El Arca de los Repartimientos y la fuente del Caño Gordo

CAPDEPÓN.- Una parte de nuestro patrimonio común es tangible. Ahí están los edificios y obras de arte que podemos conocer y visitar. Pero hay otra parte que podemos, y debemos llamar, intangible. En nuestro caso, edificios que ya no existen nada más que en los papeles y en la memoria. A esta especie pertenece el edificio objeto de este artículo, el Arca de los Repartimientos.
Pocos edificios de tipo industrial permanecen vivos – molinos u obras hidráulicas- del siglo XVI en el territorio de nuestros municipios de El Escorial y San Lorenzo. En este artículo nos referimos al último eslabón de una cadena compleja que alimentaba de agua el Monasterio y edificios auxiliares, desde la captación en los altos de Malagón hasta la entrada del monasterio en el centro de su lado norte.
Dice Fray José de Sigüenza en castellano perfecto sobre este ingenio y el viaje del agua: “…baja corriendo descansando en sus arquetas hasta que llega a otra arca grande, (de los Repartimientos), poco menos que la primera, (la del Romeral, al pie del hotel Felipe II y de la presa), donde el agua pasa por sus llaves y conductos y se reparten a los lugares que la piden: claustros, iglesias y oficinas”.
Era este un edificio con una entrada de agua procedente del Arca del Romeral o de Cascajal -actualmente en la calle de Carlos Ruiz-. El arca de los Repartimientos estaba ubicada en la plaza de San Lorenzo – más conocida como “El Alaska”, entre los Soportales y el edificio del Coliseo Carlos III, antiguamente llamado de los Cómicos, justo encima de la fuente que hoy se ubica en los Jardincillos o Jacinto Benavente, también conocida en tiempos como Gil y Zárate, ilustre literato, hoy olvidado.
El “viaje” del agua, desde sus manaderos en lo alto de la montaña, recorría unos cinco kilómetros. Nuestros antepasados renacentistas sabían perfectamente que la limpieza y pureza del agua, fuente de salud, provenía de la captación de los manantiales primordiales y nunca de las aguas estancadas ni de los ríos, como aprendieron de los antiguos romanos en sus acueductos. El de Segovia, por ejemplo, recorre más de doce kilómetros desde sus fuentes hasta la bella ciudad vecina.
Durante varios siglos fue el punto de suministro de agua de boca y otros usos del complejo construido por Felipe II para saciar la sed de los numerosos inquilinos del Monasterio (más de 30.000 metros cuadrados construidos), más el riego de jardines y huertos, cocinas, botica, fuentes ornamentales, aljibes y cisternas.
El agua discurriría con las aguas canalizadas desde el arroyo del Romeral. En algún punto estaba un ramal que enviaba agua a la Compaña (Universidad María Cristina) con fuerza suficiente para mover, incluso, un molino de este edificio auxiliar. Otro ramal desviaba el agua a través de la calle Alarcón ¿o Cabello Lapiedra? Plaza del Ayuntamiento en su lado norte, los Soportales y entraba en nuestra arca de los Repartimientos.
El agua entraba por una toma de madera y continuaba hasta otra de plomo desde donde se enviaba a ocho caños que enviaban el agua hasta el Monasterio, incluso a sus pisos más altos, (por ejemplo, en el coro de la basílica), donde era recibida en pilas, fuentes o pilones con sus cañerías y bocas de bronce. Un operario o fontanero regulaba el caudal de cada caño usando unas llaves llamadas tarugos (nombre que luego se usó para referirse a gente de pocas luces).
El Arca estaba construida en base a bloques de piedra berroqueña, tanto los muros como la cubierta. Interiormente, debía haber diferentes pilas para filtrado y decantación de las aguas entrantes antes de su envío al monasterio. El filtrado se hacía en base a lechos de piedra finamente machacada para eliminar las partículas e impurezas que pudiese contener, como se hace hoy día en las modernas estaciones de tratamiento, pero en aquella época sin componentes químicos.
Setenta y siete fuentes y receptores estaban conectadas a las ocho conducciones que, saliendo del arca, descendían por los jardincillos, callejón de Grimaldi, Lonja y accedían al Monasterio por la que hoy es la entrada de turistas. Un noveno tubo, muy posterior, proporcionaba agua para ganado y paisanos en una fuente y abrevadero que se denominó del Caño Gordo, supongo que por su abundancia. Esta última se trasladó a la plaza de la Cruz, coronada por un símbolo que, hoy, de Cruz tiene poco y de ¿masonería?, mucho.
Dos caños abastecían iglesia y palacio y la zona de la torre de las Damas y sus jardines, llegando al estanque del Bosquecillo, (hoy piscina del Colegio Alfonso XII). Otros dos alimentaban el Colegio y los otros cuatro, el convento y sus jardines. Estos últimos también se empleaban para almacenar el agua en aljibes para la higiene y las necesarias (que hoy llamaríamos retretes o letrinas), así como para las cocinas. Las aguas terminaban regando la huerta junto al estanque de Blasco Sancho, hoy bien visible, que funcionaba también con su propio manantial.
Ni qué decir tiene que el agua llegaba filtrada y decantada en régimen laminar hasta cada punto de destino merced a la diferencia de altura entre el emisor y el receptor. Entre el arca y la cota de la lonja hay una diferencia de altura de unos veinte metros y una distancia de doscientos metros de modo que, aun a pesar de la pérdida de carga, da una presión suficiente para alimentar las zonas altas del complejo monástico. En algunas partes del Monasterio, el agua se calentaba para permitir un uso saludable.
Y así discurrió la vida de nuestra arca sin grandes sobresaltos. Aunque es menester narrar que allá a finales del siglo XVIII, nuestro gran arquitecto Juan de Villanueva no ocultó su sorpresa ante el atrevimiento de un tal Gabriel Varela, que fabricó una casa-chabola que adosó a la fachada de piedra del Arca.
En 1911 se presenta un proyecto de reforma del Arca que con su mole dividía las plazas de San Lorenzo y los Jardincillos. Con el derribo de la vieja Arca moría un edificio histórico. De paso, se urbanizó la plaza de San Lorenzo. Para los Jardincillos, se hizo venir al ilustre Jardinero Mayor del Ayuntamiento de Madrid, don Cecilio Rodríguez (ver su obra en el parque del Buen Retiro en Madrid), que colocó la cascada al pie de donde otrora habitó el Arca de nuestro artículo.
Y un alcalde, acaso sensible, decidió mantener un pequeño recuerdo de este importante ingenio que daba agua a cortesanos y menesterosos, a hidalgos y villanos, a monjes y a laicos. Todavía podéis ver, si os acercáis, la piedra del Caño Gordo (en la plaza del Alaska) que recuerda esta arca desaparecida.
Ya dijo el filósofo. El pico y la pala no tienen misericordia.
Mis agradecimientos a mis paisanos por la luz de su memoria y al Archivo del Ayuntamiento de San Lorenzo por su ayuda.




