Arturo Serrano Plaja, de poeta exiliado a profesor expatriado

José Antonio Perea Unceta.- Comienzo esta serie de escritores –en el más amplio sentido del término (novelistas, dramaturgos, poetas, ensayistas, periodistas, libretistas, cronistas)– nacidos en San Lorenzo y El Escorial, o al menos residentes en algún momento de sus vidas de forma determinante para su obra, con Arturo Serrano Plaja (San Lorenzo de El Escorial, 1909 – Santa Bárbara, EUA, 1979), poeta, novelista, ensayista y profesor universitario. Sobre este escritor, como sobre otros de los que hablaré y ya tengo en la recámara, no relataré con detalle sus vidas, obras y laureles o fracasos, sino que destacaré aspectos de éstos que me parecen resaltables como personas, en sí mismos y en su tiempo. Obviamente, desde una perspectiva personal, más como crítico biográfico (a veces hagiográfico) que literario, y tan solo trazando unas pinceladas en los colores más destacados de sus paletas personales.
Arturo Serrano Plaja era hijo de un comerciante de San Lorenzo y nieto de Nicolás Serrano, tres veces Alcalde del Municipio entre 1879 y 1911. Sus padres eran ávidos lectores de todo tipo de libros, desde las novelas históricas y el teatro costumbrista hasta la Historia y la Filosofía, fuentes de las que también bebió en sus estudios en el Real Colegio de Alfonso XII entre 1920 y 1928. En esta fecha su padre, ya viudo, cerró la tienda que tenía, trasladándose la familia a Madrid bajo el amparo de su hermano Carlos Serrano, Ingeniero de Montes, donde Arturo hizo el Bachillerato y comenzó, sin terminar, los estudios de Ingeniero Industrial. En la revista local Papel de Vasar, dirigida por Antoniorrobles y su paisano Román Escohotado, licenciado en el RCU María Cristina, publicó en 1929 su primer poema, y ya en Madrid comienza a colaborar, primero en Nueva Revista, del también mariacristino Xavier Echarri, y después en La Gaceta Literaria, dirigida entonces por Pedro Sainz Rodríguez (que sería Ministro de Educación Nacional en 1938-1939). Posteriormente colaboraría en otros periódicos y revistas literarias, como Caballo verde para la poesía (dirigida por Neruda), publicando en 1934 su primer poemario (Sombra indecisa).
En su primera etapa participa en las iniciativas intelectuales que se desarrollan entre 1933 y 1939 en la izquierda española, afín entonces al Partido Comunista, y colaborando, entre otros, con Rafael Alberti, Pablo Neruda, Rafael Dieste y Luis Cernuda; fue vocal y secretario de la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, que se encargó -entre otras actuaciones- del traslado de cuadros del Museo del Prado y de libros del Monasterio de El Escorial; y combatió en el Quinto Regimiento hasta caer herido en la Batalla del Ebro. En 1938 publica su obra más emblemática de esta etapa, El hombre y el trabajo, un libro de poemas de inspiración social y alto compromiso político encuadrable en la teoría marxista del hombre nuevo, elogiado largamente, entre otros, por Octavio Paz, Antonio Machado o María Zambrano como una obra de referencia de la “Generación del 36”. Esta senda social y política la mantiene en su exilio en Francia, Chile y Argentina, años en los que contrae matrimonio con Claude Bloch, sobrina de André Maurois, y nace su hijo Carlos Serrano Bloch (1943-2001), Catedrático en La Sorbonne y prestigioso hispanista. Entre su prolífica y heterogénea obra se incluye la adaptación hecha en Buenos Aires en 1965, en la editorial Atlántida, de los Viajes de Simbad El Marino.
El cambio radical se produce en 1956 cuando manifiesta su ruptura con el comunismo tras la invasión soviética de Hungría y se confirma en 1961 con su traslado a los Estados Unidos, donde desarrollara una larga carrera como profesor, en Madison, en Minneapolis y finalmente en la Universidad de California en Santa Bárbara. De esta segunda época son sus contactos con José Luis López Aranguren, Antonio Sánchez Barbudo, Camilo José Cela o el poeta gurriato Luis Felipe Vivanco, su importante labor pedagógica en el campo de la literatura y su preocupación -incluso en novelas y ensayos- sobre la espiritualidad y la religiosidad (La mano de Dios pasa por este perro, 1965). Su anticomunismo no solo se refleja en sus obras, sino también en sus clases e incluso en su forma de vida, pues alumnos suyos, como la escritora Soledad Puértolas, han relatado su típica imagen como profesor californiano, duro y reaccionario, con casa en la colina y Porsche biplaza plateado.
De este nuevo posicionamiento personal puede destacarse que no renuncia a su defensa de la democracia en España ni tampoco de los valores que defendió en su juventud, aunque sin las falsedades del estalinismo. En una carta a su amigo parisino Antonio Soriano le dice en 1977 sobre la transición democrática que “por primera vez al cabo de los años mil se puede decir que uno es español sin sentir vergüenza” y en otra de 1978 a Aurora de Albornoz que “el que soy yo ahora, no puede -ni quiere- desmentir al que fui”. Y siempre tuvo un recuerdo especial para nuestro pueblo, pues en Los álamos (1970) identifica San Lorenzo de El Escorial como el lugar de su memoria inicial de su felicidad y de su espiritualidad religiosa, a la que retorna finalmente. En el Cementerio Parroquial descansan sus cenizas desde 1980, depositadas por su segunda esposa, Ingrid Kruse.




