El Cimborrio

Dibujo de Diego Hergueta
Amparo Ruiz Palazuelos.- En arquitectura religiosa el cimborrio es el cuerpo cilíndrico que sirve de base a la cúpula sobre el crucero de la iglesia. Es una voz del latín eclesiástico (ciborium), formada a partir del griego (kiborion), que se refiere al fruto del nenúfar de Egipto que servía para hacer copas de pie elevado y que, en la Antigüedad, griegos y romanos usaban para beber. El mismo nombre se le daba al Copón Sagrado en el que se conservaban las Sagradas Formas.
Dicha estructura era el resultado de una combinación de influencias romanas, griegas, paleocristianas, bizantinas o soluciones constructivas para problemas de desagüe en cubiertas. Erigido en iglesias con planta de cruz, se convertía en un elemento clave para su iluminación, ventilación y estética.
Generalmente aceptado por los estudiosos del románico que la icónica torre de la Seo de Zamora era la más antigua de los famosos Cimborrios del Duero, el arquitecto Torres Balbás pensó que, puesto que habían pertenecido a la Archidiócesis de Santiago de Compostela, cuya influencia en el románico del noroeste estaba muy reconocida, no le parecía probable que en la diócesis de Zamora (de menor importancia) se ensayara uno de los ejemplos más notables de la Edad Media.
A comienzos del siglo XII se impulsó la construcción de la catedral románica de Santiago. En el Códice Calixtino se hablaba de un primitivo cimborrio medieval que moldeaba la silueta del templo, levantándose sobre el crucero junto a dos pequeñas torres laterales. La nueva cúpula indicaba la presencia subterránea de la tumba del Apóstol, faro que guiaría por el camino correcto a los peregrinos de Europa que iban a Santiago en busca de su redención. Pero, en el siglo XV, la terrible inestabilidad política obligó a fortificar la catedral, quedando el cimborrio enterrado y siendo más adelante sustituido por uno gótico.
En el siglo XVI, el cimborrio ya se había convertido en un elemento dignificador de la arquitectura religiosa y su preeminencia en la configuración espacial del templo hallaba justa correspondencia en el exterior, pues su altiva estructura denotaba un auténtico reto constructivo.
El padre Sigüenza, refiriéndose a la basílica del Monasterio de El Escorial, decía: “El 23 de junio de 1582 se remató todo el cuerpo de la fábrica de la iglesia y se puso la cruz en la aguja del cimborrio. Hizose una procesión muy solemne, se levantó toda la fábrica de la iglesia en lo principal de su cuerpo y forma (dejo aparte los ornatos de dentro) en seis años y medio cabales: desde el principio de 1576 hasta la mitad de 1582, que fue de extrema diligencia”.
Juan-Bautista de Toledo, que había trabajado con Miguel-Ángel en San Pedro, se inspiró en el Vaticano para trazar la cúpula trasdosada en el cimborrio de la basílica, pero falleció doce años antes de su inicio y fueron sus seguidores quienes tuvieron que afrontar las dificultades de materializar en piedra maciza (granito procedente de las canteras de Zarzalejo) una bóveda renacentista. En forma de copa invertida, peraltada, fue construida progresivamente con cada anillo de dovelas (piedra labrada en forma de cuña), sobre un tambor cilíndrico con ocho ventanas, apoyado en cuatro triángulos esféricos que facilitaban el paso de la planta circular a la cuadrada (pechinas) y todo ello sostenido por cuatro magníficos pilares dóricos que soportaban aquella consistente estructura. Exteriormente adoptaba una forma de cruz latina, fusionando elementos centralizados con la posición cruciforme de la cubierta y en la parte superior de la cúpula había un lucernario (linterna) coronado con una aguja que terminaba en una bola de bronce y una cruz.
El día 10 de agosto de 1586, festividad de San Lorenzo, se llevó a cabo en la basílica la primera misa con sermón de fray José de Sigüenza (que por entonces era prior del Monasterio del Parral en Segovia). Todos los altares fueron adornados con oro, plata y santas reliquias e iluminados con lámparas, al igual que la iglesia, coros y relicarios. “Tantas luces puso una admiración grande en los ánimos porque pareció se entraba en una gloria no vista jamás”. Aquella noche la ciencia y la cultura popular se entrelazaron pudiendo contemplar una lluvia de estrellas (las Perseidas) en el firmamento, las lágrimas de San Lorenzo, que – según la leyenda – el mártir derramó en el momento de su muerte.
El 30 de agosto de 1595 tuvo lugar la primera iluminación de la basílica:“ Quiso también el rey regocijar la fiesta y el gozo que ardía en su pecho despertarlo en el de todos: mandó que se pusiera por todo el templo y por la casa luminarias y que la noche que esperaba tan solemne día no fuese oscura. Multitud de lámparas de barro llenas de aceite, rodeadas de papel aceitado para defenderlas del aire, tenían unas mechas o torcidas”. (Fray José de Sigüenza).
Consagrada la basílica el 21 de septiembre de 1595, el evento marcó la finalización oficial de la obra, aunque la construcción del conjunto del Monasterio se había extendido por varias décadas. Fue un acto solemne que quedó grabado para siempre en el imaginario colectivo porque Felipe II había logrado llevar a cabo su gran obra. Tres años más tarde, el 13 de septiembre de 1598, fallecería…

Dibujo de Diego Hergueta




