Pregón de las Fiestas de San Lorenzo por Javier Santamarta del Pozo. «¡De orden de la señora alcaldesa se hace saber!»

Javier Santamarta Del Pozo, pregonero de las FIESTAS DE SAN LORENZO 2025 ©Fotos Mariano Leiva.
El escritor y divulgador histórico, Javier Santamarta del Pozo, vecino de San Lorenzo y coordinador y promotor de las Jornadas sobre La Leyenda Negra, nos deleitó ayer ocho del ocho a las ocho con un magnífico pregón que dio inicio a las Fiestas Patronales de San Lorenzo. Puedes saber más del pregonero leyendo la entrevista que le realizó Crónica de Abantos en el número 13 de julio. A continuación puedes lee el pregón completo.
¡De orden de la señora alcaldesa se hace saber!
Que con permiso de la autoridad, y no habiéndolo impedido el tiempo, este pregón se viene a dar. ¡Oíd! Queridas, admiradas y siempre bellas e inteligentes gurriatas, mujeres serranas recias como pocas en esta España, bailarinas ágiles haciendo trompos con vuestras faldas en el rondón. Estimados gurriatos. Caciques que hayáis subido de la Leal Villa. Veraneantes, colonos y forasteros aquí presentes. ¡Oíd! Que hoy es día en que todos somos iguales, y nadie es más ni menos aunque no tuviera la dicha de ser nacido a las faldas del Guadarrama, con una parrilla por blasón. De ser criado con las aguas fluyentes del Estribo, de los Capones o del Seminario. De haber crecido a la sombra del largo y ancho paredón donde dar pelotazos y jugar a la goma, también llamado Monasterio y Lonja. De haberse dado los primeros besos en las noches sin luna en la Bolera, en Terreros o la Herrería. De tomar el bocata con Marilyn, Gilda o con Harrison Ford en el Variedades. De haber recibido los sacramentos ante la de Gracia o la nueva de San Lorenzo. En suma, de todo lo que, los que no tuvimos tal suerte, hemos querido sentir en cierto modo y hacerlo también nuestro al empadronarnos, unos de finde en finde, o vacacionando donde las noches te permiten arroparte con una fina colcha mientras que por las ventanas se atisba la canícula madrileña capitalina agostada en fuego de asfalto. Otros, haciendo de este Real Sitio nuestra casa. Nuestro hogar.
Hogar donde la Historia sigue viva como si el tiempo quisiera hacer la rabona en calles y parques llenos de fantasmas, que acaban tomándose un helado en los Valencianos, pues no fuera raro que el Segundo Felipe estuviera en la metálica silla de al lado, a la fresca de la calle de Juan de Leyva (¡qué mejor sitio que la de una dedicada a un virrey de Nueva España!), ya que fuera él gran amante de este postre que popularizó en la Corte. O dándole a una jícara de chocolate con unos recién fritos picatostes en el Miranda Suizo, donde tal vez se pueda oír cuchichear a Carlos II con su sobrino nieto Felipe V, reconviniéndole aquél lo tonto que había sido éste por no quedarse en la Cripta con la familia, y elegir descansar donde la antigua ermita de San Ildefonso. ¡Cómo si en esa granja se pudiera disfrutar de tantas y tan buenas ventas y mesones como en San Lorenzo! Porque, seamos sinceros. Tal vez lo primero que los foráneos hagamos sea hacernos los culturetas y venir con las aviesas intenciones de empaparnos de conocimiento, ¡pero luego no perdonamos darnos el homenaje gastronómico que este pueblo para comérselo, en expresión de un ilustre vecino, ofrece.
Y aunque sea cierto que, tras pasar por un valle de cuyo nombre no quiero acordarme, aparcamos libremente los bien informados en la Calleja Larga, cierto es que podemos quedarnos epatados ante el níveo Cristo de Cellini, que desnudo llegara desde Florencia, y a hombros de 50 hombres traído desde El Pardo para que traqueteo alguno de mulas o bueyes lastimara tal belleza. Pasar sin darnos cuenta por una imposible bóveda plana donde, ay Herrera, Herrera, que con el rey no se juega, para hacer de papamoscas con la boca abierta desnucándonos sin saber a dónde mirar. Buscar ladrillos de oro para cerrarle la boca a un envidioso rey de Francia, aunque sea latón hueco que guarde a Santa Bárbara para evitar rayos. Rayos que aun así y todo cayeran para incendiar las piedras berroqueñas y, lo que fue peor, tantos libros de la babeante Biblioteca Laurentina. Lugar que casa mal con negras leyendas de una tierra atrasada y de espaldas a la ciencia y al conocimiento. ¡Pero qué van a decir quienes mal nos han querido porque mucho nos han envidiado! Tonto sería que lo hiciéramos nosotros mismos… que lo hacemos. Y por eso no hay que dejar de pasar bajo los frescos ideados por el padre Sigüenza de las Artes Liberales, en una auténtica Capilla Sixtina laica para sorpresa de ignaros y comebulos..
