Autorretrato de Sofonisba Anguissola

Autorretrato Sofonisba Anguissola, 1564, Musée Condé. Chantilly.
Amparo Ruiz Palazuelos.- Avalada por el duque de Alba y acompañada por el embajador Brocardo Pérsico llegaba a España la noble y prestigiosa pintora cremonesa Sofonisba Anguissola, con un pequeño séquito y su querida aya Cornelia Appiani. Venía a la corte española, la más poderosa del momento, en calidad dama de la reina Isabel de Valois (tercera esposa de Felipe II), cuyo enlace matrimonial se había llevado a cabo en el Palacio del Infantado (Guadalajara) el 31 de enero de 1560.
Ya en el Alcázar de Madrid la pintora pudo permanecer en los aposentos que se le habían asignado y divisar a lo lejos las cumbres de la Sierra de Guadarrama. Días más tarde partían hacia Toledo, donde quedó establecida la corte y pudo empezar a conocer a Isabel, apenas una niña de trece años, inteligente, despierta, con modales exquisitos y la majestuosidad propia de su rango, pero necesitada de tener cerca a personas de alto valor moral, sólida formación y con una buena dosis de tacto y paciencia, pues el comportamiento de la joven reina no estaba a la altura de lo que se esperaba de ella.
Sofonisba, con 27 años y mucha experiencia con sus cinco hermanas, comenzó a encauzar las actividades de la reina, para lo cual contaba con la inestimable ayuda de la princesa Juana de Austria (hermana menor del rey) y la condesa de Ureña (camarera mayor), con quienes empatizó desde el primer momento. Muy sensibilizada con el arte, Isabel sentía verdadero interés en aprender a dibujar y a pintar, le divertía hablar con su dama-maestra en italiano y ésta la iba ilustrando acerca de la música, la danza, la literatura, las costumbres de otras cortes europeas, con el fin de abrir su mente y ampliar sus horizontes. Así, mientras progresaba con los pinceles, los lazos afectivos entre ellas se iban estrechando.
Los pintores de la corte mostraban hacia Sofonisba un sutil rechazo y una total indiferencia, debido a lo cual se sentía incómoda. Pidió audiencia con el secretario general del rey, el Príncipe de Éboli, pues quería saber si – al enseñar a pintar a la reina – le estaba permitido hacer retratos a la familia real y a la nobleza. Con su acostumbrada cortesía el secretario le respondió que la única condición para llevarlos a cabo era que no estampara su firma, puesto que ella no estaba en la corte como pintora.
Sofonisba jamás manifestaría su opinión acerca de la frialdad de los fondos neutros y el excesivo formalismo del pintor de cámara del monarca Alonso Sánchez Coello, aunque reconocía que ella gozaba de mayor libertad, pues no trabajaba en taller, pintaba del natural (no hacía copias) y no recibía ningún tipo de remuneración por su arte. En el fondo sabía que su firma iba implícita en su obra, pues la luminosidad y dulzura que aprendió en Cremona de sus maestros Bernardino Cappi y Bernardino Gatti la hacían diferente a todos sus contemporáneos.
Su primer retrato fue encargado por la reina en 1561 y Sofonisba se esmeró al máximo para complacerla. A través de una sonrisa un poco contenida, una mirada ligeramente desconfiada y un esbelto cuello que insinuaba querer emprender el vuelo, logró un retrato que causó tal impacto en toda la corte que la familia real y la nobleza más próxima quisieron tener el suyo propio. El príncipe Carlos – heredero al trono – fue el primero, vestido a la moda flamenca, y quedó tan satisfecho que le regaló en agradecimiento un diamante de cuatro caras de enorme valor. Juan de Austria y Alejandro Farnesio le siguieron.
Tres años más tarde la reina sufrió un aborto. Su fragilidad física y extremos cuidados la perjudicaron, pues se manifestaba altiva, caprichosa, charlatana, desconsiderada, abandonó temporalmente las clases de pintura y se fue distanciando de Sofonisba. Sólo se preocupaba por los perfumes, el vestuario, las joyas y, para complacer al rey, encargó a Sánchez Coello una serie de retratos.
Fue duro para Sofonisba vivir todo aquello, pero su fortaleza y tenacidad la llevaron a centrarse más en su pintura. Por fín pudo llevar a cabo el retrato de la Princesa de Éboli, magnífica conversadora con la que era imposible no sonreír. El parche que llevaba en uno de sus ojos le aportaba un fascinante toque de misterio y fue la única persona en España con quien pudo compartir un tema que era el motor de su vida, les querelles des femmes, ya que ambas defendían el derecho de la mujer a recibir una formación que le permitiera desarrollar sus cualidades para poder llevar a cabo una vida plena y satisfactoria, algo que ejercían cada una a su manera.
Y fue en aquel mismo año (1564) cuando hizo su último autorretrato. Se mostraba segura de sí misma y sabiendo que transmitía el ideal femenino renacentista de mujer cultivada, elegante y discreta; su cabello dorado oscuro, adornado con perlas ensartadas y un pasador de rubí, enmarcaba un rostro nacarado con mejillas sonrosadas aflorando de la puntilla de una gorguera de encaje y, en la mirada, manifestaba ese toque de complicidad con el espectador que sólo ella era capaz de lograr.
Gracias al trabajo de muchos expertos sabemos que Sofonisba es su autora y que actualmente es propiedad del Museo Condé de Chantilly (Francia). El pintor Bernardo Castello hizo una copia del mismo, encargada por la Academia Nazionale de San Luca (Roma) y en ambos podemos leer en su base: Sofonisba Anguissola, 1564.
También en el Museo Nivagaard, rodeado de jardines y cerca de la costa de Copenague, se halla el Retrato de la familia Anguissola, que Sofonisba pintó justo antes de venir a España (1588). Su hermana Minerva, el pequeño Asdrúbal y su padre Amílcar siguen dialogando con quienes les observan recordándonos quien es su verdadera autora.




