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David Huerta Pontón, la música de la Romería

¿Qué sería de una Romería sin dulzaina y tamboril? Sin duda, difícil sería bailar la jota o entender el folclore castellano.

Son instrumentos que con el eco de las notas llaman a cualquier celebración y, cómo no, a nuestras romerías escurialenses. Suenan la dulzaina y el tamboril y sabes dónde está la fiesta: Este próximo domingo, en Prados del Rodeo y el próximo en el Bosque de la Herrería, junto a las ermitas de nuestras patronas, la Virgen de la Herrería y Nuestra Señora de Gracia
Hacemos un alto en el camino para hablar de un dulzainero de excepción, galardonado este año con la Medalla al Mérito Artístico por el Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial.

David ¿Cuándo comienzas tus estudios en el ámbito de la música?
Alrededor del año 87-88, cuando se crea la banda de la Asociación Cultural Padre Antonio Soler. Hay muchas personas de mi generación, de arriba y abajo, que empezamos nuestra andadura musical a la sombra de lo que es la banda y de las actividades que desarrollaba la asociación. La mayoría éramos niños muy pequeños. Estamos hablando de 8 o 10 años. Y cuando llevábamos un tiempo en la banda, en la que habíamos echado a andar de forma amateur, muchos decidimos dar un paso más e ingresar en el Conservatorio.

¿Con qué instrumento te iniciaste?
Mi instrumento inicial, digamos, que fue la trompa. Bueno, mi hermana y yo fuimos a la banda los dos con intención de aprender oboe. Pero llegamos a la banda y no había oboes. Hay que tener en cuenta que, para la inversión inicial de una banda, lo de comprar oboes resultaba muy caro. Al final mi hermana optó por la flauta travesera y yo por la trompa, que era un instrumento que en aquel entonces desconocía totalmente.

A partir de ahí, ¿cuáles son tus pasos dentro del mundo de la música?
En mi caso, ingresé en el Conservatorio Superior de Madrid, porque por aquel entonces el Conservatorio Padre Antonio Soler no tenía profesor de trompa. Entonces iba al Conservatorio de Madrid, ubicado en el Teatro Real, en la calle Santa Isabel, para tomar la clase de instrumento de trompa y el resto de asignaturas las realizábamos aquí, en San Lorenzo. Al tiempo, se comenzó a darse trompa aquí, donde terminé el Grado Medio y, de nuevo, volví a Madrid para finalizar los estudios de Grado Superior.

¿Cómo se dan tus primeros pasos profesionales?
Mis primeros pasos en una actividad profesional vienen dados en el mundo de las orquestas y en los estudios de grabación. Ahora digamos que es una cosa que está un poco más en desuso con todo el desarrollo de la informática musical y demás. Pero entonces se grababa muchísimo y se necesitaban instrumentistas de carne y hueso para realizar las grabaciones. Entonces mi desarrollo profesional empezó en las orquestas a nivel sinfónico, bandas también y en los estudios de grabación.

¿En qué momento tomas tu primer contacto con la dulzaina?
Mi abuelo tocaba la dulzaina, mi padre tocaba la dulzaina. La verdad es que de pequeño jamás me acerqué a la dulzaina. No por falta de interés, sino porque en casa tenían la dulzaina como algo casi sacrosanto. Y la dulzaina de mi abuelo estaba allí, guardada. La dulzaina del abuelo era algo que no se podía tocar. Así que, esa cultura siempre había estado en casa. Y en cierto momento mi padre comienza a llevar la rondalla de un grupo de danza aquí en San Lorenzo y surge la oportunidad.