Ni dejar de admirar Grecos, Zurbaranes, Tizianos, Riberas, Veroneses, Tintorettos y un curioso Velázquez donde, los mismos que un día están mostrando la ensangrentada túnica de José a Jacob, otro día están en Madrid dándole a la bigornia en la fragua de Vulcano. O de imaginar desde la menguada cama desde la que se dominaba un orbe que no era suficiente, un jardín de las delicias que sólo un genio como el Bosco pudo imaginar, y sólo un monarca renacentista como pocos, pudo disfrutar. No quiero dejar pasar por al lado de la yacente estatua del vencedor de Lepanto, de un Jeromín de tan bellas facciones que, cuando los peripatéticos vigilantes se descuidan, dicen que acaba con restos de carmín en sus mejillas. De no querer pensar mucho ante una aparente tarta marmórea de macabro relleno. O de bajar sin saber junto a un pudridero para llegar a quienes lo fueron todo, y como ellos se ven así tú te verás. Que la Canina, al fin y a la postre, a todos nos iguala para la eternidad.
Llegar agotado a una Sala de Batallas donde se cuenta que, orientada hacia el frescor norte del Abantos, se hacía esperar a los embajadores de otras naciones para ponerles a punto antes de que, pelín ateridos y asombrados por las tropas desplegadas allí plasmadas en un poderío desbordante, les recibiera un prudente rey con un «sosegaos, sosegaos» con estudiado retintín, que no hacía sino darles el remate para todo lo contrario. Cientos de estancias, con miles de ventanas, rodeado de rosales y de un estanque donde Felipe II, sentado enfrente y hoy enrejado por nuestro vigilante y en extremo celoso, querido Patrimonio Nacional, sigue esperando ver de nuevo arrullarse a unos cisnes enamorados. Un lugar que fuera colegio, monasterio, palacio, biblioteca, pinacoteca y basílica hace más de cuatro siglos y medio… para seguir siéndolo hoy, todo eso, en nuestros días. ¡Un monumento vivo! Que también fuera Farmacia Real, Mesa de Guerra o sede del Espía Mayor. Que algunos dicen que está redivivo en una actual gaceta de abecedario nombre.
Pero no quiero hablar de este palacio monasterio de San Lorenzo del Escorial, no. ¡Siquiera insistáis! Muchos otros han hablado antes más y mejor de la Octava Maravilla del mundo y, sobre todo, a nuestra vera lo tenemos para que hable por sí mismo. Por eso obvio ni referirme a él. Pues tan imponente es el lugar, que los que viniéramos con esa insaciable hambre por saber, salimos saciados, cierto, pero también roncando nuestros estómagos por la más mundana. Y aquí es donde ya el Real Sitio te remata. Pues si venías libre de pecado tras confesar, recibida la comunión y hecha la penitencia de haber subido y bajado por los ciclópeos escalones de sus ochenta y seis escaleras, ahora te espera el pecado en forma de gula. No queda otra.
Aquí la decisión es azar indolente sabiendo que si yerras, será más bien porque el éxito haya dejado que el mesonero se haya despistado, siendo merecedor como poco de un baño en la fuente del muro del Monasterio, de cuyo ahogamiento se librará por estar sin líquido alguno, o en la de la Plaza de la Cruz, donde no hay ninguna, pero agua de sobra hay para acuífero y tradicional castigo. Duda entre qué bando elegir, entre Martines y Charoleses, con la puntilla de un apastelado y dulce refrigerio. Que será porque calles como la de Cañada Nueva, Pozas o Calvario, o rutas como las de la Presa hasta el mirador o hasta la famosa Silla filipina, no conviertan sino en necesidad edulcorada la existencia en tan pocos metros de Pacopasteles, Alaskas y Pontones, donde salir con más energía que con cienes de barritas energéticas propias de innecesarios gimnasios, y que me perdonen tantos que hay en este cardiosaludable municipio, ¡pero con la capacidad que este pueblo tiene para ponerte los más firmes glúteos, acudir a ellos es vicio! Tanto como darse a las bizcotelas, las torrijas, roscones o cruasanes rellenos de estos establecimientos. Callad. ¡Ahora me he dado cuenta del porqué, además, hacen falta también dichos centros de salud!
