éste mantenía relaciones con la hermana de Julián, Francisca le pide zanjar la angustia de la familia y del niño. Trágicamente, Julián estrangula al “Niño Pedrín” la noche del 9 de enero de 1893. Julián e Isidoro trasladan en la oscuridad el cuerpo dentro de un saco al Risco del Despeñadero (aunque en el acta de defunción consta Risco del Portacho).

En la casa de “Los Chatos” todo ha terminado, vuelve la normalidad con la miseria y la sórdida supervivencia anterior al secuestro. La familia Bravo sigue desolada por la desaparición de Pedro y ya han perdido las esperanzas de encontrarlo con vida, pero el día 10 de febrero de 1893 un guarda forestal descubre el cadáver de un niño de corta edad en el Risco del Despeñadero. El juez, Sr. Estirado, se encargará de la instrucción del sumario y el capitán Ponte de la Guardia Civil de la investigación. La noticia corre como la pólvora en el pueblo y en Madrid, la prensa cubrió el suceso ampliamente, extensos artículos de El Heraldo de Madrid, El Liberal, Mundo Gráfico o La Época, entre otros, relataron las investigaciones sobre la trágica historia.

La autopsia fue realizada el 11 de febrero por el forense Fernando Peña, quien abrumado y sobrepasado por la responsabilidad pidió ayuda a los doctores Blanco, Fernández y Leirado, también al profesor universitario Santa Ana y al médico del ferrocarril Barreras. Confirmado, la muerte fue por estrangulamiento y el cadáver mostraba signos de violencia, hematomas, abusos sexuales y marcas profundas en las muñecas de haber sido atado durante muchos días. Debido al frío del invierno no mostraba grandes signos de descomposición. Se firmó como fecha probable de la muerte el 1 de febrero de 1893.

Las investigaciones del juez, Sr. Estirado y la Guardia Civil los llevan a hablar con Juana, la pequeña de “Los Chatos”, que confirma haber visto al niño cerca de la casa el día que desapareció y reconoce un pañuelo hallado junto al cadáver como perteneciente a su hermano Julián. Las hermanas Concha y Francisca niegan esto y amenazan a la pequeña atemorizándola y silenciándola. Julián, que en ese momento estaba preso por robar leña, niega las acusaciones. El 20 de febrero Crisante Jorge, cuñado de Julián, le acusa como autor del crimen, alegando que conocía los hechos desde el inicio y que los ocultó por compasión hacia la familia de su esposa.

El capitán de la Guardia Civil manda al Gobernador Civil de Madrid, Sr. Aguilera, un telegrama que reza: “El autor del crimen titulado del Niño de El Escorial, Pedro Bravo, descubierto por confesión que me hizo su cuñado, Crisanto Jorge, ante el Guardia Segundo Leandro de la Torre, lo he puesto, a las siete de la tarde de hoy, a disposición del juzgado de instrucción de este partido”. Con la posterior contestación del Sr. Aguilera: “Doy a usted la enhorabuena por el servicio que tanto honra a usted y al Cuerpo al que pertenece”.

Pese a las declaraciones acusatorias del cuñado, el juez continúa las investigaciones. Ordena que se incrementen las medidas de seguridad de la cárcel ante las amenazas populares de linchamiento que pesan sobre Julián. Numerosos indicios y pruebas siguieron apuntando a la autoría de Julián, como la afirmación de dos barberos que peritaron cabellos encontrados en la casa de “Los Chatos” y afirmaban que eran del niño Pedro. Pruebas y testimonios abrumadores, poco a poco van confesando las hermanas Juana, Francisca y Concha. Crisanto y María se reafirman. Julián cae en múltiples contradicciones e Isidoro Muñoz, amante de Francisca, declara que ayudó a trasladar el cadáver.

El Fiscal General del Tribunal Supremo, Sr. Martínez del Campo, delega en el Fiscal de la Audiencia Provincial, Pascual del Río, que se persona en San Lorenzo para supervisar las investigaciones. El sumario se cierra el 1 de marzo de 1893 señalando a Julián “El Chato” como autor del crimen, a sus hermanas y a Crisanto como cómplices y a Isidoro Muñoz como encubridor. Los delitos: secuestro, ocultación, pederastia y asesinato. Los acusados fueron condenados y cumplieron cárcel. De los 40 años, Julián solo cumplió 23, ya que fue indultado por ceguera. Los vecinos del pueblo recibieron a la oscura familia con gran hostilidad y éstos tuvieron que marcharse.

A finales de febrero de 1893 el jefe del Campo Forestal recibió la solicitud de la familia Bravo pidiendo autorización para colocar una lápida en el lugar que apareció el cadáver del “Niño Pedrín” con el siguiente texto: “El 10 de febrero de 1893 apareció muerto en este sitio el niño de tres años y medio Pedro Bravo, víctima de una horda de salvajes maldecidos de Dios y de los hombres”. Texto diferente al que hay en la cruz actual: “El 10 de febrero de 1893, fue hallado en este sitio el cadáver del desgraciado niño Pedrín Bravo y Bravo, víctima del brutal salvajismo”. Esta cruz marca el sitio donde fue encontrado el cadáver, no su lugar de entierro, que se encuentra en el cementerio de la calle Unamuno de San Lorenzo de El Escorial.

Los acontecimientos que ocurrieron en San Lorenzo de El Escorial hace más de 130 años no tienen absolutamente nada que ver con las leyendas o fábulas que se han trasmitido por sucesión oral a lo largo de los años. Los acontecimientos forman parte de la verdadera y trágica historia, documentada y con personajes, víctimas y culpables reales. Nada tuvieron que ver los frailes del Monasterio, ni la leyenda del tuberculoso, el sacamantecas, los gitanos o los judíos. El pueblo mitifica los hechos y con ello nace la leyenda del analfabetismo, la ignorancia y la superstición, que no deberían vencer a las pruebas de la razón.

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