Casa de los Éboli

Dibujo de José Ignacio Cotillo
Amparo Ruiz Palazuelos.- Desde la llegada de los jerónimos a la aldea de El Escorial, para instalarse provisionalmente hasta que el avance de la construcción del Monasterio les permitiera habitar en él, la población del lugar aumentó considerablemente entre el comienzo y la culminación de la gran obra (1563-1584). A los campesinos, labradores y ganaderos del lugar se agregaron numerosos burócratas y escribientes encargados de la coordinación de la obra monástica y el número de trabajadores a pie de obra fue tan elevado (unos seis mil) que la corona creó, dotó y sostuvo un hospital de laborantes, administrado por los monjes.
Ruy Gómez de Silva y Ana Mendoza de la Cerda, Príncipes de Éboli, pertenecían al círculo más íntimo de Felipe II y encargaron al maestro de cantería Juan de Sevilla una casa en la plaza de la aldea con diversos aposentos, jardín, corrales y caballerizas, que fue finalizada en 1570. Tres años más tarde (1573) fallecía Ruy y Ana, su heredera natural, se la vendió a Bartolomé Santoyo (de la cámara del monarca) con el fin de que se la arrendara al influyente mercader Miguel Centinela para convertirla en una posada y con la condición de que sólo albergara a la nobleza, conservando ella y sus hijos el derecho de libre uso para aposentarse en ella.
La vida de Felipe II y Rui Gomes da Silva (1516-1573) siempre estuvo unida, pues éste ya se encontraba en la corte imperial como menino cuando la emperatriz Isabel de Portugal dio a luz a su primogénito el 21 de mayo de 1527. Al cumplir ocho años, su padre el emperador Carlos V dispuso la creación de la casa del príncipe, uno de cuyos pajes era Ruy. También estuvo a su lado cuando a los 17 años tuvo que tomar las riendas del poder por la ausencia de su padre y a los 18 contraer matrimonio con María Manuela de Portugal, que falleció poco tiempo después de dar a luz a su hijo el príncipe Carlos en 1545.
Carlos V había separado los Países Bajos del imperio y los había ligado a la corona para podérselos entregar a su hijo y sucesor, debido a lo cual el príncipe Felipe debía ir allí para ser presentado y jurado como heredero. Como medida previa al gran viaje (1548-1551) propuso que la casa del príncipe siguiera el protocolo borgoñón: el duque de Alba sería el mayordomo mayor y Ruy gentilhombre de cámara, lo que supondría un gran ascenso cortesano y el inicio de su carrera política. Fue entonces cuando empezaron las rivalidades.
Aunque pasaron por Italia y el sur de Alemania, el destino fundamental eran los Países Bajos, donde el emperador había hecho un paralelismo propagandístico para justificar ante sus súbditos su abdicación en su heredero castellano. Igual que David abdicó en vida en su hijo el sabio Salomón, él lo hacía en Felipe, el príncipe prudente y pacificador que la cristiandad demandaba ante la crisis de la Reforma en el norte de Europa. Juró como heredero cada una de las 17 provincias que los componían y en la Dieta Imperial de Habsburgo se decidió que Felipe no podría ser emperador, pero sí rey de los Países Bajos, la región más próspera de Europa.
Tanto el príncipe como Ruy regresaban del felicísimo viaje con muy grata impresión por los ornamentados y cuidados jardines, las torres con esbeltos chapiteles de pizarra negra, la pintura y la música flamenca, el esplendor de la corte borgoñona y la riqueza de ciudades como Amberes. Maduros, viajados y cosmopolitas se sentían preparados para la siguiente etapa en la que Felipe debería reasumir el gobierno después de la regencia de su hermana María y su esposo Maximiliano de Austria.
Tres años más tarde (1554) partían hacia Inglaterra, donde se iba a celebrar el enlace de Felipe, rey de Nápoles, con la católica María Tudor y en el otoño siguiente (octubre de 1555),con todo el boato imperial, fue proclamado soberano de los Países Bajos y, habiendo fallecido aquel mismo año su abuela Juana de Castilla en Tordesillas, el emperador le pudo traspasar los reinos de Castilla, Aragón, Sicilia y las Indias. Ruy era nombrado sumiller de corps, consejero de Estado y de Guerra e intendente de Hacienda. Se hallaba en la cúspide del poder y en 1559 le fue otorgado el título de Príncipe de Éboli (en el reino de Nápoles).
Pero el gran enfrentamiento entre las dos facciones de la corte de Felipe II (los ebolistas federalistas y humanistas y los albistas centristas e imperiales), fue lo que produjo el distanciamiento entre Ruy y su rey. Problemas con Aragón, con los Países Bajos, con el aprovechamiento irregular de la hacienda real… lograron que se impusiera el criterio de Alba. Sin embargo Ruy, hombre avanzado para su época, afable, discreto, conciliador y diplomático, contrario a la represión y a la fuerza, supo ganarse de nuevo la confianza de su soberano antes de morir con un hecho memorable.
Puso al mando de la Liga Santa (coalición católica) a Juan de Austria frente a la armada del imperio otomano y en 1571, gracias a ser vencedores en la Batalla de Lepanto, el catolicismo volvió a dominar el Mediterráneo. Se cumplía así lo que había anunciado el emperador cuando afirmaba que su heredero Felipe II sería un rey prudente y pacificador de la cristiandad.