Aunque, ¿hay algo más saludable el que este pueblo se haya convertido en «destino Foodie», como dicen los finos influencers de las Corralas 2.0 que son las redes sociales, para hacer de la gastronomía un sitio real en el real sitio? No neguéis lo que vuestros paladares saben que es así. Pues tradición e historia vuelven a darse de la mano para asombrarnos a cada esquina. O lo que no es una esquina. Pues hace ya 120 años de un restaurante que esperaba en el paseo de las embarazadas a que dieran el mismo para servirles un reponedor ágape. Negar que los forasteros uno de los primeros lugares que visitamos cuando el hambre no es cultural, sea al Horizontal, es negar lo evidente. Cuentan que algunos varones capitalinos, en época de berrea, tenían como estratagema una cena en el local tras haber solicitado a Aurelio que la mesa fuera junto a la crepitante y romántica chimenea.
Las familias no negarán que más de una vez habrán comido bajo vigas originales del siglo XVI, cosa que tal vez ignoraran. Y es que hacerlo en la «Casa de los Doctores» es casi una necesidad o, al menos, una experiencia cuasi divina. Especialmente para tomar un cocido al que hay que prepararse llegando sin cenar desde el día antes. Y es que lo que prepara Manolo Míguez es cosa seria. Como serio y de lujo es hacerlo en la antigua Posada de las Ánimas, de 1768, donde Juan de Villanueva, el arquitecto del Prado, proyecta en tiempos de Carlos III este clásico para darnos a los asados como si de nuevo el tiempo quisiera hacernos creer que por acá no quiere pasar.
Sé que se acerca la hora de cenar y mis palabras estarán comenzando a remover los jugos del buche, pero no tengo la culpa de que no hayan venido disfrutados de Las Viandas, el Corcho, del Asador del Rey, o del Caserío. Que les haya preparado una pasta rellena Alfredo en su Il Duetto, o hayan ido a tomar el mejor torrezno que se pueda uno comer en todo Madrid y aún diría que España, como el que ponen en Luz de Lumbre. Que no se hayan dado a las hamburguesas de las vacas rubias que cada noche pasean sueltas por donde andariegos con bastones y paseantes perrunos lo hacen por el día, bien en el DonFe, en Al punto, o en el novedoso lugar de esa cosa extraña llamada smashburguer, donde te acabas tomando de guarnición con ellas tus propios dedos. O ser conocedor de un vecino de Las Casillas para que te haya llevado a tomar una fritura en el Rincón Andaluz, alejado y escondido de los foráneos. O que te haya puesto lo que le haya salido a Carlos de los peroles en Subiendo al Cielo. Pero esto es lo que hay, que por haber tenemos para elegir incluso hasta un cenador japonés obra de un verdadero nipón, que es ya más gurriato que muchos, con la sospecha de tantos de que en su pequeña persona se encuentra un silencioso ronincuyos recuerdos íntimos deja entre las hojas de wakame.
Los más gourmand no se van a quedar atrás o con excusa para no venir y yantar en este hogar serrano de Lúculo. Para que se hagan una idea, tener éxito no es el más grande el que alcanzara Dani en su Montia con su estrella Michelín. ¡Es que yo acabara comiendo sus callos, que los odio! Que ya tiene narices ir a un restaurante de esos de aparente pitiminí, y yo acabe pidiendo repetir los callos. O dudar cuando llega Manuel en Vesta a decirte lo que tiene, de si pedirle sus bravas a su manera, o las ostras rizadas marinadas con emulsión de mejillones. Por no hablar de no saber qué vino pedir por copas ante el aluvión de raciones imposibles que Miguel te ha preparado en su Antioquía.