¿Qué grupo, si se puede decir?
Hoy en día se denomina El Cimborrio, pero en aquel entonces era el Grupo de Danzas de las Amas de Casa. Querían hacer una pieza con dulzaina y me dijeron, ¿por qué no te coges la dulzaina del abuelo? En un par de semanas cogí la dulzaina, que no había cogido en mi vida, y ahí empecé a trastear con ella. Fue un contacto de choque, digamos. Dos semanas y al escenario. No hubo más.
Menos mal que eras un músico profesional.
Sí, pero ojo. Era un instrumento totalmente distinto. Era también un instrumento que era el instrumento de mi abuelo. Es un instrumento que no tiene una fecha datada concreta, pero estamos hablando que es de alrededor de 1920. Muy antiguo. De las primeras dulzainas que se construyeron con llaves, digamos. Y es un instrumento con sus carencias. Así que, entre las carencias del instrumento y las muchas carencias mías del conocimiento hacia el mismo, aquello fue un reto importante (Sonríe).

¿Y cuándo se produce el cambio?
Desafortunada, o afortunadamente, hay veces que la vida nos coloca en unas o en otras. Al cabo de unos años de desarrollar la actividad profesional con la trompa, sufro una distonía focal. De repente es como si dejases de saber hacer lo que sabías hacer. Pasa mucho a gente que hacemos un trabajo repetitivo muy constante. Y entonces, de repente, me veo reconducido; encuentro en la dulzaina un nuevo camino. Por eso te digo que desafortunadamente en un aspecto y afortunadamente en otro.


Eres profesor titular de las escuelas de dulzaina de El Escorial y de San Lorenzo. ¿En qué momento llegas a esta fase de tu vida?
El primer contacto que tengo como profesor es en El Escorial, en donde se creó la escuela a finales de 1999 y es la fecha desde la que yo vengo desarrollando mi actividad como docente. La escuela municipal de San Lorenzo, creo recordar que inicia su andadura allá por el año 92 o 93. El primer profesor que tiene es Juan José de Cid, más conocido como “Zapatones”. Cuando Juanjo lo deja, empiezo yo en el 2010.

¿Qué es para ti la dulzaina y el hecho de enseñar a tocar este instrumento?
La dulzaina es más que un instrumento. Es parte de nuestra cultura, de nuestra tradición, de nuestras costumbres. Y es más que una manera de enseñar música, porque esto es música, pero también es la oportunidad de enseñar el papel que la dulzaina ha desarrollado en toda nuestra cultura y en nuestras tradiciones.
También es importante, creo, porque es una manera de hacer partícipes a nuevas generaciones de un papel concreto en el desarrollo de esas tradiciones, en el desarrollo de la fiesta, por ejemplo. Entonces, esa sensación de pertenencia a algo concreto, a mí me parece que es muy de valorar a la hora de transmitir no solo conocimientos musicales, sino ese papel, aunque por supuesto estemos hablando de un instrumento musical.

Jugando un papel tan importante como dulzainero ¿cómo vives la Romería?
Es muy emocionante todo, desde los preparativos, las carretas… Y luego, también, hay momentos que son, vamos a decir, cumbres: cuando entronan a la Virgen en la ermita o cuando llega al Santuario, por la noche. Pero para mí, y creo que para mis compañeros también, el momento más bonito de toda la Romería y que no he descubierto hasta que he formado parte de la comitiva que la acompaña es la subida de la Cuesta de los Pastores, cuando se marca esa distancia entre la Virgen y el cortejo romero. Prácticamente no hay gente…, nosotros vamos tocando nuestra música, el silencio es prácticamente absoluto y la imagen de la Virgen detrás…. Es el momento que más nos gusta, incluso más que la Romería, y que esperamos con más ansia: la subida de Nuestra Señora por la cuesta de los Pastores.

