El almendro que dio permiso a sus flores

Aún hace frío, principia el mes de marzo, pero el árbol sabe que sus flores están ansiosas por salir.
CAMINO GARCÍA-BALBOA.- Siria. Una embarcación va a salir de Biblos. Un hombre, casi anciano, ha acudido a despedir a su nieto que parte en un barco a comerciar por el Mediterráneo. El destino es un tanto incierto, depende de cómo se quiera portar el mar; el barquillo, un trastabillado corcel marino, no está para grandes epopeyas. El anciano se mueve con pasos cansados y una tristeza acallada que disimula para no quitar valor al nieto: es la primera vez que se va a hacer a la mar. Cuando el barco parte, la larga estela sobre el agua deja en el corazón del anciano como un surco de congoja. Pero la vida es así, el muchacho ya tiene la edad a la que su abuelo, su padre y él mismo comenzaron a dedicarse al comercio, y también partieron otrora con los cargamentos de púrpura, vidrio, metales, incienso, e incluso a veces hasta marfil tallado. El abuelo ha preparado un zurrón al chico. Con mimo y nostalgia lo ha llenado con un puñado de dátiles, un pan y una vasijilla de aceite. Además, le ha puesto una sorpresa: unas semillas de almendro, para que cuando lleguen al lugar que sea, ojalá su añorado Gadis, sea el nieto quien las arrime a la tierra, y de este cobijo nazcan los preciosos arbolitos frutales. También ha escrito algo en un papiro, en lenguaje que sólo entenderán los que de su misma cultura lo atiendan.
Han pasado muchos muchos años. Las semillas paseadas desde Oriente terminaron en el reino de Castilla, y han dado fruto en la huerta monacal de un monasterio custodiado por frailes jerónimos en San Lorenzo de El Escorial. Allí, en el huerto, ha crecido un bonito lindero de almendros. Un poco apartado, digamos que, desalineado del resto, una copa poblada y como más esbelta adorna el árbol que tiene las yemas más maduras. Aún hace frío, principia el mes de marzo, pero el árbol sabe que sus flores están ansiosas por salir. Ha contado durante todo el invierno el número de horas de frío, que aún continúa durante las noches de la incipiente primavera. Pero, aunque temeroso de que alguna helada tardía las pueda hacer sufrir, al saberlas tan emocionadas, como padre benévolo que es, por fin, les ha dado el permiso. En su decisión también ha influido que él bien sabe que, si se retrasa mucho el momento, el excesivo calor o la falta de agua podría matar a los frutos de sus niñas.
Las flores han preparado durante mucho tiempo sus vestidos nuevos de pétalos rosados, pero como no todas han sido igual de trabajadoras, algunas, las más remolonas que se han quedado dormidas en las zonas de sombra, no han espabilado y llevan los arreglos con retraso. Pero en pocos días estarán todas listas y formarán una preciosa esfera de color. El tallecito esbelto da a la silueta de cada una un aspecto dulce, como aniñado. A pesar del alborozo de las flores, al almendro le embarga cada año por esta época una profunda nostalgia, porque sabe que cuando crezcan, y cuando luego estas florecillas alumbren las almendritas, las perderá para siempre, porque se irán, cada una según su suerte, a servir en oficios distintos: algunas serán condimento de guisos; otras alegrarán las fiestas arropadas en deliciosos turrones navideños; y otras serán la base de ungüentos que calmarán pieles y atenuarán dolores.
Es entonces cuando recuerda el almendro cómo llegó él a San Lorenzo de El Escorial. El Padre Claret escribió una carta solicitando a un amigo de Cádiz que le regalase varios ejemplares. El Monasterio estaba entonces triste y desvencijado, después de que el despiadado de Mendizábal expulsara a los jerónimos y quedaran muros y jardines en un estado de desolación. Pero el Padre consiguió traer unas cuentas docenas de jóvenes almendros, que fueron trasladados desde el jardín de su amigo el gaditano al mismísimo centro de Castilla.
Lo que nadie sabe es que el almendro guarda entre sus ramitas un papiro: es la carta que escribieron sus antepasados desde las costas de Siria, cuando aún no habían hecho el gran viaje a la Península Ibérica. La familia del almendro era una familia de aventureros. Los fenicios, que así se llamaban, vivían en una franja estrecha de tierra, limitada por una cadena montañosa que de tan escarpada los empujó al mar, y allí se hicieron grandes conocedores de tantas cosas, incluso supieron crear una forma de escribir más sencilla que la de los jeroglíficos de los egipcios. Y en este lenguaje pensado para ser entendido, mandaban mensajes como el que cobija el almendrito de El Escorial. Contenían en lenguaje cuidado y cariñoso, consejos y palabras de aliento destinados a sus descendientes, desperdigados por tantas tierras distintas. En realidad, representaba la unión entre todos, la familia. Por eso este almendrito guarda con cierto temor el mensaje escondido, y tiembla, y le rujen las ramas cuando pelean y luchan porque el viento traidor no se lo quiera llevar. Y lamenta que empieza a sentirse anciano y cansado, pero disimula la tristeza para no desanimar a sus flores. Quiere que salgan, y se luzcan, porque es la primera vez que se van a lanzar a brillar.