Pero San Lorenzo de El Escorial es más que gastronomía, por supuesto. Son sus comercios, donde inevitablemente también están presente sus gentes. Pues si no te has llevado una buena carne en Barcala atraído por su vaca bicolor, la puedes encontrar asimismo en el viejo cuartel de las Guardias Walonas, esto es, el mercado que aún guarda las esencias de mercado tradicional, en espera de un futuro aún más prometedor, o al menos eso todos deseamos. Como es deseo cada una de las delicatesen que en La Carpetana ofrece el siempre circunspecto Guillermo, trayéndonos sabores de toda España y aún del mundo, y compitiendo su isla de quesos con los propios de la Cabezuela. Ya lo siento por aquellos que odien este manjar, pero no saben lo que se pierden. Como es perderse en Azorín por sus estanterías llenas de libros de ayer y de hoy; o para encargarle tu última novela favorita a Quesada mientras te llevas el periódico en papel. Comprar un décimo de los que toca (¡que vaya racha!) en Pepito Herranz; llevarte una camisa de las buenas en Tempo Libero haciendo que Luis deje de ver el golf en el ordenador; que te corte el pelo Conchi, que siempre intenta arreglar mi procelosa barba; o comprar decoración de la bonita en Luz y Regalo. Como regalo es sentarte en la Plaza de San Lorenzo a disfrutar de la charla con un café, un vino, o un simple refresco; o tomar un aperitivo a lo largo de los soportales de la calle de la reina Victoria, o a la noche trasegarte una copa en la plaza de la Cruz.
Porque cuando te topas con un pueblo a la medida del hombre, es cuando te das cuenta del auténtico privilegio de vivir aquí. Pasear por donde lo hicieron personalidades como Ortega y Gasset, Jacinto Benavente, Carlos Arniches, los hermanos Quintero… (por nombrar apenas unos pocos). Donde viene el Rey, como quien no quiere la cosa, a imponer sus hermenegildas a la que es su casa. Donde es normal encontrar por sus calles políticos y actores, y a nadie le dé una higa toparse con ellos. ¡Qué rematadamente jodido es hacerse popular en San Lorenzo! Pues un lugar que rezuma tanta historia entre el radón escondida, crea como una especie de magnetismo que hace a los gurriatos inmunes al postureo. Aquí se tiene muy claro que lo importante es el «¿y tú de quién eres?», y con qué remoquete se conoce a tu familia. Aquí la hospitalidad va de suyo, se lo puedo asegurar habida cuenta de que llegué un soleado día de febrero solo con mi perro Zar, y centenares de cajas llenas de libros y de soldaditos de plomo, a una casa que consiguiera un súcubo rubio hechizándome para dejar la calle Mayor 22 de la Villa y Corte, por la que es un inspirador altozano urbano donde moro.
Pero llegar «a ser de aquí», tiene sus fases. Sus ritos iniciáticos. No vale que de joven hormonado vinieras a Keeper a ligar con las internas del María Cristina. Que hayas disfrutado de sus fiestas, como las que vienen, o tengas un abono en la bombonera que es el Teatro Real Coliseo, para disfrutar, ora de un clásico, ora de un ballet, en un entorno mágico inigualable. Ni siquiera que estudiaras en el Alfonso XII, e interpretaras algo en Navidad o Santa Cecilia en ese escondido paraninfo que es ya sede de las exitosas (con perdón) jornadas sobre la Leyenda Negra. No. ¡Es que seas romero! Y aquí ya entramos en otro nivel. Mayor que ir a que le echen agua bendita al perrete en San Antón u obnubilarte con las dulzainas en San Sebastián. ¡Pero que mucho más! Uno, que es de natural «echao palante», aún recuerda su primer año experimentando sin que nadie le hubiera avisado, lo que fue recordar mis tiempos en Sarajevo a las cinco de la mañana con los zambombazos de las bombas reales. Tras conocer que no era un ataque de morteros por parte serbia, sino llamada al Rosario de la Aurora, a la que venía chocolatada, y luego trajín de carretas y caballerías hacia la Ermita de la Herrería donde llevar a la Virgen de Gracia, hete aquí que al año siguiente me dispuse a mimetizarme como local con mis vaqueros, mis botas, mi camisa blanca, un pañuelo azul que me regalara mi buen amigo colono Fernando del Campo, y una boina Elósegui de cuando estudiara en Bilbao. Y me volví. Me volví a mi altozano. Porque ahí pintaba menos que Paco Martínez Soria llegando a Atocha. Que una cosa es que quieras integrarte, y otra no haber mamado ciertos eventos que están y corren por las venas de las gurriatas y gurriatos de pura cepa. Al margen, incluso, de la religiosidad personal de cada uno. ¡Pero la romería es sagrada! Incluso para los que no creen. Pero sí creen en las tradiciones y en lo importante que son.