¿Quiénes te acompañan en ese equipo musical junto a la Virgen?
Vamos un equipo formado por cinco dulzaineros, caja y bombo. Varían en algunas ocasiones, pero por ejemplo los fijos siempre son Bosco Casas, Diego Díaz, Álvaro Pérez, Enano Pontón, Javier Laguna, que es mi tamborilero inseparable; también Jorge Contreras; mi sobrino Lucas también nos ha acompañado en ocasiones. Entonces depende un poco de la configuración del equipo, porque son alumnos y ya grandes dulzaineros. Digamos que no se puede llevar a cualquiera.
Además, es un día largo. Muy largo, muy largo y la dulzaina es un instrumento al final que requiere un esfuerzo físico considerable. Hay que estar en forma, aparte de musicalmente. Digamos que físicamente la bocadura es importante para aguantar con consistencia.

Se ha podido ver en las últimas romerías que algunos jóvenes de diferentes peñas van solos tocando la dulzaina. Resulta admirable.
Sí, por supuesto. Para que te hagas una idea, entre las dos escuelas hay 70 alumnos. Es una barbaridad. Y con edades desde los 5 años a los 64, 65 años. Hay un arco muy grande.
Y es curioso porque debemos distinguir dos tipos de alumnos. Normalmente el alumno que ya conoce el instrumento, le llama de una manera concreta, y luego llega el alumno que viene un poco arrastrado porque ve al otro y se produce como un arrastre cuando llega la Romería de alumnos que quieren empezar movidos por ese resorte que la Romería provoca.

No debe ser fácil enseñar a tocar la dulzaina cuando hay diferencias de edad y de experiencia con el instrumento…
Claro, la dulzaina es un instrumento que tiene una curva de aprendizaje un poco fastidiada. Digamos que el primer año suele provocar bastante frustración. Es problemático sobre todo para los niños, para empezar por el tamaño de las manos porque no hay dulzainas de tamaño pequeño. También hay agujeros de instrumentos que tienen un diámetro bastante grande. Entonces para ellos conseguir adaptar la posición de la mano al instrumento es el primer hándicap que tienen que superar.
Luego el tema de cómo embocar en la caña, que la dulzaina sea tan potente y tan brillante en la calle, porque es un instrumento de calle, implica que la caña que produce el sonido tiene una resistencia bastante alta.
Entonces las clases siempre son individuales, aunque luego haya semanalmente una clase colectiva en la que pueden entrenar todos juntos, trabajar el repertorio, trabajar con los instrumentos de percusión. Y digamos que es donde empiezan a despertar, a espabilar.
Cuando estamos tocando todos juntos, ahí nadie espera a nadie. Hay que ponerse la pila. La música se desarrolla en un tiempo concreto y eso hay que respetarlo. Pero eso también hace que sea un acicate para todos ellos. Hoy solo he conseguido tocar esta pieza, el día siguiente voy a ver si consigo tocar otra. Es un poco el proceso.

¿Qué tiene la Dulzaina de especial para ser un instrumento tan popular? ¿De dónde viene la Dulzaina?
Hoy en día tenemos muchos medios que participan en la fiesta. Tenemos orquestas, tenemos discotecas móviles, hay bandas de música, hay charangas…. Pero tenemos que pensar que, en Castilla, finales del XIX principios del XX, lo único que había era la Dulzaina. La Dulzaina realizaba toda la fiesta: la diana, la procesión, la misa, el baile, hacía absolutamente todo junto al tambor. Es un instrumento costumbrista.

¿Por qué la dulzaina y el tamboril?
Son dos instrumentistas que en calle suenan lo suficientemente potentes y a un precio asequible, vamos a decirlo. En muchos ámbitos de la fiesta se sigue manteniendo. En la mayoría de los pueblos de Castilla, lo que es la diana, la procesión…, la Dulzaina es impepinable. Y luego ya el baile, viene una orquesta. La dulzaina estuvo a punto de caer en desuso…

De eso, no hace tanto tiempo ¿no?
Por lo menos su uso de una manera tan habitual. No había constructores de instrumentos y también empezaron a ponerse de moda las pequeñas orquestas. Hay un momento que los dulzaineros tienen que reconvertirse, tienen que ponerse a la moda, aprender nuevos ritmos, nuevas melodías que surgían y adaptarlas a su repertorio para poder competir con esas orquestas que estaban empezando a funcionar.
Esas pequeñas orquestitas de baile que traían ritmos, lo del paso doble ahora nos parece una cosa arcaica; pero efectivamente los dulzaineros empiezan a adaptar pasos dobles, empiezan a adaptar polcas, balses, folks, ritmos que digamos que estaban de rabiosa actualidad.

