Arias Montano en El Escorial

Dibujo de Jose Ignacio Cotillo.
Amparo Ruiz Palazuelos.- La división de la Europa cristiana en dos bloques antagónicos (en lo social, político y religioso) fue el hecho más característico del siglo XVI y dicho conflicto generó peculiares actitudes hacia el libro y el arte de imprimir, pues política, religión y libros iban en paralelo.
Las prensas se llegaron a convertir en el instrumento básico tanto de la ofensiva protestante y calvinista de la reforma como de la réplica católica de la contrarreforma.
El magnífico impresor francés Plantino, atraído por el emporio flamenco, se estableció en Amberes donde fue acusado de imprimir libros heterodoxos. A la llegada del duque de Alba para sofocar los disturbios de la furia iconoclasta calvinista en 1567, el astuto impresor acudió a sus amistades españolas y, a través del secretario real Zayas, presentó a Felipe II un proyecto de reedición de la Biblia Políglota Complutense de Cisneros, totalmente agotada después de cincuenta años de circulación.
Felipe II, dándose cuenta de la transcendencia del proyecto para la causa católica, indicó a Zayas que entrara en contacto con Plantino, aunque hasta finales de 1567 no llegaron a un acuerdo. El rey deliberó a fondo con el Consejo Supremo de la Inquisición, solicitó su parecer a teólogos de la Universidad de Alcalá de Henares y su decisión de financiar la Biblia Políglota Regia fue positiva, pero con la condición fundamental de que la obra sería dirigida por su capellán y fiel consejero Benito Arias Montano.
A sus 41 años, Montano ya era reconocido como buen teólogo por su destacada participación en el Concilio de Trento en 1562; su ciencia bíblica había quedado mostrada en una serie de obras exegéticas publicadas y su pericia en lenguas orientales estaba más que atestiguada. Partió para Flandes con cierta urgencia y después de una difícil travesía por mar llegó a Amberes en mayo de 1568.
En el primer encuentro con Plantino hubo entendimiento por ambas partes y a éste le sorprendió aquel hombre abierto, pacífico y amable, que pronto se convertiría en su alter ego. Juntos llevarían a cabo un trabajo lleno de diligencia, eficacia y presteza y llegarían a ser – con el paso de los años – grandes amigos. Durante cuatro años el voluntarioso español realizó una inmensa tarea con una constancia e intensidad admirables: supervisó todos los trabajos, decidió qué textos introducir, hizo muchas traducciones él mismo y redactó tratados sobre cuestiones históricas y arqueológicas relacionadas con la Biblia. Un pequeño grupo de humanistas y orientalistas flamencos y franceses serían sus directos colaboradores.
Pero Benito Arias Montano no pretendía hacer una simple revisión de la Políglota Complutense y con los plenos poderes que el rey le había otorgado tenía las manos libres para decidir a su arbitrio. Fue el director científico y alma de la obra coordinando y reduciendo a unidad los trabajos de sus colaboradores, aportando elementos fundamentales y completando otros. Sus firmes convicciones de fe católica no le impidieron acercarse a la ciencia textual allí donde se encontrase y no se arredró ante los avances de la ciencia filológica judía o reformista, porque él la fecundaba y cribaba con su propia ciencia.
Tampoco se dejó amedrentar por las acusaciones de ser judaizante, pues aunque en su trabajo bíblico y exegético respetaba la Vulgata, también contaba con aportaciones científicas de las más diversas tendencias culturales y religiosas. Su universalismo le permitía incorporar conocimientos que lindaban con la heterodoxia o el protestantismo, algo que tendría sus consecuencias…
Impresos ya los ocho volúmenes en cinco lenguas (latín, griego, hebrero, arameo y siríaco) en 1572, era necesaria la aprobación del Papa para poder ser publicada. Surgieron dudas que Montano tuvo que aclarar en viajes a Roma y al final Gregorio XIII, tras haber sido refutadas las acusaciones de heterodoxia emitidas por León de Castro (cabecilla de los vulgatistas) dio su autorización en 1577.
Llevada a cabo otra de sus misiones en Amberes, había enviado libros exquisitos para la biblioteca del Monasterio, al que fue llamado por el rey en 1577 para que hiciera un inventario de libros y manuscritos; catalogara y clasificara los fondos; determinara la distribución y localización dentro de las estancias previstas y llevara a cabo la expulgación y censura de libros, ya que la biblioteca estaba exenta de la Inquisición por voluntad real.
En su segunda visita (septiembre 1579 a marzo 1580) fue nombrado Librero Mayor, pero en cuatro cartas que escribió a su amigo Zayas le expresaba su malestar, pues su presencia ya no era necesaria y con 52 años y una salud delicada, el convento no era el lugar más adecuado para él. Fue entonces cuando le hospedaron en la mejor casa de El Escorial, la de Sebastián de Santoyo, hombre de confianza de la cámara de SM. Dicha casa contaba con un amplio oratorio en la parte baja, corredores en la fachada principal y un bonito jardín, pero su tono vital no mejoraba porque no podía dedicarse al estudio, su verdadera vocación. Anhelaba su Peña de Alájar (en la sierra de Huelva), el edén celestial del que se sentía exiliado cuando era requerido por el rey y al que regresaba siempre que podía.
Regresaría al Monasterio tres veces más, siendo la quinta y última a comienzos de 1592.




