De caballerizas reales a bolera americana

J. C. Sainz de los Terreros (Representante del Duendecillo Bolilla).- Hoy, el relato del duendecillo del Monasterio está dedicado a recordar un lugar muy especial de este Real Sitio, lleno de historia y vida gurriata, que según me ha contado lo conoce muy bien, pues no se perdía nada de lo que aconteciera en él. Hoy es conocido como “EL PARQUE”, aunque, según Bolilla, tuvo varios nombres a lo largo de los años.
A finales del siglo XVIII, por su cercanía al Monasterio, era el lugar que ocupaban las CABALLERIZAS REALES Y REGALADA, ordenadas construir por Carlos II, para la guarda de los carruajes y de los cientos de caballos utilizados por los Reyes y su Corte, para moverse durante las “las Jornadas” que en otoño pasaban todos los años aquí, y cuidar de los equinos que le regalaban.
Ya desaparecidas, en 1861 el edificio de la primera Casa de Oficios fue cedido por la Reina Isabel II a las religiosas Concepcionistas de Nuestra Señora del Olvido, sin relación alguna con las que hoy conocemos por “las Conchas”, convirtiéndose el antiguo lugar de los caballos, en el llamado “JARDÍN DE LAS MONJAS”.
No duró mucho la presencia de estas religiosas, pues con la Desamortización, fueron expulsadas, como les sucedió a los monjes jerónimos del Monasterio, instalándose en el edificio en 1871 la ESCUELA DE INGENIEROS DE MONTES hasta 1914, convirtiéndose el “Jardín de las Monjas” en un gran vivero, en que en una gran casa de cristal, “La Estufa”, se mantenían los semilleros de una gran variedad de plantas y retoños de pinos, al resguardo del frío escurialense, para luego ser, las unas adorno de las Casitas de Abajo y de Arriba, y los otros para la repoblación forestal del monte de la jurisdicción, hoy Abantos.
De aquella época, plantados por los alumnos, son los tres árboles centenarios que aún se conservan en el recinto, un cedro del Líbano, un castaño de Indias y un almendro de más de ciento cincuenta años, único en la Comunidad de Madrid, pues esta especie no suele superar los cien. Hoy están “encerrados”, rodeados de piedras. Una pena.
A partir del cierre de la Escuela de Ingenieros de Montes en 1914, el recinto se utilizó para la celebración de festejos de todo tipo, gestionado por el Casino de San Lorenzo, bajo el nombre de “PARQUE DE ALFONSO XIII”, contando con la presencia del monarca en varios de ellos. Había una pista rectangular rodeada de bancos de madera, desde donde las mamás “vigilaban los primeros bailes de sus tiernos retoños”, y desde un quiosco, el Maestro Rojas y su Quinteto, interpretaba pasodobles y chotis, y el vals de la Ramona, que popularizó el gran Carlos Gardel y que comenzaba, “Sueña muchacha, con ese amor…”. En 1932 se celebró la elección de la primera Dama Regidora.
Para hacernos idea de lo que ocurría en este recinto en los primeros años del pasado siglo XX, el duendecillo guarda un recorte de prensa, en el que se informaba de ello.
“No escasean las diversiones en El Escorial, pues solo en el “Parque de Alfonso XIII” las hay constantemente, por la mañana, por la tarde y por la noche, lo que permite pasar agradablemente unas cuantas horas. Por la mañana, de once a una y media, hay diariamente conciertos por el “septimino”, grupo musical, formado por siete instrumentos, tres de cuerda, dos de viento y dos de percusión, que dirige el gran maestro Sánchez Jiménez, también Director del “sexteto” del teatro de la Princesa de Madrid, a los que asiste en masa la colonia veraniega y numerosos vecinos” (Diario La Época 10 de septiembre de 1919).
Por primera vez se realizaron proyecciones cinematográficas y actuaban los artistas más famosos del momento. A “bombo y platillo”, en 1918 se anunció por la dirección del Casino, la contratación para todo el mes de agosto,c on un sustancioso caché, del gran espectáculo “Palace-Guiñol” del señor Polichinela, ilustre farandulero, formado por un gran elenco de actores guiñolistas, para disfrute de niños y mayores.