Sin embargo, parece que ha vuelto a resurgir y se va extendiendo poco a poco con vuestro trabajo y la reinvención de la dulzaina, hasta tal punto que incluso osa enfrentarse a un órgano, ¿Cómo se os ocurrió eso?
Yo me lo tomé como un pulso, a ver quién puede más, porque la Dulzaina es muy sonora. Si guerreamos con el órgano, posiblemente tengamos la batalla perdida. Pero también es cierto que la dulzaina es uno de los pocos instrumentos que puede tutear al órgano en ese aspecto. También es un instrumento que el ataque que tiene es muy preciso, tenemos que pensar que los órganos están diseñados para sonar en una acústica concreta; aquí en la Basílica del Monasterio, de forma estática. Mientras que hay instrumentos como la dulzaina que no. La Dulzaina, que no es estática y al tener ese ataque tan directo, digamos que en ese tipo de acústica que siempre viene acompañada de mucha reverberación, de mucho eco, tiene la precisión suficiente como para poder jugar con el órgano de una manera consistente, ya no solo en potencia, sino con esa precisión.
Luego tímbricamente el empaste es muy bueno. Hay que pensar que la mayoría de órganos tienen un registro que se llama dulzaina. Entonces, funciona bastante bien. Con otros instrumentos también, también hemos trabajado por ejemplo con clave, con guitarra barroca, instrumentos que tienen una potencia infinitamente menor, en los que también adaptamos nuestra manera de tocar para poder hacer un empaste al mismo nivel. Ahí es mucho más dificultoso.

Un buen dulzainero entonces tiene que ser muy versátil.
Sí, sí. Se necesita de mucha técnica. Siempre digo que tenemos que estudiar muchísima técnica para poder olvidarnos de ella y hacer música. La gente dice, no, hay que hacer música; pero cuanta más técnica y estudio más fácil me resulta hacer música. Automatizarlo, que resulte que parezca que lo hacemos de una manera lo más natural posible.

¿Y la dulzaina y el jazz, por ejemplo?
También hemos hecho algún experimento en ese aspecto. Con un cuarteto en el que trabajábamos con saxo, dulzaina, batería y contrabajo. Además, hicimos un par de programas que eran muy curiosos porque surgió un concierto así, en el que había que hacer un programa muy específico en el que llevamos música de la época de Felipe II al jazz y a la Dulzaina. Era como meter en la coctelera todo lo que se te ocurriese. Y la verdad es que resultó muy llamativo y le gustó mucho al público.
Frente a la improvisación del jazz, como dulzaineros ¿os sentís cómodos o es otro reto?
(Sonríe) De hecho, es lo más parecido que hacemos. Lo que te decía antes de las danzas, por ejemplo, tocamos repertorio en las que las estructuras suelen ser muy simples y muy repetitivas. Una jota, ¿no? Estamos con estribillo, copla, estribillo, copla. Aquello se va sucediendo durante bastantes veces.
Entonces, la gracia o el aporte que tiene ahí el intérprete es que, aunque estemos tocando lo mismo, cada vez sea diferente. En ese aspecto, tenemos todavía muchísima libertad respecto a otros instrumentistas que se ciñen a lo que pone la partitura. Tenemos mucha libertad.
También esa chispa de la fiesta, que la Dulzaina siempre acompaña a la fiesta y puedes poner ese toque del sentido del humor musical. Es decir, tenemos una melodía simple y vamos haciendo diferencias o variaciones sobre esa misma melodía. Pero no es solo una improvisación.

FUENTE DEL SEMINARIO
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