Como las fiestas de San Lorenzo. ¿Les he hablado del santo y del porqué se conmemora? Creo que no. Tampoco es que sepa mucho, no les quiero mentir. Este oficioso santo patrón de las barbacoas, como decía un amigo pelín hereje con bastante retranca, es nuestra razón de estar hoy aquí para conmemorarlo. San Lorenzo es un santo que me cae simpático. La verdad es que uno, feo, católico y sentimental, como un Bradomín cualquiera, debería de tener más cultura religiosa, que para eso fui a La Salle. Será que no dejaban de ser afrancesados los hermanos del babero, pues no era materia dura la hagiografía. Y reconozco que lo más que sé es que fue santo y que llegó a ello por la vía del martirio, que es la más canónica y ejemplarizante, sin duda. Estoy convencido que muchos acá conocerán mejor su historia (¡y no digamos el Páter!), pero lo que creo que sabemos todos sin duda es la forma en que se ganó la palma. Y en un, si no es cierto está bien contado, hecho que a todos nos admiraba. Que en pleno tormento sobre la parrilla, cual inconsciente guiri en el Mediterráneo, tuviera la chulería de soltarles a sus verdugos: «Dadme la vuelta que por este lado ya estoy hecho». Esto, cuando lo lees o escuchas de chico, dices, ¡qué tío! Pero te quedas con la parte de la anécdota mas no con la enseñanza que una reflexión puede llevarte cuando meditas sobre ello.
«Oiga, oiga, que estamos y queremos dar paso a unas fiestas. ¡No me hable de meditar ni de reflexiones, señor pregonero! No nos suba los humos, que bastante calorina hace en estos días, ya real meteorológica, ya porque no parece sino que andemos a la gresca con todo y por todo de un tiempo a esta parte». Cierto, vecino. Pero acá es cuando nos viene nuestro San Lorenzo a darnos una colleja. ¿Que las cosas no son como esperabas? ¿Que para colmo te hace sufrir, te enoja… te quema? ¡Pues vuelta y vuelta! Y a las penas, puñalás, que le dicen. Porque muchas veces el mirar atrás puede traer dolor, y hasta hacerte olvidar lo que tienes. Y el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, (¡caray con el nombre cada vez que tengo que rellenar un papel oficial!) es, seguramente, mucho más que los que lo habéis mamado, creéis. ¡Que es mucho! Pues los gurriatos sois gente orgullosa, coñona, firme. Como aquel paisano que, el día de la nevada de la Filomena, me vio entre la nieve cual escalador en el Tibet entre San Pedro Regalado y Padre Sigüenza, y al notar mis crampones en las botas, me espetó con media sonrisa: «¿Qué? ¿Nos hemos puesto cadenas?», tras lo que siguió su paso andando sobre la blanca nieve como quien levita, mientras yo porfiaba hundiendo cada pata a cada paso, hasta el corvejón.
Este lugar me ha enseñado muchas cosas. A tomar el tiempo (de nuevo el tiempo), de otro modo. Como cuando por la calle del Rey se te para un coche delante porque desde la ventanilla va a saludar a un conocido. A hacer tertulias entre todos los que están comprando en una tienda, porque ya que estás te metes en la conversación. A valorar a los que al alba están limpiando esas calles que luego nos quejamos de que están sucias (por generación de basura espontánea, supongo). A aquellos que madrugan para coger un autobús interurbano o para ir a tomar ese Cercanías nada cercano y con una frecuencia ampliamente mejorable, en trenes y horarios. A los que trabajan cuando dormimos para despertarnos con una grata sorpresa, como las que emanan humeantes del Obrador Abantos, o aquellas porras y churros irrepetibles e inigualables que Antonio preparaba y Paqui despachaba siempre con una sonrisa… y con alguno de más en la bolsa de los que habías pedido.