Dato curioso: al fondo estuvo taller de Automóviles y alquiler de coches de Pedro Soria.
En los años cuarenta del pasado siglo, se convirtió en un ESPACIO MULTIFUNCIONAL DE OCIO Y CULTURA para todo tipo de públicos. Contaba con una gran pista de baile, rodeada de coquetos palcos, pantalla para cine, un magnífico escenario-hace algunos años desapareció, sin conocer el porqué y su destino-, para teatro y actuaciones y un bar-restaurante con amplia terraza. Estaba abierto todo el día, y todos los fines de semana veraniegos y festivos, se celebraba algo especial.
En este “PARQUE DE RECREOS-CLUB JARDÍN”, que así se llamaba, tenía lugar la elección anual de la Dama Regidora y la celebración de las fiestas que organizaba; bailes de disfraces, tómbolas y verbenas en favor del Asilo o la Parroquia y representaciones teatrales y de zarzuelas por niños y mayores. No faltaban combates de lucha libre, con participación de afamados luchadores con nombres tan pintorescos como “La Pantera Catalana”, “El Cochero Navarro” o “El Torito Madrileño”.
Por su escenario pasaron los grandes artistas del momento, como Juanito Valderrama, el gran ventrílocuo “Balder”, con su muñeco “El gurriato Kirikiri”, “Micky y los Tonis”, “Kurt Saboy” el rey del silbido, y hasta el gran mago “Tamariz” siendo muy joven.
Y si faltaba algo más para animar este recinto, el 17 de julio de 1953, fecha de la elección de la Dama Regidora, se inauguraba una BOLERA AMERICANA con tres pistas, ampliada al verano siguiente hasta ocho.
El primer encargado de ella fue el señor Almazán, sustutuyéndole al poco tiempo el señor Jerónimo, hombre serio pero buena persona. Hasta te fiaba si no tenías el dinero para jugar. Vivía con su mujer y dos hijas, en una pequeña vivienda por detrás de las pistas.
El bar restaurante funcionaba a pleno rendimiento, desde por la mañana a la noche, con baile diario por las mañanas y por las tardes, no habitual, “con discos”.
La partida costaba seis pesetas, más la propina a los chavales gurriatos, que eran los protagonistas, pues sin ellos, que eran los plantadores de los bolos y recoge bolas, no había juego. Ganaban más con las propinas que se les daba, enviándosela en un agujero de las bolas, que con el posible sueldo, si es que lo tenían. Según el duendecillo, que se pasaba horas horas viendo jugar, en una ocasión, la propina, no habitual, llegó a las trescientas pesetas, mucho dinero en aquella época. El trabajo era peligroso, pues fácilmente se podían llevar un golpe con los bolos al saltar, o con la bola. Era la forma de ganar unas perras y ayudar en sus casas. Y dos palabras inglesas se hicieron populares: strike, cuando conseguías tirar todos los bolos con la primera bola, y spare, cuando lo hacías con las dos. Todos las pronunciaban perfectamente: “straik” y “esper”.
Durante las Fiestas de San Lorenzo, se celebraban campeonatos masculinos, femeninos, por parejas e infantiles, con numerosa participación, y otros por equipos, contra la bolera que se construyó en el Paseo de Terreros dos años después. Se creó gran afición entre vecinos y veraneantes, con grandes y expertos jugadores del Bowling americano. No estaría mal, que volviera la Bolera, con éxito asegurado según opina el duendecillo.
En 1989, este recinto fue cedido por Patrimonio Nacional al Ayuntamiento, desapareciendo el bar-restaurante, la bolera, la pista de baile y los coquetos palcos, la proyección cinemátografica… utilizándose hoy para festejos y diversos actos bajo el nombre a secas de “El Parque”, pero sin el encanto que tenía hace años, que nos lo recuerdan los tres árboles centenarios que ahí siguen. Ya no se escucha esa pregunta y respuesta, muy usuales hace años: ¿Dónde quedamos? En la bolera.





