Dionisio Ridruejo, un poeta incómodo

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José Antonio Perea Unceta.- En mi último artículo destacaba del poeta gurriato y alfonsino Arturo Serrano Plaja su periplo personal del comunismo a la religiosidad.; en éste, dedicado al poeta soriano y mariacristino Dionisio Ridruejo (1912-1972) el viaje fue inverso: del nacionalsindicalismo a la socialdemocracia.
Afiliado a Falange desde 1933, fue siempre de la máxima confianza de José Antonio Primo de Rivera. De hecho, fue uno de los creadores de la letra de su himno, “Cara al sol”, en aquella reunión del 3 de diciembre de 1935 en el bar madrileño -pero restaurante vasco- “La Cueva del Or Kompon” del grupo de poetas amigos del fundador del partido entre los que se encontraba su compañero del RCU María Cristina Rafael Sánchez Mazas. Jefe Nacional de Propaganda de FET y de las JONS y Director General de Propaganda (1938-1941), fue el máximo responsable de esta actividad durante la contienda civil y en los años posteriores, auxiliado por su también compañero de estudios Antonio Tovar (director de Radio Nacional de España y después Subsecretario de Prensa y Propaganda). En esos años inicia su andadura como poeta, encuadrado después en la Generación del 36, y ejerce como director -entre 1940 y 1942- de la revista Escorial, en cuyo equipo en estos años se encontraban, entre otros, los gurriatos Román Escohotado y Luis Felipe Vivanco, así como Pedro Laín Entralgo, Leopoldo Panero, Edgar Neville, Gonzalo Torrente Ballester o Luis Rosales.
A pesar de la intensidad de su actividad política en los convulsos años treinta, la experiencia que marcó y cambió su vida fue su marcha a la División Azul, combatiendo en Rusia entre 1940 y 1941, y que plasmó en sus Cuadernos de Rusia, hasta el extremo de que provocó una revisión en conciencia de su pensamiento político y de la situación de España. En 1942 renunció a sus cargos y emprendió, por un lado, una intensa labor como poeta, en la que destacamos Sonetos a la piedra (1943) y En once años (1950, Premio Nacional de Literatura). En el primero, con sonetos al Monasterio de El Escorial en su conjunto (“Llanura vertical y torreada, milicia de la piedra en el sosiego…”, “Monte ordenado en líneas de llanura, ¡oh gigante rendido a la armonía!”) y a rincones como el Patio de los Evangelistas (“primavera interior, huerta divina”). Especialista en sonetos clásicos, su poesía fue definida por el también mariacristino Dámaso Alonso como de “poesía arraigada”, garcilasista y de lengua pura y clara.
Y por otro, una progresiva crítica y enfrentamiento con el Régimen, que le suponen varios destierros, la fundación del partido Acción Democrática en 1956, el encarcelamiento y varias estancias en el extranjero. Entre estas actividades, la participación en el IV Congreso del Movimiento Europeo en Múnich en 1962 -el denominado ‘Contubernio de Munich’- le impidió volver a España y le obligó al exilio en, primero en París y posteriormente en ese imán norteamericano de exiliados españoles que fue la Universidad de Wisconsin-Madison. Como colofón de su actividad política opositora, en 1974 fundó la Unión Social Demócrata Española, que formó parte de la Plataforma de Convergencia Democrática.
Su figura fue tan particular y discordante que a su entierro en el Cementerio de La Almudena acudieron personas de muy diferentes adscripciones ideológicas, lo que demuestra el respeto a su trayectoria literaria y política. Además de su amigos y compañeros citados, asistieron, entre otros, escritores como Camilo José Cela, Juan Benet, José Caballero Bonald, Gerardo Diego o Antonio Buero Vallejo, y políticos como Joaquín Ruiz Giménez, Íñigo Cavero, Ramón Serrano Suñer, Pilar Primo de Rivera, Fernando Álvarez de Miranda, Oscar Alzaga o Gregorio Peces-Barba. En el panegírico funerario nuestro Premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, le definió como un hombre íntegro y de conciencia, como “un castellano de la más alta y sobria Castilla al que España trató con malos humores de madastra”.