Paseé mucho gracias a mi mencionado perro Zar, y ahora con Nikon y Juno, andando por sendas y dehesas intentando llevarnos bien con bastoneros, ciclistas y runners, y pegado la hebra en los (¡ejem!) ciertamente mejorables presuntos parques caninos. Saludando a desconocidos sólo por el hecho de darnos los buenos días o buenas tardes. He admirado la cantidad de gente que está implicada en temas culturales, y sus asociaciones (como el Ateneo Escurialense, la Peña San Lorenzo, el Colectivo Rousseau, Floridablanca, Medinaceli, o nuestros queridos y cincuentones Zipi y Zape). Escuchado por las ventanas, por Grimaldi, la música que los alumnos del Padre Soler, a los que había visto temprano horas antes, cuando salían del autobús cargando con sus instrumentos, atacaban con ganas y sin desafinar. He conversado con autores que, cuando les proponía dar una charla en la antigua Casa de Oficios, obra de Juan de Herrera, y parte integral del Palacio Monasterio, venían más que encandilados admirando de reojo el simple artesonado o los gruesos muros de la Casa de Cultura. Que pienso que en este pueblo tan señero debiera de recuperar su antiguo nombre. Pues la cultura es un oficio y no de los menores, y habría que estar orgulloso de ello. ¡Qué bello sería recuperar todos los viejos nombres para realmente dejarlos como seña propia de este Real Sitio! Que sé que se está en ello, pero ojo cuidado al elegirlos. Que lo contento que fui yo a los tradicionales Cursos de Verano de mi Alma Mater, la Complutense, y en estos tiempos de corrección política donde se menta con cariño a las personas que tenemos discapacidad, y va y al Cuartel de Voluntarios a Caballo (con lo bonito que suena), queda al final la sede de dichos cursos, nominada como Cuartel de Inválidos. ¡Hombre, ya es tino! Pero también buscar nuevos para quienes hicieron historia en este lugar, como la pintora Sofonisba de Anguisola, con cuyos pinceles hemos visto el mejor rostro de nuestro originario fundador.
He escrito y firmado todos mis libros (¡no tengan pánico, no vengo a hablar de ellos!) en San Lorenzo de El Escorial. Y me he sentido orgulloso de poner ese final bajo mi firma. Porque seguramente no hubieran sido igual en otro sitio. Para nada. He salido con Los Negros procesionando con el Santo Sepulcro gracias a Quique París, que en esto de hermandades sabe lo suyo. Y bajo un alto pino cerca de un claro para que tenga buenas vistas, he dejado las cenizas de Zar, para que así no le falten piñas, que tanto le gustaban, para jugar. Y por eso os digo, queridas gurriatas y estimados gurriatos, que a lo mejor tenemos que venir de fuera alguien para recordaros la gran suerte que tenéis. Que a veces la falta de perspectiva nos hace perder el horizonte de un lugar que es ahora de nuevo meca de artistas, políticos, periodistas, escritores… que ven un oasis desde el que trabajar o descansar, como desde hace más de cuatro siglos y medio se viene haciendo, desde el Real Sitio sanlorentino, hacia el mundo entero. Que aquí llegaba gente de todo el planeta, pues venían embajadas de todo el orbe. Del lejano Cipango, de Catay, de Filipinas, de las Nuevas Españas, de la incógnita África, y de Europa entera.
Hubo un tiempo en que, gracias a San Lorenzo y a aquella batalla en que, mala la hubisteis, franceses, en esa de San Quintín, de un 10 de agosto ya lejano, un sueño se hizo realidad a las faldas del Guadarrama. Con espíritu propio que no es, ni castellano segoviano, ni madrileño manchego. Que es propio. Y del que estar muy ufanos. Sin cosmopaletismo ni adoración al ombligo, ni boinarosca. Sin añoranzas. Que el futuro está por escribir. Aprendiendo de la Historia (¡cómo no hacerlo si estamos viviendo en ella!), pero mirando al futuro. Mejorando. Y disfrutando con lo mejor que pueda haber: vosotros. Porque, no lo sabéis y por eso vais a permitir a éste que es vuestro pregonero que os lo diga: este año claro que habrá en las fiestas fuegos artificiales. ¡Lo sois todos y cada uno de vosotros!¡Grandiosos fuegos! Y para nada artificiales. Pues estáis llenos de un ardor para asar más de las 18.200 parrillas vivas que sois. Y si en algún momento notáis que se queman, ya sabéis. Dad la vuelta. Y a por más. Y a iluminar este cielo surcado por las Perseidas con vuestras risas.
Seguramente por mi mala cabeza y peor memoria no he mencionado a muchos y algunos aquí serán amigos de estos y otros serán enemigos de otros. Insisto. Da igual. A partir de hoy no hay gurriatos ni caciques. Veraneantes o forasteros. De un lado o de otro. Del Zaburdón o de las Casillas. Negros o Blancos. Austrias o Borbones. Hoy somos todo un pueblo que quiere disfrutar y nos lo merecemos, ¡qué caramba! Con lo que, dando las gracias a la alcaldesa, Carlota, y a la concejal del ramo, Myriam, con el preceptivo permiso de la autoridad, y con el vuestro por escucharme, ¡que den comienzo las fiestas!
¡¡Viva San Lorenzo!!
Javier Santamarta del Pozo







